El asesino del cambista Carlos Silva fue detenido pero nunca se supo quien lo había llevado al lugar

Fue en una apacible mañana del mes de diciembre, cuando el barrio aún vivía su calma habitual. A pocas cuadras de allí, la Policía celebraba su día con un acto protocolar frente al edificio de la Jefatura salteña. Hacía mucho calor y la mayoría de los funcionarios estaban descansando a la sombra hasta que comenzara la celebración.
Una vez esto, todo transcurría con normalidad. De pronto la locura. Todo fue muy rápido, tal como lo recuerda José, el sobreviviente de ese hecho delictivo del cual fue víctima y del que se salvó por un pelo de haber sido ultimado.
Promediaba la mañana y en la esquina de Brasil y Albisu, pese a que era un día jueves, en plena semana activa previa a la Navidad, no andaba un alma. De repente, el comercio que estaba en la esquina, se vio asaltado por un solitario individuo que entró con un arma a cuestas.
De un momento a otro, extrajo de sus ropas el revólver y lleno de rabia y miedo, encañonó a Carlos Da Silva, “Carlitos” como lo conocían en el barrio desde hace muchos años, un hombre que se llevaba bien con todos en la zona y que era respetado por ser un trabajador de buena fe.
El joven, en ese momento tenía 17 años de edad, era menor para la ley pero grande para portar armas y asaltar lugares, le exigió a Carlitos que le entregara el dinero que tenía, puesto que le habían informado que allí operaba un cambio. Antes de darle todo el dinero, la víctima intentó tomar un arma que tiene allí para defenderse y el individuo le dio un disparo en la cabeza. Carlos cayó al suelo en un charco de sangre.
Su socio salió en ese preciso momento del baño, se encontró con la escena y cara a cara con el criminal, éste lo apuntó y la bala no salió, José (el socio de Carlos) le tiró con lo que tenía a mano, el individuo se asustó y salió corriendo, suponen que alguien lo estaba esperando para llevarlo porque se pudo escapar fácilmente. José salió del local y gritó por ayuda. Unos vecinos lo escucharon y llamaron a la Policía, José gritó desesperado lo que estaba pasando y pidió una ambulancia, todo fue caos.
A los pocos minutos llegó toda la policía, hasta el jefe de entonces, Julián Rodríguez, que habitualmente encabezaba los procedimientos. Entraron al lugar, acordonaron el área y empiezaron a juntar datos en la zona, pero nadie había visto nada.
Carlos fue trasladado de urgencia a un sanatorio donde fue intervenido quirúrgicamente, a las pocas horas, informaron que había fallecido. El susto se volvió dolor y el dolor impotencia. La Policía buscó pistas que no encuentró, nadie sabía nada. José, el socio que sobrevivió de milagro a este episodio del jueves 18 de diciembre de 2003, daba toda la información que estaba a su alcance, proporcionaba nombres de sospechosos, recogía información en todos los niveles del submundo de la delincuencia, pero no dieron con nadie.
A los pocos meses, le informaron que habían encontrado al asesino. Después del caso había estado “aguantado” en una casa de un barrio de la Zona Este y luego se había fugado en un taxi a Montevideo, de donde era originario. La Policía dio con él en el barrio Borro. Hacen un operativo, lo capturan y lo traen a Salto, acá fue juzgado y sentenciado como menor. Recibió cinco años de cárcel por homicidio especialmente agravado.
Para la Policía fue caso cerrado, para José, todavía falta uno, el que lo llevó hasta el lugar y le dio información sobre qué cosa funcionaba en esa esquina. Ese, que andaba en una moto, que fue lo único que alguien pudo ver en el lugar, era de acá nomás y estaba tan implicado como el que mató a Carlos.
Pasaron 14 años del crimen del cambista, su esposa y su hija cobran una pensión como víctimas del delito, me cuentan, pero las autoridades policiales cambiaron, los funcionarios que investigaron el caso ya no están más, el juez que instruyó la investigación trabaja en Montevideo desde hace muchos años y el jefe de Policía de entonces, ya está retirado.
Pero el barrio permanece incambiado, inmóvil, algunos ya no viven mas ahí pero siguen recordando aquel momento que marcó un punto de inflexión en la zona con un hecho del que nadie se olvida. Allí está esa esquina, con su soledad y su tristeza a cuestas, porque desde ese día ya nada fue igual. Y José no se olvida, su recuerdo late y la historia me la cuenta cada vez que me ve, en sus ojos prosigue la búsqueda de poder tener toda la verdad, saber todo lo que pasó, pero sabe que algún día será, “algún día”, me repite.
Hugo Lemos  







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