Cómo vivir conectados y rodeados

Cómo vivir conectados y rodeados
Con Alan Rusbridger, editor del diario británico The Guardian
habla de vigilancia y periodismo en tiempos digitales

Con Alan Rusbridger, editor del diario británico The Guardian habla de vigilancia y periodismo en tiempos digitales

(Jesús Ruiz Mantilla, El País de Madrid)

Entre todo el revuelo diario que supone dirigir un periódico como The Guardian, Alan Rusbridger ha podido celebrar los dos premios de gran prestigio internacional que le han otorgado. Las revelaciones sobre el caso Snowden, que revelaron un sistema de espionaje masivo por parte del gobierno estadounidense, le han valido el Ortega y Gasset y el Pulitzer. Con su dirección, The Guardian se convirtió en un referente del periodismo actual.

—¿Estamos rodeados?

—Incluso la gente que ha estado escribiendo sobre asuntos como el de Edward Snowden ha quedado sorprendida con todo lo que ocurre. En Nueva York conocí recientemente a James Bandford, que ya había publicado varios artículos sobre la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) en la década de 1990. Le pregunté, como especialista, con respecto a las últimas revelaciones, qué había aprendido. Me respondió que ni siquiera él tenía idea de la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Creo que cualquiera que tenga relación diaria con la tecnología se encuentra muy rodeado, sí.

—El «caso Snowden» tiene varias similitudes con el Watergate. Entonces, Nixon se vio envuelto en una trama de espionaje a un sector y partido determinados. Ahora, se trata de una escucha masiva a nivel global. ¿Cuestión de escalas? ¿Un signo de nuestro tiempo? ¿Qué nos dice este caso sobre nuestra propia época?

—Bueno, quien lo está haciendo alega que se trata de una cuestión benigna; que simplemente andan recogiendo datos, pero que no los miran. Para que eso sea cierto, debemos pensar en que la tecnología empleada nunca va a ser utilizada con malos propósitos y que se controla. Y hay quienes, por el contrario, sostienen que el hecho de configurar un sistema de estas características se hace precisamente para ser utilizado con intenciones sospechosas. Si eres de quienes se fían de los primeros, en ciertos países, te pueden entrar dudas. Si dentro de eso realizas un trabajo de, como llaman ellos, methodator —lo que quiera que signifique eso, ni siquiera sabemos muy bien a qué se dedican los que se llaman así—, tienes que confiar demasiado en alguien como para poder quedarte tranquilo. Debemos depositar un enorme grado de confianza para no asustarnos con la ingente cantidad de información que recolectan sobre nosotros.

—Con las conclusiones a las que han ido llegando dentro de su periódico, ¿deberíamos estar solo alertados o ya, directamente, asustados por ello?

—Esta historia nos enseña que hoy por hoy nos resultaría imposible despegar la tecnología de nuestras vidas. Se entremezclan irremediablemente. Cuando entramos en Google, estamos poniendo nuestro propio cerebro a su disposición y eso es definitivo para comprender nuestra época. Yo creo que este será uno de los grandes asuntos del siglo. Aunque la mayoría no hayamos llegado a entender todo el entramado.

—Pero sí ciertas pistas. Y eso, en usted, cuenta. Alguna vez ha confesado que no puso mucho empeño en seguir el «caso Madelaine McCann», sobre la niña desaparecida en Portugal, porque no nos decía mucho acerca de nuestro tiempo. El «caso Snowden», ¿le resulta todo lo contrario? ¿No es fascinante, por ejemplo, a través de él, comprobar cómo se mueve el nuevo poder?

—Existen nuevos poderes que creíamos emergentes y que ahora lo ostentan de forma total.

—¿Las empresas tecnológicas?

—Son muy poderosas. Creo que los gobiernos, quizás, podrían haberse metido a esto sin recurrir a esas compañías implicadas. Pero les costaría mucho más caro. Los usuarios utilizamos sus servicios y lo que no hemos llegado a entender es el alcance del trato entre ellos. Todo esto nos ha llevado a plantearnos hasta qué punto dichas empresas controlan cosas de nosotros mismos y, por lo menos a mí, a preguntarme, en los últimos meses, en quién confío más, si en Google o en el gobierno.

—¿Quién no se lo pregunta? ¿Hasta qué punto debemos fiarnos de ambos?

—Bueno, si tienes un objetivo para investigar no hay que usar mucho la imaginación para seguir su rastro. Por más que nos digan que solo recogen datos sobre nosotros, pero que no los analizan, también nos damos cuenta de que estas tecnologías pueden ser utilizadas por gobiernos sospechosos para enterarse de cualquier cosa. No es suficiente excusa por parte de quienes dicen somos buenos, no se preocupen.

—La cuestión sería entonces para qué lo quieren recabar.

—Pues responden que nunca se sabe cuándo lo van a necesitar. En cierto sentido, ese argumento puede llegar a tener fuerza, es una de las claves por las cuales nos resulta un asunto tan interesante. No se trata de algo que debamos reducir a blanco y negro. Yo creo, por mi parte, que no deberían hacerlo, pero entiendo que si se ven forzados a ello hay que tratar el asunto en términos de consentimiento.

—Y en dichos términos, ¿qué diferencia a un buen gobierno de uno malo?

—Creo que podemos estar de acuerdo en que un buen gobierno es aquel que se rige por leyes estrictas y procedimientos. El que, gracias a esos reglamentos, se asegura de que las agencias de inteligencia obedezcan órdenes y que sus usos sean legítimos. Si ese no fuera el caso, no tendría apoyos democráticos. Mi problema con eso es: ¿cómo lo sabes?

—Es que lo que usted describe no es simplemente un buen gobierno. Es una sociedad preparada, de fiar, que es quien lo eleva.

—Gobiernos, Parlamentos… Si esto hubiese sido debatido abiertamente y resultara creíble su intención, no habría saltado un Snowden a denunciarlo. Si la sociedad hubiese podido determinar ese grado de intervención, entonces quedaría claro, pero no ha sido así. Se han esgrimido viejos modos para un mal uso de la tecnología.

—¿No es una prioridad para los periodistas, precisamente, mostrarse muy conscientes de los defectos de su país para contribuir a que se cambien?

—Desde luego. Y resulta muy interesante discutir estos asuntos con un español o un alemán, porque aquí existe una complacencia generalizada respecto a nuestra propia historia que nos ha llevado a la conclusión extendida de que el Estado ha sido bueno tradicionalmente. Por tanto, ¿qué debemos temer? Si lo hablas con ciudadanos de otros países en los que el Estado no fue tan benigno, empiezas a entender de otra manera, ¿cómo pueden las cosas llegar a estar mal?

—¿Qué puede contarme de Snowden?

—No lo he conocido.

—¿Qué opina de él, en cualquier caso?

—Cuando hicimos el primer contacto mandé a un reportero con responsabilidades en el staff y experiencia. Se llama Ewen MacAskill , tiene 63 años y ya ha hecho y visto de todo. (En base a EL PAIS, ESPAÑA)