Hasta siempre, Marirene

El miércoles a la noche, Marirene se fue para siempre del Museo que con tanta justicia lleva su nombre.
Era su casa y siguió siéndola, aún luego de su entrega al pueblo salteño. Así lo sentía y así nos lo hacía sentir cuando nos hablaba de la necesidad de preservarla y no dejar que decayera.
Al retirarnos junto a ella, pensaba qué ejemplo el suyo que, luego de más de noventa años entre esos muros -desviviéndose por ellos y la riqueza artística que encierran- podía irse sabiendo que dejaba todo encaminado para que sigamos disfrutando de ese privilegio.
Supo Marirene, con gran intuición, hacer suya la frase de Santo Tomás de Aquino “genus humanum arte et ratione vivit” (el hombre vive una vida humana a través del arte y la razón), y el arte y la razón fueron dos constantes en su vida
No fue la suya una vida sólo llena de halagos.
Huérfana desde muy pequeña, era hija del Dr. Narciso Olarreaga Pelegrín, un médico que tuvo el coraje de ir, junto a la misión de la Cruz Roja y siendo aún practicante, a los campos ensangrentados de Masoller a socorrer a los heridos y mutilados de ambos bandos. Este padre le dejó el ejemplo de una breve existencia, culta, defensora de los derechos humanos y solidaria con el sufrimiento del prójimo, dejando en su profesión su propia vida..
Esa figura paterna fue reemplazada por el abuelo Olarreaga, que cada domingo cruzaba la calle Uruguay para visitarla como si su nieta fuera una persona adulta. Marirene comentaba que fue ese abuelo “el que me forjó”. Y en esas visitas le hablaba de la vida y sus obligaciones, diciéndole con firmeza que por la seguridad económica que recibiría y la posición destacada que ocuparía en su medio, tendría grandes responsabilidades a las que debía asumir con sentido de justicia y ecuanimidad.
Y así fue que en su vida supo conducirse guiada por una profunda fe religiosa –generosa y practicante- y los principios inculcados por aquel abuelo vasco, él mismo propulsor de importantes obras benéficas.
Formó un hogar muy feliz con Luis J. Armstrong, y ambos llevaron a esa casa austera, la alegría de esa unión en la que no tuvieron descendencia pero a la que la Providencia llevó hijos y nietos del corazón.
Pocos quizás recuerden su apoyo a la creación de la Coral Salteña en la década de los ’50 y que en su casa ensayaron El Mesías de Haendel, dirigidos por el Maestro Eric Simon, y que fue Marirene la impulsora y presidente de la institución que luego promoviera temporadas musicales que, para muchos jóvenes de entonces, nos permitió disfrutar conciertos de música de cámara y recitales de grandes solistas internacionales (Witold Malcuzynski, Jörg Demus, etc) y nacionales (Luis Batlle Ibáñez, Fanny Ingold, Lyda Indart, etc.)
Pero fue en 1963, contrariando sus intereses económicos y ante la incomprensión de algunos dirigentes de una conocida institución local, que el matrimonio Armstrong-Olarreaga donó su residencia a la Intendencia, para sede del Museo de Bellas Artes.Y dado el valor artístico de su decoración interior solicitaron que el Museo pasara también a denominarse “Museo de Bellas Artes y Artes Decorativas.
Luego el edificio fue declarado Patrimonio Histórico Nacional y en 2003 se dispuso que el Museo llevara el nombre de la donante.
Pero el interés y preocupación por todo el patrimonio que encierra el llamado Palacio Gallino, la llevó a promover la creación de una Comisión de Amigos del Museo cuando el paso del tiempo y la falta de obras de manutención despertaron su legítima preocupación. Y desde allí siguió promoviendo la restauración de los salones de la planta baja y parte de los vitrales.
Y en años más recientes fue partidaria de la creación de una asociación civil para seguir adelante y con mayor vigor el trabajo de los integrantes de la Comisión Directiva, de la que fue Presidente Honoraria.
En 2013, al cumplirse los cincuenta años de la donación, fue declarada Ciudadana Ilustre de su Salto natal,
Todo este itinerario de vida confirma que “el arte y la razón” se conjugaron en ella y ahora que hemos tenido de decirle “hasta siempre”, sólo nos resta pedir al Señor que la ha acoja en su Seno y la ilumine con su Luz Eterna.
Y que así sea.
Pelayo Díaz Muguerza







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