El hacedor de cabezudos

Para festejar mis ocho años, me animé a pedir a mis padres que me llevaran al corso, para ver el desfile de los cabezudos creados por el Tío Nito, un artista con ideas revolucionarias (para la ciudad de Artigas, dormida a orillas del Cuareim, en la década de los cuarenta) y gran capacidad de trabajo.
Hacía más de un mes que no se hablaba de otro tema en el taller de zapatería de mi padre. Mi ansiedad crecía al compás de los comentarios. La Intendencia le había hecho un contrato y le había dado un galpón del Corralón Municipal para que llevara a cabo lo que él llamaba “obras de arte”. Inmediatamente mi tío pidió un candado para mantener el secreto y proteger las obras. Allí se encerraba todos los días con una montaña de alambres, telas, tarros de pintura, brochas, pinceles, papel de diario y tachos con engrudo.
El Tío Nito sólo volvía a su casa cuando el sereno del corralón, al ver las luces encendidas dentro del galpón de preparativos para el carnaval, golpeaba hasta obtener respuesta. Entonces el Tío Nito apagaba todas las luces, ponía el candado, probaba varias veces si había quedado bien cerrado y se echaba a andar bajo las estrellas, recitando en voz alta el Romancero Gitano que su padre, un universitario amante de las letras, le había enseñado. Paraba para tomar su copita de caña en los pocos “butecos” abiertos en la noche y seguía recitando, cada vez con más énfasis y con mayor gesticulación. A su paso, se prendían algunas luces, se abrían ventanas y luego volvía el silencio a acompañar al artista plástico, medio poeta y medio loco.
Todo el mes de expectativa culminó con el corso del 21 de febrero, día de mi cumpleaños. Con vestido diseñado y realizado por mi madre, zapatitos de charol y un paquete de papelitos marchamos para la Lecueder.
La multitud me impresionó un poco y apretaba con fuerza la mano de mi padre para no perderme. La espera fue larga, pero valió la experiencia.
La música fue lo primero que me conmovió, me pareció que bajaba del cielo y me rodeaba y luego vi avanzar por el centro de la calle una carroza gigantesca tirada por dos caballos vestidos con sedas de colores y sobre el techo un mosquito gigante con luces de colores que recorrían todo el cuerpo del animal. Detrás de la carroza, bamboleándose al compás de la música venían los cabezudos.
Me deslumbró el desfile de aquellos muñecos enormes, todos distintos, con ojos que parecían mirar en todas direcciones. Cortaban sus danzas con corridas de lado a lado de la calle y provocaban el desbande de chicos y grandes que gritaban sin parar. Fue tan fuerte la conmoción que sentí cuando uno de los cabezudos se acercó a mí, que me prendí de la camisa de mi padre y me quedé con uno de sus bolsillos en mi mano.
Con reproches para mi madre volvimos a casa todos callados. Me temblaban las piernas y la emoción no me abandonaba. Para exorcizar el temor, al otro día, le pedí a mi padre que me llevara al corralón a ver cómo eran los cabezudos cuando no estaban en el carnaval. Quería tocarlos, mirarlos cara a cara, desentrañar el misterio. Mi padre me prometió que me iba a llevar y empecé a sentirme más tranquila.
A la semana, jugábamos en la vereda y lo vi venir al Tío Nito. Corrí a su encuentro y conmigo en brazos entró al taller de mi padre. Entonces empecé a contarle mi encantamiento -el pensamiento corría más rápido que las palabras- la impresión que había recibido en el corso al ver a los cabezudos y mi pedido para ir a verlos.
En ese momento oí la voz de mi padre que me pedía que esperara un momento y entonces me di cuenta que mi Tío Nito estaba llorando.
Lo abrazamos y él como un actor delante del público dijo:
-Gracias… gracias sobrina, tus palabras me reconfortan… pero soy un artista incomprendido… uno de los jerarcas de la Intendencia abrió el galpón y puso a todos los cabezudos a la intemperie y cuando llegué encontré a todas mis obras de arte en medio de un charco de colores, todos deformes, sin luz en los ojos enormes y desde ese momento no he dejado de deambular y repetir a todos mis amigos que los creadores del arte efímero no somos reconocidos, pero un día, cuando el mundo se dé cuenta que debemos estar siempre rodeados de belleza, entonces seremos valorados y alguien va a asumir la sagrada misión de contar nuestra historia.
Maestra Nilda Suárez de La Rosa
En memoria al Tío Nito Irrazábal







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