¿Fascista yo?

«Orientales, mirad la bandera,
de heroísmo fulgente crisol;
nuestras lanzas defienden su brillo,
nadie insulte la imagen del Sol!

(Fragmento del Himno Nacional Uruguayo, Francisco Acuña de Figueroa)

stamos a medio camino entre la fecha en que, como es tradición en el Uruguay, debió haberse realizado la Promesa y Jura de la Bandera (19 de Junio), y la que se eligió para hacerlo (23 de setiembre) dada la situación especial que se vive este año a raíz de la pandemia y todos los cambios que trajo consigo en las actividades de los centros de enseñanza. Ante la imposibilidad de que alumnos de primer año de Primaria y de primer año de Secundaria (liceos y UTU) pudieran respectivamente prometer y jurar en la fecha del natalicio de Artigas, se ha decidido que lo hagan en la fecha de su muerte. Así lo resolvió el Consejo Directivo Central de la Administración Nacional de Educación Pública, lo que fue comunicado públicamente por su Presidente Robert Silva, agregando que la decisión tiene como objetivo asegurar el cumplimiento de las medidas recomendadas frente a la emergencia sanitaria que atraviesa el país.CONTRATAPA

Pero resulta que una vez más por esta época, como en años anteriores, se reavivó el debate sobre la pertinencia de estas instancias. Cabe recordar, sin ir más lejos, que el año pasado, ADES (el sindicato de profesores montevideano) hasta llegó a emitir una declaración reclamando la derogación del tradicional juramento a la bandera nacional, dando cuenta de que «no entienden el profundo sentido cívico» del mismo. En la declaración, los gremialistas hacen una larga historia del origen de la disposición, de la época de la Segunda Guerra Mundial, y califican de «militarista» y «fascista» exigirle a «niños y adolescentes con escaso discernimiento un juramento de esa naturaleza».
Pues bien, la Constitución establece que «en todas las instituciones docentes se atenderá especialmente la formación del carácter moral y cívico de los alumnos» (art. 71°). Entonces, evidentemente que a esos niños y adolescentes hay que ofrecerles los medios para su formación «moral» y «cívica». Se nos ocurre impensable que no aprendan el Himno Nacional, que no sepan la formación independiente del país o sus principios constitutivos, porque esa es justamente la formación «cívica».

Como decía José Pedro Varela, «para instituir la República, lo primero es formar republicanos» y ello creemos que supone, desde la niñez, ofrecer una educación que además del lenguaje, la aritmética o la geografía, socialice en un sentido más amplio, difundiendo hábitos de comportamiento y fortaleciendo siempre la pertenencia a la comunidad nacional en que han nacido.

Invocar la minoría de edad como argumento, parece sinceramente algo absurdo. Porque justamente de eso se trata, de que la primera formación incluya ese aspecto esencial. ¿O tenemos que esperar a que cumplan los 18 años para explicarles que somos una democracia y una república independiente y que ellas suponen definiciones jurídicas, históricas y políticas fundamentales?

Las fechas patrias, el calendario cívico, no constituyen un ritual vacío ni una mera formalidad. Todo lo contrario: es parte fundamental, esencial, de la formación republicana. Cuando dentro de cinco días celebremos el 18 de Julio, será la ocasión ideal para que se hable de la Constitución. Cuando lo hacemos un 25 de agosto, es la oportunidad para hablar y reflexionar sobre nuestra independencia, tan trabajosamente conseguida entre las ambiciones luso-brasileña y porteña de la época fundacional.

Es una imprescindible pedagogía la que sostiene a la democracia, la que nos da identidad, la que forma ciudadanos conscientes de la comunidad que integran y de sus valores esenciales de convivencia. En ese contexto y no en otro, es que la Promesa y el Juramento a la Bandera, en la fecha del nacimiento del héroe fundador de la nacionalidad (o excepcionalmente este año en la de su fallecimiento), se cargan de sentido.

No es reverenciar un paño coloreado. Se trata nada menos que de asumir lo que se es como ciudadano. Es la ocasión también para que se recuerde a Artigas. La bandera es el símbolo de todas las naciones del mundo, desde siempre, el símbolo que se asume como identificación. ¿Qué hay de malo en ello? Pero además, ¿existe un Estado soberano sin bandera?

En los Estados Unidos, primera de las repúblicas modernas, es tradición diaria en la mayoría de las escuelas (allí no hay autoridad nacional de educación) izar la bandera recitando una alocución, que ha sido discutida por algunos por sus referencias religiosas, sí, pero nunca por su valor cívico. No pretendemos decir con esto que sea algo a imitar, seguro que tiene mucho de exageración algo así. Pero una señal de fidelidad a nuestro Pabellón Nacional, una vez al año y sólo dos veces en la vida, ¿qué tiene de fascista o militarista o antidemocrático?
Ocurre en nuestro país que los feriados se han hecho móviles y que se ha ido diluyendo la práctica del acto evocativo, del trabajo formativo que haga de las recordaciones históricas valores del presente. Se añade a ello un obvio debilitamiento de valores sociales, que comienzan con la degradación pública del lenguaje y sigue con la desvalorización de las autoridades, sean la maestra, el jefe de la oficina, el director del liceo o el comisario.

En ese contexto, es que entendemos sería particularmente grave prohibir estas tradiciones. Es, a nuestro entender, parte de una sana costumbre realizar «la promesa» y «la jura», actos que por una cuestión de mayor precisión y justicia deberían llamarse quizás «compromiso de fidelidad», pero que son una tradición nacional asumida con orgullo por la mayoría de la población. Por la mayoría, de eso estamos convencidos. Es en general un recuerdo grato que a menudo se evoca hasta con emoción.

Lo hemos dicho en varias oportunidades, incluso desde este espacio: colocar en centros educativos laicos, pancartas con explícito tinte político cuestionando una reforma constitucional que está en debate de los representantes nacionales, o una ley, eso sí tiene corte fascista, simplemente es fascista desde el momento que viola la necesaria neutralidad de los espacios públicos e ignora el principio de laicidad que nos impone a todos respetar la diversidad de opiniones y creencias.
Pero honrar la bandera no, no es fascista. Honrar la bandera es asumir la condición de ciudadano de una nación a la que se pertenece…y punto. No es «patrioterismo demagógico» de exaltación nacionalista por oposición a otras naciones. Nada tiene, al menos que se observe desde nuestro punto de vista, de agresivo o de autoritario. Es, por el contrario, lo primero y esencial para formar ese «ser republicano» del que hablaba José Pedro Varela.
Permítasenos al final, un párrafo de evocación puramente personal y hasta íntima. Cuando en el año 1988, con toda su paciencia y amor a cuestas, en la vieja Escuela 4 la maestra Manuela Laxague nos enseñaba el valor y la importancia de la Promesa, y seis años después, en 1994 y ya en el IPOLL, sobre todo la profesora de Historia Susana Galvalisi de Cabral hacía lo mismo, ¿me estaban incitando a participar de una acción fascista? Me niego a aceptarlo y es entonces que me pregunto: ¿Fascista yo?
En fin, momento de retirada…
Cual retazo de los cielos,
de los cielos,
do jamás se pone el sol,
se pone el sol,
es la enseña de mi patria:
la bandera bicolor…

 

Contratapa por Jorge Pignataro