El violín de Lapa

cartapacio_logoEn Salto y Montevideo oyeron sonar el violín a través del teléfono. Fue desde Lapa, una de las zonas más frecuentada de la noche carioca. Yo andaba caminando por la calle Riachuelo y me acerqué a escuchar a un grupo que tocaba buena música . Cavaquinho, flauta traversa, pandereta, guitarra, y las palmas y voces que se sumaban con entusiasmo.
Estaban afuera de uno de esos bares donde se bebe de pie en las veredas. Unas muchachas bailaban samba, subrayaban los movimientos eróticos de la danza. El público agregaba nuevos anillos en torno al grupo, acompañaba el coro y el baile. De pronto, se unió un violinista. Tocó con entrega y el sonido de su instrumento contagió vibraciones alrededor.
Creció el baile, las palmas, el coro.Era una buena oportunidad para que en Uruguay escucharan aquella música envolvente y sintieran la alegría desbordante que es capaz de vivir la gente de aquí. Llamé por el celular a mi hijo, a algunos amigos de Salto y de Montevideo. Ellos oyeron un instante la voz de la noche carioca.Luego inicié una interesante conversación con un señor muy cordial que se refirió con pasión a la música que oíamos. “Esta es la expresión más auténtica de la música, todo esto que usted ve es espontáneo. Empezaron a tocar dos y ahora se formó una orquesta”. afirmó.
El diálogo derivó hacia la música latinoamericana. El hombre mostró conocimiento del tema y una marcada inclinación a defender la ceación brasilera. Habló de Chico Baurque, dijo ‘usted está en su derecho de no creer, pero yo fui productor de Chico, tengo fotografías al respecto”.La conversación acercó una cerveza.
Los músicos en tanto, formaron un círculo en torno al violinista quien se hundía y reaparecia entre las cabezas y los hombros sacudidos por el ritmo.El hombre con quien yo hablaba lo señaló y dijo: “Es el mejor violín de Lapa”.
Las vibraciones de las cuerdas llegaban con intensidad, quizás porque los otros músicos cedían espacio.“América Latina tiene los mejores creadores e intérpretes- dijo el hombre- Mercedes Sosa es un ejemplo. Quiero hacer un brindis por ella”. Brindamos y pedí otro por Alfredo Zitarrosa. El hombre se disculpó, no lo conocía. Le di algunos datos y volvió a disculparse. “Tendría que conocerlo”, agregó. Luego contó que durante mucho tiempo se había dedicado al estudio de la Historia, en especial a la historia de la música latinoamericana. Hizo una detallada y contundente exposición de estilos, influencias, fechas, que me dejó sorprendido. Le pregunté si era docente y respondió com una sonrisa triste. “Estudié Historia y cuando estaba por recibirme dejé todo por esto, por la bohemia”, confesó.
Le propuse hacer una nota para el diario, encontrarnos otro día hablar en un lugar tranquilo, tomar fotos. Para mi sorpresa, el hombre señaló al violinista y sugirió: “Hacé la nota con él. Trato que se de cuenta del talento que tiene, le hago de representante. Se lo merece. Salió de la mierda de la favela. Iba a ser un gran arquero, quizás el mejor arquero de Brasil. “Era um mininho de la rúa” , atajaba en los partidos de mayores, en la arena de Copacabana. Era un gato. A los 15 años lo chocó un auto y le rompió la rodilla. No volvió a jugar al fútbol, volvió a la favela y salió tocando el violín. Es un talento”.
Miré al violinista: se había integrado al círculo de músicos. Le dije al representante que haríamos dos notas porque ambos casos merecían conocerse.Impaciente, el representante llamó al violinista y nos presentó.
Era un hombre grande, ancho, mestizo, de unos treinta años, con una cicatriz que le atravesaba la frente. En una mano sostenía el arco y el violín. Le dije que su instrumento había sido oído en Uruguay y me miró con cierta severidad.
Traté de acordar la entrevista y finalmente fijamos el mediodía siguiente en ese mismo lugar. Cuando di por terminada la conversación, el violinista levantó la mano libre y, muy cerca de mi rostro, frotó las yemas del pulgar y el índice en el inconfundible gesto de quien pide dinero. Intenté explicarle que eso era imposible, pero él insistió con que tenía que pagarle.
Le dije que olvidara la entrevista y él reitero que yo tenia que pagarle porque había hecho escuchar su música en mi país. Repliqué que había trasmitido la música de la calle y no sólo su violín sino de todos los instrumentos por lo que tendría que pagar a cada uno de los ejecutantes. Para mi fortuna, intervino el representante quien le advirtió en forma calma: “Voce bebeu muito”. Discutieron en tono creciente hasta que el violinista me señaló y gritó: “Fora da Lapa”.
El representante lo abrazó, le habló con afecto y logró retirarlo. Caminaron entre la gente que ya ocupaba parte de la calzada. Los vi alejarse y, de pronto, vi que el representante giró y regresó al lugar donde yo estaba. Me dio la mano. “Es la condición humana”, dijo y se perdió entre el tumulto. La música trepaba las escalas. Una muchacha bellísima bailaba rodeada de palmas. Pensé en el violinista, en el accidente que le cambió el rumbo de arquero a músico. Me hubiera gustado saber detalles de ese cruce de caminos.
Tal vez volveré a encontrarlo más dispuesto y me contará esa parte que le falta a esta historia. Aún me quedan varios días de estadía en Rio de Janeiro.

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