Historias de “madres de UCINSA”. Surgieron como grupo de apoyo a los funcionarios del CTI pediátrico que cerró y cuentan cómo es tener a sus hijos allí

-“Mire que van a ir unos días a cuidados intensivos para engorde”, le dijeron los médicos a Alejandra al dar a luz a Juan Diego y Sara con tan solo 35 semanas de gestación el 25 de setiembre del año pasado.
“Yo no caía, recién al otro día me vino todo de golpe cuando los puede ver a los dos y cada uno estaba en una encubadora”, comentó Alejandra Fagúndez, una de las madres que el pasado 24 de abril se sumó a la movilización espontánea organizada a través de la red social Facebook y que convocaba a las “madres de UCINSA” a manifestarse “en contra” del cierre del CTI pediátrico ubicado en el Sanatorio Panamericano.
“En UCINSA nunca vi una cara que me hiciera sentir temor por lo que estaba pasando. Cuando llegué, mi hija tenía una gorra de croché que no se de quién era ni quién se la puso, pero ella estaba súper cuidada y contenida. Cuando me lo pusieron en mis brazos yo no podía creer lo que pasaba, tenía temor de sacarlos de esa cajita de vidrio, de agarrarlos, eran muy chiquitos; pero desde los funcionarios a los médicos, todos me daban mucha confianza y mucha fuerza”, relató la mamá.
Juan Diego y Sara nacieron con 2 kg de peso cada uno y no podían alimentarse por sí solos porque no tenían completamente desarrollada la vía oral y no podían succionar, por eso se los trasladó a UCINSA, donde se los alimentaba a través de sonda.
“Si los dejaban conmigo iban a descender de peso y ahí (en UCINSA), empezaron a alimenarlos con sondas de 5 centímetros cúbicos, de leche materna que yo me ordeñaba y cada tres horas los alimentaban. A los 5 días me permitieron ponerlos en el pecho, más como un estímulo y por el apego porque todavía no podían alimentarse solos”, agregó Alejandra, quien con 29 años de edad debió enfrentar la realidad de tener 2 hijos prematuros en su primer embarazo.
“Yo estuve internada 5 días en el mismo sanatorio y ahí era más fácil, los restantes 6 días estuve en mi casa y tenía que ir y venir cada 3 horas porque eran los controles, les dábamos de comer, los bañábamos y cambiábamos, les tomábamos la temperatura y se chequeaba todo en media hora. No podíamos extendernos más que eso. Yo, dentro de todo estuve bastante bien, porque estuve internada en el mismo sanatorio y solo por 11 días y además vivo a 5 cuadras, pero sé que hay madres que han estado hasta 3 meses con sus hijos ahí adentro y algunas viven lejos o no son de acá”, comentó.
“Lo que te puedo contar es que uno como madre se va desmoronando de a poquito, querés venir, estar con ellos, te dan de alta a vos pero tus hijos siguen allá y cuando llegás a tu casa y no los tenés es horrible. Pero yo tenía las puertas abiertas siempre que quisiera venir (a UCINSA). Un día eran las 11 de la noche y no podía más y me vine a verlos. A veces no podías pasar porque recién había ingresado algún niño, pero los sentías más cerca. Si no hubiese sido por esos 11 días que mis hijos estuvieron internados en UCINSA yo no sé que habría sido de ellos. Nosotros aprendimos a ser padres ahí adentro, es como la primer casa de ellos y eso lo valoramos muchísimo”, dijo Alejandra, quien indicó que ahora sus niños gozan de buena salud y tienen ya 7 meses de vida.
LA HISTORIA DE MARTINA Y MARILINA
Martina nació con 34 semanas (7 meses y medio) el 21 de agosto de 2013. En su última ecografía pesaba 1,900 kg, pero finalmente nació con 2,200 kg y fue derivada a UCINSA (Unidad de Cuidados Intensivos de Salto) durante 3 días. Su mamá, Marilina Alvez, hizo una preclancia severa y se internó de madrugda.
“La nena hoy la escuchamos y mañana no sabemos, no se puede esperar”, fueron las palabras del médico que determinó la cesárea de inmediato.
Marilina no pudo ver a su hija luego del parto y solo pensaba en estar cerca de ella, así que buscó la forma de trasladarse del Sanatorio Salto (donde le habían realizado la cesárea) al Panamericano (donde se encontraba su hija en UCINSA), y como no habían más habitaciones libres, decidió alquilar una, “había que pagar, pero a mí no me importaba nada, yo solo quería estar con mi hija”, recordó Marilina.
“No se daban las condiciones a como me había imaginado que tendría a mi primer hijo. Me acuerdo que yo con la palma de mi mano cubría toda la espaldita de Martina, tenía hasta miedo de agarrarla. Si hay algo que no me voy a olvidar nunca son los ruidos del CTI, controlar cada latido, que cada aparato suene normal y cuando escuchaba algo raro ya me ponía en alerta por temor a que pase algo. Todo es increíble. Cada gramo que subía mi hija era una bendición, valorás cada instante, todo el ideal previo al embarazo pasa a un segundo plano, desde la preparación para el parto, la ropita que le vas a poner los primeros días, todo ¡yo hasta la partera tenía contratada!, todo eso se derrumba y lo único que importa es que avance y esté mejor cada día”, recordó con gran sentimiento Marilina.
UN COMPROMISO CON UCINSA
“Después está todo lo que compartís ahí adentro de UCINSA, no solo con los funcionarios, sino también con otras mamás. A mi me pasó que compartí mucho con una mamá que tuvo a su hijo tres meses ahí adentro y vivía en el barrio Artigas, iba y venía en ómnibus cada tres horas todos los días. Me acuerdo que nos fuimos de alta el mismo día y yo vi lo que pasó esa madre y era todo un sacrificio”, agregó.
“Yo no sé como hacen esos funcionarios para lidiar con la vida y la muerte ahí adentro, porque sé que hay chiquitos que no logran sobrevivir. Durante el tiempo que yo estuve vi venir a muchos chicos derivados de salud pública porque CERENAP estaba completo y venían hasta niños de otros departamentos. Habían niños prematuros pero también muchos otros más grandecitos con bronqueolitis porque era invierno y las camas estaban siempre repletas. Que se haya cerrado ese lugar a mi me preocupa muchísimo, porque me pongo a pensar en otras madres que les pueda pasar lo mismo o incluso a mí, con otro embarazo o con Martina mismo”, expresó Marilina.
“Ahí nos empezamos a juntar con otras madres y a movilizarnos porque no puede pasar que este lugar se cierre y nadie haga nada por mantenerlo. Sentimos que era un compromiso de nosotras, la idea en un principio fue venir a abrazar a los funcionarios y decirles -¡así como ustesdes estuvieron con nosotros en un momento tan difícil, ahora nosotros venimos a darles nuestro apoyo! Pasar por la puerta de UCINSA es otra cosa para nosotros. A mí, no me es indiferente esa puerta, con el nombre que tenga que llevar, eso no me importa”, concluyó la mamá de Martina.