Fausto

La semana pasada, una vez más, la Asociación de Profesionales de la Comunicación (APC) entregó los Premios “Fausto”. Quizás porque desde hacía ya unos años no se venía realizando tal acontecimiento, es que hubo que explicar a muchas personas –especialmente niños y jóvenes- el porqué de ese nombre: Fausto.
Hubo que explicar, por ejemplo, que nada tiene que ver con la famosa homónima obra del alemán Johann Wolfgang von Goethe, compuesta allá por el siglo XVIII. Hubo que explicar que el nombre rinde homenaje a un periodista salteño, que se desempeñó como tal en Diario EL PUEBLO, que además componía poemas, que falleció joven, muy joven, antes de llegar a los 30 años (nació en octubre de 1940 y falleció en diciembre de 1969), y que se llamó Fausto Agustín Carcabelos Alves da Silva.

BOHEMIO, INTELIGENTE, AUDAZ…

Lo que sigue son líneas que sobre Fausto escribió el escribano Enrique A. Cesio -durante varios años Director de EL PUEBLO – e incluyó en su último libro, “Memorias Ilustradas – Los últimos 80 años”, editado en 2015.Foto de Fausto

“Llegó a la redacción no tengo idea de cuándo, cómo ni por qué, pero se quedó como visitante diario de la noche. Un día me convenció que tenía una nota escrita y se la publiqué. Insistió y en un momento propuso una sección distinta, semi humorística, anecdótica, La Papelera. Fausto Agustín Carcabelos Alves da Silva, bohemio, inteligente, audaz, simpático –cuando no lo agarraba la bronca-, dispuesto a todo, pasó a ser cronista permanente. A veces faltaba, pero su sección jamás…”

“La hernia de Fausto”
Con este título y renglones más adelante, Cesio narra esta jocosa anécdota: “Una noche me pidió ir a Salto Nuevo a buscar un dato. Hicimos el trabajo y al regresar por calle Treinta y Tres, vimos algo raro en la esquina de Latorre. Faustó soltó un imperativo: “Pare jefe, acá hay noticia”. Por entonces esa esquina estaba a oscuras porque formaba parte de la plaza acuña de Figueroa, poco después convertida en Terminal de Ómnibus. Lo distinto era una especie de estrado – tablado, de tanques y maderas y unas precarias lucecitas, donde un morocho muy conocido por otras actividades, lucía como predicador evangélico. Tentados por la novedad, nos incorporamos al público. En cierto minuto el predicante anunció que llegaba el momento de las sanaciones y esa noche era para quienes tuvieran hernias inguinales. Preguntó si había clientes y con curiosidad advertimos que varios levantaron sus manos. Entre ellos Fausto, que no tenía nada. El pastor pidió se colocaran las manos en los bolsillos, cubriendo las hernias. Fausto lo hizo. El hombre rezó, pidió la sanación y al concluir pidió levantaran las manos quienes se habían curado. Fausto no solamente no las levantó, sino que dijo que todo estaba igual. Fue entonces que desde el improvisado púlpito salieron sapos y culebras, maldiciones cuyo tono se elevaban, amagando bajar a buscar al incrédulo. Lo tomé a Fausto –que se mataba de risa- y lo metí en el auto para salir raudamente. No hubo nota sobre el episodio, pero doy fe que el pastor hizo su negocio: poco después levantó una Capilla en zona cercana”.