En Estación Experimental San Antonio: “VII Jornada de Riego por superficie en Salto”

Viernes 26 de enero

La Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, la Dirección Regional de INIA Salto Grande y el Programa Nacional de Investigación en Producción y Sustentabilidad Ambiental, en conjunto con Establecimiento El Junco – Donistar SC invitan a participar de la «VII Jornada de riego por superficie en pasturas y cultivos ¿productividad vs. sustentabilidad?». La misma tendrá lugar el viernes 26 de enero de 2018 a partir de las 8 de la mañana en la Estación Experimental de Facultad de Agronomía en Salto (EEFAS), situada en el km 21 de la ciudad de Salto sobre la ruta 31.
Luego se visitará el Establecimiento El Junco, Ruta 31 km 53, entrando 18 km al norte, Colonia Itapebí, Salto.
Participarán: el Secretariado Uruguayo de Lana (SUL), representantes de la Facultad de Agronomía – Udelar (EEFAS) y catedráticos de la Facultad de Ciencias – Udelar.
Se solicita confirmar asistencia previo a la jornada.
Hace poco más de diez mil años las civilizaciones humanas tomaron un nuevo rumbo con el desarrollo de los cultivos de distintas especies de plantas.
Nació así la agricultura, o cultivo de la tierra, que acompañará a la humanidad por todas las edades hasta el presente.
La agricultura fue, es y seguirá siendo de primerísima importancia para la población humana ya que es su fuente primordial de alimentos.
Después de la II Guerra Mundial se generó un importante cambio en la agricultura a nivel mundial, llamada “revolución verde” por su reconocido líder el Dr. Norman Borlaug. Esta revolución implicó cambios tecnológicos importantes, el uso generalizado de nuevas variedades de cultivos de alta productividad, y el uso intensivo de riego, pesticidas y fertilizantes sintéticos. La producción agrícola experimentó un colosal incremento.
En la actualidad, más de la mitad de la tierra cultivable del planeta es campo agrícola, lo que representa el 38% de la superficie terrestre.
Pero estos progresos tienen altos costos en términos ambientales.
El impacto de la agricultura sobre los ecosistemas naturales es muy elevado y se pone de manifiesto por el deterioro de los servicios ecosistémicos.
El reemplazo de la vegetación natural por campos agrícolas reduce significativamente la biodiversidad, extinguiendo o poniendo en peligro de extinción numerosas especies de plantas y animales que no solo tienen valor ecológico sino también económico; además libera de manera súbita grandes cantidades de carbono a la atmósfera, eliminando la capacidad de secuestro de carbono del sistema.
La agricultura impacta negativamente a la circulación del agua y de sustancias como el nitrógeno y el fósforo, contribuye con la emisión de los gases de efecto invernadero y deteriora la condición de los mismos suelos que usa para producir los cultivos.
Como consecuencia, los servicios de aire limpio y agua pura se deterioran, se produce lluvia ácida y se aumentan los volúmenes de escorrentía favoreciendo la erosión.
El arrastre de sedimentos conduce a la eutroficación y termina colmatando los cuerpos de agua.
El uso exagerado del agua para riego termina agotando las reservas de lagos y acuíferos generando desertificación.
Así resumidos, estos impactos no parecen complicados, pero los agroecosistemas son sistemas complejos y hay toda clase de interacciones entre factores y entre procesos.
Esta situación se torna insostenible porque los daños ambientales de la agricultura amenazan las bases mismas que la sostienen (suelos y agua). El problema a resolver es cómo mantener una agricultura de alta productividad sin que produzca efectos adversos en los ecosistemas. Las investigaciones sobre este tema son abundantes en las últimas décadas.
Se ha propuesto que son necesarias medidas en tres ejes: hacia los productores agrícolas, hacia los consumidores (la población humana) y hacia la investigación científico-tecnológica.
Los estímulos a los agricultores pueden tomar varias formas: reducir los subsidios al uso de fertilizantes y pesticidas a la vez que subsidiar prácticas sustentables mediante una política crediticia e impositiva.
Incentivar el incremento en la eficiencia del uso de fertilizantes y pesticidas puede lograr reducir su uso excesivo. Se ha comenzado la práctica de “pagos verdes”, que son pagos directos a los agricultores que practican agricultura amigable con el ambiente (en Australia, Canadá, Japón, Noruega, Suiza, los Estados Unidos y algunos países de la Unión Europea).
De manera similar han comenzado los incentivos para que los consumidores dirijan sus preferencias hacia los productos agrícolas con menor huella ecológica.
El uso de etiquetas con la huella ecológica del producto está ya contribuyendo a concienciar a los consumidores en relación a la necesidad de reducir los impactos ambientales de la agricultura. La popularidad de productos “orgánicos”, producto de agricultura sin químicos añadidos, ha ido en aumento en los últimos años. La agricultura orgánica ha sido criticada porque se piensa que no es capaz de satisfacer las cantidades requeridas por la población. Sin embargo, algunos estudios sostienen que la agricultura orgánica puede ser tan productiva como la agricultura de altos insumos (Badgley et al., 2007). Desestimular el consumo excesivo de productos animales es otra medida conveniente.
Es necesario superar la polarización creada en la opinión pública sobre “ecología versus desarrollo”. Las medidas de protección ambiental deben explicarse suficientemente y deben orientarse hacia el desarrollo sustentable. Muchas de esas medidas son también favorables para la agricultura. Por ejemplo, favorecer el secuestro de carbono no solo disminuye el efecto invernadero sino que también tiene efectos favorables sobre los suelos, promoviendo su fertilidad y su conservación, la diversidad de la fauna invertebrada y la eficiencia en el uso del agua.
La investigación sobre el funcionamiento de agroecosistemas ha sido intensa en las últimas décadas.
Sin embargo, ha prevalecido la orientación hacia la solución de problemas específicos, sin importar las consecuencias de las soluciones hacia el sistema en su conjunto. Solo recientemente ha comenzado a fortalecerse un enfoque sistémico orientado a conocer el funcionamiento de estos agroecosistemas en su conjunto y hacia el manejo ecosistémico como base de la práctica agrícola.







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