La historia de Patricia, quien llegó a Manantiales para cambiar su vida y superar su adicción a las compras

Fundación Manantiales

Patricia tiene 38 años y es Odontóloga. Prefiere identificarse así, como Patricia, porque “no es fácil pasar por lo que yo pasé”. Hace diez años que está en pareja con Fabián y, según relata, sobrevivió a una guerra sin balas ni misiles: “Una guerra interior, capaz de aniquilarte”. Ella fue adicta a las compras.
Su adicción comenzó durante su etapa universitaria y se desató cuando su padre le dio una extensión de su tarjeta de crédito para que pudiera manejar con cierta independencia los gastos de sus estudios. Su papá se refería a libros, apuntes, materiales y fotocopias. Verónica entendió otra cosa. O mejor dicho: fue incapaz de sospechar en qué derivaría esa relación entre ella y la tarjeta.
En la adolescencia, Patricia había estado rodeada de amigos varones, y podía pasar hasta tres semanas vestida invariablemente con el mismo conjunto de jean y buzo. Pero esto se modificó cuando entró a la Universidad y vio a sus compañeras preocupadas por mostrarse “arregladas”, bien vestidas. Para no desentonar, ella empezó a comprarse cada vez más ropa. “A mí siempre me gustó la ropa, los zapatos, las zapatillas, las carteras. Pero una cosa es que eso te guste y otra que te atraiga como un imán», reconoce.
Al principio no parecía más que una “temporada en la que me gratificaba dándome algunos gustos”. Con la tarjeta, el padre determinó una mensualidad para sus gastos, pero ella se las ingeniaba inventando gastos extras -libros y más fotocopias inexistentes- para justificar los excedentes a ese límite. La temporada no tenía fin y la tendencia se agudizaba. Más adelante encontró un paliativo para afrontar los gastos de su tarjeta con el dinero que obtenía asistiendo a algún odontólogo en su consultorio. “Eran pequeños trabajitos independientes. Rascaba plata de donde podía, mi mamá también me ayudaba y de una forma u otra iba pagando la tarjeta”.
Patricia no se olvida de lo que le dijo su padre el día que se recibió: “Siempre supe, nena, que no tenías que comprar tantas cosas para la facultad”.
«Llegó el momento en que ya no daba más con mi adicción a las compras, ya no podía pagar todo lo que había gastado, y hablé con mi esposo, le pedí que me buscara ayuda. Solicitamos entrevista en la Fundación Manantiales, y desde ese día me indicaron un tratamiento acorde a mi problema. Estuve con terapias y grupos casi dos años, hasta que aprendí a resolver mis vacios hablando y no comprando. Llevo 3 años sin declinar, mi vida cambió, aprendí a resolver los problemas de otra manera y también aprendí a hablar lo que me pasa»
«Siempre estaré agradecida a Fundación Manantiales y a todos sus profesionales».

El testimonio de Martín:

Fueron muchos años de drogas, estaba  cansado tanto psíquica como físicamente

«Comencé a drogarme alrededor de los 16, quizá 17, no puedo precisarlo, con marihuana. Utilizaba también cemento de contacto y anfetaminas. Empecé un poco por curiosidad, otro poco porque siempre me atrajo lo prohibido, lo que transgrede. Fue como un juego al principio. Era algo nuevo, original (así yo lo sentía) y me atraía. A partir de ahí comencé a frecuentar lugares de tipo alternativo, donde se hacía culto a una cultura subterránea que incluía músicos, pintores, poetas y ‘locos en general’. Pensaba, por aquellos años, morir a los 25 años y las drogas me parecían una excelente forma de aprovechar el tiempo que me quedaba.8g
Si Baudelaire se drogaba, si lo hacían Dalí, Buñuel, Artaud, Poe, Huxley, ¿por qué no yo? Defendía la marihuana, que siempre me pareció inocua y me parecía bien la legalización. Claro, la marihuana ‘permitía’ hacer una vida ‘más familiar’ en el sentido de que uno come, duerme y no crea tantos problemas. Después sí, tuve que vender para solventar mi consumo y más adelante acompañé varias veces a mi dealer a robar para solventar el consumo de cocaína. Ya entonces me empecé a sentir mal y traté varias veces de dejar.
Intenté con la acupuntura, la homeopatía, los psiquiatras. Conseguía dejar de inyectarme y de inhalar, pero mis planes no incluían dejar de fumar marihuana. Después reincidía. Al final, mi idea de que el suicidio era una salida válida para esta vida hizo que me vuelque casi definitivamente a la cocaína.
A los 18 años me fui a vivir solo, es decir, sin mis viejos, con varios chicos con los que formábamos un grupo de música. Ahí conocí a la morfina y la heroína, pero como no eran fáciles de encontrar no me enganché. En esa época tenía miles de conocidos y ya no sabía quiénes eran mis amigos. Me drogué durante 12 años, pero nunca dejé de trabajar. Postergué proyectos y estudios, pero siempre trabajé a pesar de mi resistencia a hacerlo. En los mejores momentos de mi vida, que fueron presenciar los partos de mis hijos, en esos precisos momentos no estaba bajo efectos de nada. El ‘festejo’ venía la noche posterior. Hoy me siento un estúpido de querer ‘festejar’ el nacimiento de una vida con resabios de muerte. En lugar de querer prolongar mi vida a partir de ahí la acortaba…
Hubo un intento grande para terminar con todo y fue irme a vivir a las sierras, a Córdoba. Arrastré a mi familia a un proyecto que al principio funcionó, pero recaí otra vez. La cuestión no era cambiar el entorno, primero había que cambiar lo interno. Llegué a pensar que la única forma de dejar las drogas era el suicidio. Lo intenté varias veces y por suerte fallé.
Hoy vislumbro otra cosa y a veces, no lo puedo creer. Fueron muchos años de drogas, estaba cansado tanto psíquica como físicamente. Ya nada me divertía ni alegraba. Hoy pude renovar mis ganas y tengo toda la energía para hacer algo para mí».







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