De mi mayor consideración

“Toda lucidez es consecuencia de una pérdida”
E. M. Cioran
Hay instancias en que el ciudadano común, -un simple “laburante” como el autor de este artículo, necesita recurrir a las autoridades públicas. Son esas raras ocasiones en las que nos sentimos con el derecho, y con el deber, de escribir una misiva a quienes están ocupando un cargo público.  En los últimos años, fueron tres veces las que lo hice, con intenciones y razones diversas, pero siempre recurriendo a una carta para hacer un planteo concreto a la jerarquía correspondiente.
La primera de ellas está fechada el 27 de diciembre del 2001 y estuvo dirigida al entonces Sr Presidente de la República, Dr. Jorge Batlle. Está carta, firmada por otros siete ciudadanos simpatizantes de distintos partidos políticos, fue motivada por nuestra sincera preocupación ante el escándalo de los pases a comisión de funcionarios públicos, desde distintas oficinas del Estado al parlamento nacional, sin que algunas de estas personas se presentaran siquiera a trabajar. Le planteábamos al primer mandatario nuestra honda preocupación como ciudadanos porque entendíamos que esa situación debilitaba la credibilidad en todo el sistema democrático uruguayo, precisamente en un momento en que la dignidad y austeridad republicanas eran tan vivamente reclamadas por la población, inmersos como estábamos en una profunda crisis económica. Le solicitábamos, además, que se proceda con la máxima energía para recuperar el dinero del erario público malgastado en estos episodios tan vergonzosos. Esta carta se la dimos en mano a uno de sus cercanos colaboradores para su entrega al Sr. Presidente.
La segunda carta a una autoridad fue escrita el 27 de febrero del 2007, y estuvo dirigida al ex Intendente de Salto, Maestro Ramón Fonticiella. Esta vez fui el único firmante, y el motivo de la misma fue mucho más doméstico, aunque no menos irritante. Padecíamos entonces un desenfrenado aumento en la tasa de alumbrado público. En nuestra casa particular, el 25% de la tarifa de UTE correspondía a esa tasa, y eso significaba un incremento del 632% por un servicio que difícilmente recibíamos, ya que nuestra calle era (es) una verdadera “boca de lobo”. Le manifestábamos entonces al Sr Intendente que se trataba de un infeliz y desproporcionado aumento que se daba en el marco de una gran presión de impuestos y tarifas, que reducía notablemente las posibilidades y alcances de la iniciativa privada y perjudicaba en el largo plazo la economía y el desarrollo genuino del departamento y del país. Por lo tanto, le solicitábamos la reconsideración de la medida. Esta nota fue llevada personalmente a las oficinas del Intendente Municipal.
La última carta que envié a un jerarca, fue escrita el año pasado, el 17 de setiembre de 2011 y estuvo dirigida al Sr Ministro de Ganadería Agricultura y Pesca, Ing Tabaré Aguerre. El motivo de ésta fue totalmente diferente a los anteriores y se debió más bien a una oportunidad que podría tener Uruguay para exportar semen y embriones a Nueva Zelandia. Es que un colega de ese país, muy vinculado a la exportación de material genético desde Oceanía hacia el mundo, integrante activo de varias comisiones en su país y con negocios en Uruguay, me solicitó, ante la visita a Uruguay en el mes de octubre de ese año, si podía concretar una reunión con el Ministro o con un funcionario de alto rango que él designe a efectos de explicar las posibilidades concretas para nuestro país de exportar genética hacia el suyo, y comentar las garantías sanitarias que deberíamos ofrecer para que esa posibilidad se termine concretando. Personalmente veía esa instancia, de llevarse a cabo, como una extraordinaria propaganda para Uruguay, ya que Nueva Zelandia es reconocida por su estatus sanitario a nivel mundial, y si se abría ese mercado para nuestro material genético, eso se constituiría en una promoción adicional para nuestro país. Les debo confesar que también alentaba mi solicitud los 20 años de actividad profesional que llevo en el sector agropecuario, y la esperanza que el Sr Ministro pudiera estar enterado sobre la honestidad y dedicación con que hemos encarado nuestra labor en todos estos años y así considerar la petición con la consecuente seriedad. De manera que, explicando la situación, y esperanzado por la importante perspectiva que los cabañeros uruguayos podían tener de colocar sus productos en ese país emblemático, envié la solicitud al Sr Ministro, con una copia de la carta a su casa particular, por si la primera se perdía en la inmensidad burocrática de su Ministerio.
Sí. Fueron en efecto esas tres las cartas enviadas. Cada una de ellas, como se explicó, alentadas por diferentes motivaciones. Fueron  dirigidas a jerarcas,  de diferentes partidos políticos y en distintas épocas. Fueron escritas con respeto y con sentido de responsabilidad cívica. Las tres tuvieron, además, una cosa en común: jamás fueron contestadas por sus destinatarios.
La ausencia de respuesta puede interpretarse de diferentes maneras. Yo lo tomo como una muestra elocuente del escaso respeto que nuestros gobernantes suelen tener por los ciudadanos de a pie, por las personas como Usted o como yo que tenemos que levantarnos cada mañana a trabajar, sin que nos amparen ni los corporativismos ni los sindicatos. Pero, curiosamente, la ausencia de respuestas no le quita sentido a estas cartas, ni le hace perder fuerza a las razones que las motivaron, como así tampoco desalienta el envío de otras misivas en el futuro. Allí están esas cartas sin respuestas, más bien, como un testimonio mudo de lo mucho que aún queda para avanzar para que los ciudadanos lleguemos a ser verdaderamente escuchados por las jerarquías, y para que se sientan en la obligación moral de responder a una solicitud con el respeto y dedicación que nuestras personas se merecen.

“Toda lucidez es consecuencia de una pérdida” – E. M. Cioran

Hay instancias en que el ciudadano común, -un simple “laburante” como el autor de este artículo, necesita recurrir a las autoridades públicas. Son esas raras ocasiones en las que nos sentimos con el derecho, y con el deber, de escribir una misiva a quienes están ocupando un cargo público.  En los últimos años, fueron tres veces las que lo hice, con intenciones y razones diversas, pero siempre recurriendo a una carta para hacer un planteo concreto a la jerarquía correspondiente.

La primera de ellas está fechada el 27 de diciembre del 2001 y estuvo dirigida al entonces Sr Presidente de la República, Dr. Jorge Batlle. Está carta, firmada por otros siete ciudadanos simpatizantes de distintos partidos políticos, fue motivada por nuestra sincera preocupación ante el escándalo de los pases a comisión de funcionarios públicos, desde distintas oficinas del Estado al parlamento nacional, sin que algunas de estas personas se presentaran siquiera a trabajar. Le planteábamos al primer mandatario nuestra honda preocupación como ciudadanos porque entendíamos que esa situación debilitaba la credibilidad en todo el sistema democrático uruguayo, precisamente en un momento en que la dignidad y austeridad republicanas eran tan vivamente reclamadas por la población, inmersos como estábamos en una profunda crisis económica. Le solicitábamos, además, que se proceda con la máxima energía para recuperar el dinero del erario público malgastado en estos episodios tan vergonzosos. Esta carta se la dimos en mano a uno de sus cercanos colaboradores para su entrega al Sr. Presidente.

La segunda carta a una autoridad fue escrita el 27 de febrero del 2007, y estuvo dirigida al ex Intendente de Salto, Maestro Ramón Fonticiella. Esta vez fui el único firmante, y el motivo de la misma fue mucho más doméstico, aunque no menos irritante. Padecíamos entonces un desenfrenado aumento en la tasa de alumbrado público. En nuestra casa particular, el 25% de la tarifa de UTE correspondía a esa tasa, y eso significaba un incremento del 632% por un servicio que difícilmente recibíamos, ya que nuestra calle era (es) una verdadera “boca de lobo”. Le manifestábamos entonces al Sr Intendente que se trataba de un infeliz y desproporcionado aumento que se daba en el marco de una gran presión de impuestos y tarifas, que reducía notablemente las posibilidades y alcances de la iniciativa privada y perjudicaba en el largo plazo la economía y el desarrollo genuino del departamento y del país. Por lo tanto, le solicitábamos la reconsideración de la medida. Esta nota fue llevada personalmente a las oficinas del Intendente Municipal.

La última carta que envié a un jerarca, fue escrita el año pasado, el 17 de setiembre de 2011 y estuvo dirigida al Sr Ministro de Ganadería Agricultura y Pesca, Ing Tabaré Aguerre. El motivo de ésta fue totalmente diferente a los anteriores y se debió más bien a una oportunidad que podría tener Uruguay para exportar semen y embriones a Nueva Zelandia. Es que un colega de ese país, muy vinculado a la exportación de material genético desde Oceanía hacia el mundo, integrante activo de varias comisiones en su país y con negocios en Uruguay, me solicitó, ante la visita a Uruguay en el mes de octubre de ese año, si podía concretar una reunión con el Ministro o con un funcionario de alto rango que él designe a efectos de explicar las posibilidades concretas para nuestro país de exportar genética hacia el suyo, y comentar las garantías sanitarias que deberíamos ofrecer para que esa posibilidad se termine concretando. Personalmente veía esa instancia, de llevarse a cabo, como una extraordinaria propaganda para Uruguay, ya que Nueva Zelandia es reconocida por su estatus sanitario a nivel mundial, y si se abría ese mercado para nuestro material genético, eso se constituiría en una promoción adicional para nuestro país. Les debo confesar que también alentaba mi solicitud los 20 años de actividad profesional que llevo en el sector agropecuario, y la esperanza que el Sr Ministro pudiera estar enterado sobre la honestidad y dedicación con que hemos encarado nuestra labor en todos estos años y así considerar la petición con la consecuente seriedad. De manera que, explicando la situación, y esperanzado por la importante perspectiva que los cabañeros uruguayos podían tener de colocar sus productos en ese país emblemático, envié la solicitud al Sr Ministro, con una copia de la carta a su casa particular, por si la primera se perdía en la inmensidad burocrática de su Ministerio.

Sí. Fueron en efecto esas tres las cartas enviadas. Cada una de ellas, como se explicó, alentadas por diferentes motivaciones. Fueron  dirigidas a jerarcas,  de diferentes partidos políticos y en distintas épocas. Fueron escritas con respeto y con sentido de responsabilidad cívica. Las tres tuvieron, además, una cosa en común: jamás fueron contestadas por sus destinatarios.

La ausencia de respuesta puede interpretarse de diferentes maneras. Yo lo tomo como una muestra elocuente del escaso respeto que nuestros gobernantes suelen tener por los ciudadanos de a pie, por las personas como Usted o como yo que tenemos que levantarnos cada mañana a trabajar, sin que nos amparen ni los corporativismos ni los sindicatos. Pero, curiosamente, la ausencia de respuestas no le quita sentido a estas cartas, ni le hace perder fuerza a las razones que las motivaron, como así tampoco desalienta el envío de otras misivas en el futuro. Allí están esas cartas sin respuestas, más bien, como un testimonio mudo de lo mucho que aún queda para avanzar para que los ciudadanos lleguemos a ser verdaderamente escuchados por las jerarquías, y para que se sientan en la obligación moral de responder a una solicitud con el respeto y dedicación que nuestras personas se merecen.