Dictarán curso “Los Genocidios en el Siglo XX a través del cine”, la actividad es en el Instituto de Formación Docente

En el Instituto de Formación Docente el sábado 27 de abril se dictará el curso “Los Genocidios en el Siglo XX a través del cine”. El curso constará de ocho encuentros, – cuatro sábados consecutivos – de 3 horas de duración cada uno, a desarrollarse durante cuatro sábados consecutivos, en dos horarios: entre las 09:00 y las 12:00 hs. y entre las 15:00 y las 18:00 hs., comenzando el sábado 27 de abril, a cargo de Andrés Vartabedian – docente y crítico cinematográfico. La actividad es organizada por la Asociación de Profesores de Historia del Uruguay.

La temática básica a abordarse en cada uno de los encuentros será:
El cine como fuente, agente y recurso didáctico de la Historia. Concepto de genocidio: surgimiento e historia. Definiciones: jurídica y académicas. El trabajo de Raphael Lemkin. Genocidio Armenio – Shoá y genocidio gitano – Genocidio en Camboya. Genocidio en Ruanda – Genocidio en Srebrenica, Bosnia-Herzegovina – Genocidio en Darfur, Sudán. Otros casos “en cuestión”: Namibia, Ucrania, Burundi, Guatemala, Myanmar hoy.
En cada caso se realizará la contextualización histórica correspondiente y se abordarán determinados aspectos de los mismos a través de la visualización de fragmentos de parte de la filmografía documental y de ficción existente.
A su vez, se aportarán elementos de lenguaje audiovisual para un más eficaz tratamiento y análisis del material. Antes de cada encuentro los participantes recibirán la nómina de filmes a trabajar, para así poder decidir su visualización previa en forma completa.
Del mismo modo, se recomendarán lecturas posibles anteriores a cada encuentro y se brindará una selección de material bibliográfico y hemerográfico como complemento del curso. El siglo XX ha acuñado un término que define lo atroz, la violencia absoluta, el intento de exterminar a un “otro” por el mero hecho de ser, de pertenecer a un grupo determinado: genocidio.
Cuando Raphael Lemkin lo creó, lo sucedido a los armenios dentro del Imperio Otomano pesó fuertemente en su convicción. La destrucción física de un grupo y la destrucción de sus manifestaciones culturales lo llevaron a inventar un concepto que hoy día no solo posee un valor jurídico sino que también comporta un juicio moral, algo que el propio Lemkin tuvo como objetivo.
De ahí, tal vez, es que escuchemos tanto hacer referencia a este término aplicado a variedad de fenómenos en nuestra sociedad, tanto en este tiempo histórico como en otros pretéritos.
A ello se le suma el hecho de que los propios especialistas en la temática no se han puesto de acuerdo en una definición cabal de lo que debe ser considerado un genocidio, más allá de la definición existente en el ámbito de las Naciones Unidas -la única con valor jurídico-, a la que se le efectúan diversos reparos, por otra parte.
A pesar de lo valioso y enriquecedor que resulta toda esta discusión en la materia, tantas divergencias y controversias en torno al tema han llevado a que el término genocidio se haya vulgarizado de tal modo que se definen como tal hechos demasiado disímiles entre sí, lo que conduce a que su utilización pierda especificidad y devenga en diversas confusiones.
Así, se ha denominado “genocidio” a lo vivido por armenios, judíos, gitanos, camboyanos, tutsis; a lo sucedido en América durante la conquista y colonización española y anglosajona; al Apartheid en Sudáfrica; a lo sucedido en materia de asesinatos y desapariciones forzosas durante las dictaduras latinoamericanas; a lo acontecido en la ex Yugoslavia, sobre todo en Bosnia-Herzegovina a manos de las fuerzas serbias, pero no únicamente; a las sanciones impuestas por las Naciones Unidas contra Irak y sus consecuencias; a lo que el propio gobierno de ese país realizó con parte de sus ciudadanos kurdos; a lo llevado adelante en Chechenia por parte del gobierno ruso; a sucesos en el Congo, en Timor Oriental, al bombardeo de la OTAN en Kosovo, etcétera, etcétera; sin hablar de los denominados “genocidios culturales” -no contemplados en la legislación internacional- ni de la larga lista que elaboran algunos teóricos de sucesos en la historia que comprenderían este particular modo de violencia.
Ya en el siglo XXI, a partir del año 2003, de acuerdo a lo que muchas organizaciones internacionales, académicos en la materia, y el gobierno estadounidense consideraron, se inició en Darfur, Sudán, un nuevo genocidio -un nuevo “genocidio doméstico” como los que se dieron en el siglo anterior- por parte del gobierno de Jartum. Las cifras manejadas por los especialistas hablan de unas 400.000 personas perecidas y 2.000.000 de desplazados como consecuencia de los asesinatos, violaciones y diferentes abusos y atropellos llevados a cabo por parte de los janjaweeds (grupos paramilitares) y el gobierno sudanés.
Una vez más la “comunidad internacional”, conocedora de lo que acontecía, no logró definir las medidas necesarias para poner fin a tales actos y los acontecimientos se sucedieron por casi cuatro años. Hoy mismo, durante los años 2017 y 2018, la palabra genocidio resuena nuevamente, vinculada a los acontecimientos que se han sucedido en Myanmar afectando a la población rohinyá de ese país. Otra vez el debate y el sufrimiento transitan en paralelo.
Por lo tanto, las evidencias dejan claro que las políticas genocidas continúan a la orden del día. Si a ello agregamos lo ya establecido: que el uso del término ha devenido en abuso y ello conduce al temor de que pierda su significación y eficacia, es que consideramos que su análisis se torna tan importante y pertinente.
El cine, otro fenómeno de especial desarrollo en el siglo XX, ha sabido abordar la temática de diversas maneras, con mayor o menor calidad, con mayor o menor equilibrio, casi desde su surgimiento. Lo han concebido sobrevivientes, descendientes de estos, o sujetos simplemente interesados en la temática; desde la ficción o el documental; desde un cine nacional, propio del lugar de los acontecimientos o desde cinematografías bien alejadas de ellos; con mayor o menor compromiso o responsabilidad.
Pero allí están los filmes para ser evaluados: documentos históricos en sí mismos, y con disímiles dosis de rigor en ese sentido, han intentado recrear hechos y circunstancias generales o sucesos muy particulares y hasta personales. El drama es el individual y el colectivo y las formas -tan trascendentes en el arte- han resultado de creatividad variada. El poder del medio, eso sí, ha podido demostrar toda su capacidad expresiva.
Manifestación artística, producto comercial, vehículo ideológico, todo ello y más es el cine.
Esta temática no le es indiferente a tales condiciones, por lo que la realización de una película también varía ostensiblemente de acuerdo al lugar en el que se ponga el acento y los intereses en juego de quienes están al frente de la misma.
Saber quiénes producen el objeto filme nunca es un dato menor.
En esa construcción que es la memoria colectiva, la imagen no sólo nos vincula con nuestros contemporáneos, sino también con los antepasados a los que alude.