La carrera por la novia.

cartapacio_logoPara casarse con la muchacha, Pélope tenía que ganar la carrera de caballos. Los pretendientes anteriores habían rodado por la arena sin llegar a la meta y luego sus cabezas aparecieron clavadas en estacas, a la entrada de la ciudad.
El rey Enómao ya había establecido que quien quisiera la mano de su bella hija Hipodamía, primero debía batirse con él en la pista teniendo en cuenta que el perdedor moriría en manos del oponente. Con esa condición y el agregado de las calaveras en las estacas, logró mantener lejos a los pretendientes. Quizás Enómao quería conservar a su lado a la hija porque temía que se cumpliera la profecía que le anunciaba la muerte en manos del futuro yerno. Era rey de Pisa, una ciudad vecina a Olimpia.  
Como toda la aristocracia de su tiempo, amaba a los caballos y gustaba verlos competir en carreras. Tenía dos yeguas hijas del viento, Psila y Harpina, que eran conducidas por su auriga de confianza llamado Mírtilo.
Pélope, por su parte, venía de las montañas de Asia. Apenas conoció a Hipodamía se enamoró y ya no pudo renunciar a ella. Con miedo aceptó el desafío de la carrera. Pidió a los dioses que los ayudaran y, seguramente ignorando el proverbio que dice que en el amor y en la guerra todo está permitido, intentó sobornar a Mírtilo para asegurarse la victoria. A cambio de su ayuda, le ofreció caballos, oro, armas, poder, mujeres. Las propuestas no terminaron de seducir al auriga pues, por sobre todo, deseaba a una mujer en especial. Pélope intuyó de quién se trataba sin que el otro lo dijera y le prometió una noche con Hipodamía si lo ayudaba a  vencer al rey en la carrera. De esta forma logró el apoyo de Mírtilo.
La carrera entre Pélope y Anómao quedó registrada en la Historia como una de las primeras con sentido competitivo y hay quienes afirman que a partir de ella nacieron los Juegos Olímpicos. Anteriormente, las carreras de caballos eran uno de los entretenimientos habituales, aunque mantenían el carácter religioso y se celebraban con ocasión de honras fúnebres o en las grandes fiestas de los santuarios.  
Dibujos en vasijas, frisos, ánforas de aquella época nos permiten observar hoy el diseño de los carros, la ubicación del auriga, la forma de uncir los caballos.
La historia no recoge quién preparó el carro de Pélope, sabemos en cambio que al de Anómao lo preparó Mírtilo.  Valiéndose de ello, el auriga cambió las pezoneras de bronce, que sujetaban las ruedas al eje, por otras falsas elaboradas con cera de abejas. Esperaba que la fricción las derritiera y las ruedas escaparan del eje.
Los pocos datos que existen del desarrollo de la carrera permiten suponer que  fue pareja, intrincada, cargada de tensión. Para distraer la atención del pretendiente, Anómao dispuso que Pélope llevara a  Hipodamía en el carro. Él, en tanto, iría con  su experto auriga Mírtilo.
Las reglas establecían que el pretendiente largaba primero. Si el rey lo alcanzaba,  sumaba una nueva cabeza a las estacas.
Corrieron varios kilómetros manteniendo la distancia.  Cerca de la meta, Anómao comenzó a ganar terreno. Las patas de sus yeguas le acercaban la víctima y ya tenía a la vista la espalda de Pélope. Cuando preparaba la lanza para atravesarlo, las ruedas se soltaron y los caballos arrastraron el carro provocando la muerte de Anómao. El auriga se salvó.
Con el triunfo Pélope se hizo rey y mantuvo a Mírtilio a su lado. Los dos hombres y la bella Hipodamía vivieron en armonía hasta que Mírtilo intentó cobrarse por la fuerza la deuda. Hipodamía relató el suceso a su marido quien aprovecho una excursión en barco para empujar a Mírtilo a las profundidades del agua.
Si bien estos episodios son contados y ampliados por la mitología,  Pausanias, un cronista del siglo II antes de Cristo, afirma en su libro Descripción de Grecia haber estado ante la tumba de los pretendientes de Hipodamía. Los perdedores de las carreras de caballos reposaban juntos y el triunfante Pélope no los olvidaba. Cada año hacía sacrificios en la tumba celebrándolos como a héroes.







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