Fue como encontrar… la lámpara de Aladino

Fue hace más de veinte años. El inmenso galpón desierto y en silencio, allí sobre la calle 18 de Julio. Era ya  de tardecita y las últimas sombras de un caluroso día de verano  en esa oscuridad que se “arrimaba” no me daban los  ojos para ver aquellas máquinas impresoras que habían parado,  con sus empleados en el seguro.
Ahí rodeado con gente de la construcción, Walter Martínez, con todas las ganas y dispuesto a frotar la lámpara mientras  proyectaba el futuro de un diario que por diferentes razones parecía, que llegaba al final de su vida.
Aprovechando de una suerte de “amistad” que Walter me proporcionó recorrí todo el edificio. Silencioso. De tanto en tanto unos molinetes colocados en el techo para el ingreso de aire, producían un sonido casi fantasmal.
Recuerdo que la inspección terminó y yo preferí volverme caminando a mi casa no sin antes, sentarme en uno de los bancos de la Plaza Artigas para reflexionar sobre lo que había visto. Volví a hacerme el planteo de que era una tarea muy difícil  la propuesta, pero no había marcha atrás.
Nunca antes había trabajado en EL PUEBLO y llegar ahora de la mano de un amigo que había puesto su capital, era un desafío por dos y era sin duda el último tren que pasaba por la vida  de un hombre que hacía milagros para mantener a una familia con seis hijos, pisando los cuarenta y cinco años.
De ahí en más comenzaron cursos sobre periodismo con notables que llegaban de la capital y que cada uno de nosotros lo aprovechó a su manera.
Pero la salida se demoraba y la “barra ansiosa” se ponía nerviosa. Yo todos los días hablaba con Walter, la gentileza de un buen hombre me permitía en mi osadía y en la ansiedad  de tratar a trabajar de una buena vez, será por eso.
Y un día EL DIARIO DE LOS SALTEÑOS ganó la calle, las fotos, el papel, las notas, los barrios todo lo que se pensó en lo previo estampados tal cual lo habían soñado sus directores.
Adriana Martínez  y Julio de Brum  su esposo, solucionaban todos los inconvenientes que iban surgiendo sobre la marcha, no había hora para eso.
Pasábamos algunos  días y otra vez  en la lucha que nunca se abandonó de que  EL PUEBLO fuera el mejor, objetivo primordial y básico, nos volvía a tenernos enfrente proyectando trabajo.
Julio y Adriana estaban convencidos  de que el Diario tenía que ser el mejor y por eso trabajaron y hoy a la vista están los resultados incuestionables, primeros en venta y trabajo periodístico.
En cuanto a lo mío, creo que le dediqué once años  de mi vida a pleno, tratando de pagar en  parte lo que fue Walter Martínez para mí y mi familia. Pero independientemente de todo esto el profundo amor que siento por esas  letras, EL PUEBLO, no tiene precio.
LUIS A. GIOVANONI

Fue hace más de veinte años. El inmenso galpón desierto y en silencio, allí sobre la calle 18 de Julio. Era ya  de tardecita y las últimas sombras de un caluroso día de verano  en esa oscuridad que se “arrimaba” no me daban los  ojos para ver aquellas máquinas impresoras que habían parado,  con sus empleados en el seguro.

Ahí rodeado con gente de la construcción, Walter Martínez, con todas las ganas y dispuesto a frotar la lámpara mientras  proyectaba el futuro de un diario que por diferentes razones parecía, que llegaba al final de su vida.

Aprovechando de una suerte de “amistad” que Walter me proporcionó recorrí todo el edificio. Silencioso. De tanto en tanto unos molinetes colocados en el techo para el ingreso de aire, producían un sonido casi fantasmal.

Recuerdo que la inspección terminó y yo preferí volverme caminando a mi casa no sin antes, sentarme en uno de los bancos de la Plaza Artigas para reflexionar sobre lo que había visto. Volví a hacerme el planteo de que era una tarea muy difícil  la propuesta, pero no había marcha atrás.

Nunca antes había trabajado en EL PUEBLO y llegar ahora de la mano de un amigo que había puesto su capital, era un desafío por dos y era sin duda el último tren que pasaba por la vida  de un hombre que hacía milagros para mantener a una familia con seis hijos, pisando los cuarenta y cinco años.

De ahí en más comenzaron cursos sobre periodismo con notables que llegaban de la capital y que cada uno de nosotros lo aprovechó a su manera.

Pero la salida se demoraba y la “barra ansiosa” se ponía nerviosa. Yo todos los días hablaba con Walter, la gentileza de un buen hombre me permitía en mi osadía y en la ansiedad  de tratar a trabajar de una buena vez, será por eso.

Y un día EL DIARIO DE LOS SALTEÑOS ganó la calle, las fotos, el papel, las notas, los barrios todo lo que se pensó en lo previo estampados tal cual lo habían soñado sus directores.

Adriana Martínez  y Julio de Brum  su esposo, solucionaban todos los inconvenientes que iban surgiendo sobre la marcha, no había hora para eso.

Pasábamos algunos  días y otra vez  en la lucha que nunca se abandonó de que  EL PUEBLO fuera el mejor, objetivo primordial y básico, nos volvía a tenernos enfrente proyectando trabajo.

Julio y Adriana estaban convencidos  de que el Diario tenía que ser el mejor y por eso trabajaron y hoy a la vista están los resultados incuestionables, primeros en venta y trabajo periodístico.

En cuanto a lo mío, creo que le dediqué once años  de mi vida a pleno, tratando de pagar en  parte lo que fue Walter Martínez para mí y mi familia. Pero independientemente de todo esto el profundo amor que siento por esas  letras, EL PUEBLO, no tiene precio.

LUIS A. GIOVANONI







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