La historia de los Mundiales

Brasil 1950: Maracaná fue testigo de una hazaña cimentada por uruguayos

“Fue una casualidad. Jugamos noventa y nueve veces más y perdemos todos los partidos”, confesaría Obdulio Varela, años después de ser partícipe de la victoria más hazañosa de la historia de los Mundiales. Uruguay derrotó 2-1 a Brasil en la final del Mundial 1950, y ese triunfo fue inmortalizado bajo el nombre de “Maracanazo”.

Uruguay ganó el Mundial de 1950 derrotando 2-1 a Brasil en un memorable partido decisivo que se definió a favor celeste gracias a los goles de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia.
Otro de los héroes de la jornada fue el capitán charrúa Obdulio Jacinto Varela. El “Negro Jefe”, como le llamaban sus compañeros, era un “centre-half” (mediocampista) que impuso su personalidad de hierro sobre los dueños de casa en el recién inaugurado y gigantesco estadio Maracaná de Río de Janeiro.
A Brasil le bastaba un empate para quedarse con la copa Jules Rimet, y su delantero Friaca convirtió el 1-0 apenas comenzó el segundo tiempo, en aparentemente posición adelantada, para hacer la victoria uruguaya más hazañosa.
Fue entonces cuando Obdulio sorprendió a todos tomando la pelota y colocándosela bajo su brazo para ir a discutir con el árbitro. “¿La verdad? Yo había visto al línea levantando la bandera. Claro, el hombre la bajó enseguida, no fuera que lo mataran”, contó Obdulio en una entrevista que le realizaron en la década del 90.
“Me insultaba el estadio entero, pero no tuve temor… Si me banqué verdaderas luchas de matar o morir en canchas sin alambrado, ¿me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías? No era un loco: sabía lo que estaba haciendo”, agregó.
Cuando terminó su parlamento, tal vez el más prolongado de la vida del lacónico Obdulio, el “Negro Jefe” devolvió el balón a la cancha y dijo a sus compañeros en tono que no admitía réplica: “Bueno, se acabó, ahora vamos a ganarles a estos “japoneses”, término que utilizaba con frecuencia para referirse a cualquier extranjero.
VICTORIA CASUAL
“Fue una casualidad. Jugamos noventa y nueve veces más y perdemos todos los partidos. El fútbol tiene eso, a veces juegan imponderables, imprevistos, cosas que están más allá de toda razón, de toda lógica”, reconoció el capitán de la selección uruguaya de 1950, que reveló los problemas que enfrentó el grupo antes de viajar a Brasil.
“Estuvimos a punto de no ir al Mundial. Había un gran desconcierto. La mayoría creía que estábamos “fritos”, que no teníamos posibilidades. Pensándolo bien, ni siquiera estoy seguro de que aquel fuera el mejor plantel que se podía armar entonces”.
Obdulio Varela se caracterizaba por hablar mucho dentro del campo de juego, ordenar y alentar a sus compañeros, y aunque no era de meterse en líos, intimidaba a los rivales. “Por eso a los muchachos les hablé bastante en el vestuario (antes de la final). Y después, ya en el túnel, les dije: “Salgan tranquilos, no miren para arriba. Nunca miren a la tribuna. El partido se juega abajo, en la cancha”.
LA VICTORIA
DE LA MENTE
“Pensando en todo aquello más me convenso en que fue un partido ganado con la mente, no con la habilidad. Los ahogamos de entrada, les hicimos sentir el rigor en el medio y atrás. Y cuando tuvimos la pelota explotamos la velocidad de Ghiggia por la derecha, las ‘moñas’ de Julio (Pérez), la habilidad de (Omar) Míguez arrastrando rivales, y la serenidad de Schiaffino… Y se fue dando como yo esperaba, un partido parejo”.
El resto de la historia es conocido. Los “charrúas” se hospedaban en el modesto hotel Paysandú de Río de Janeiro, y el “Negro Jefe” contó que después del partido “los muchachos salieron a divertirse en Copacabana”. Todos menos él: “Yo estaba triste con el sufrimiento de aquel pueblo y con esa derrota que no merecían. Me senté en un bar y me puse a tomar ‘caña’, esperando que no me reconocieran, porque creía que si eso sucedía me matarían. Pero me reconocieron enseguida y, para mi sorpresa, me felicitaron, me abrazaron y muchos de ellos se quedaron bebiendo conmigo hasta la madrugada”, contó Obdulio. Y concluyó: “Los brasileños son la gente más buena del mundo”.

Uruguay ganó el Mundial de 1950 derrotando 2-1 a Brasil en un memorable partido decisivo que se definió a favor celeste gracias a los goles de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia.

Otro de los héroes de la jornada fue el capitán charrúa Obdulio Jacinto Varela. El “Negro Jefe”, como le llamaban sus compañeros, era un “centre-half” (mediocampista) que impuso su personalidad de hierro sobre los dueños de casa en el recién inaugurado y gigantesco estadio Maracaná de Río de Janeiro.

A Brasil le bastaba un empate para quedarse con la copa Jules Rimet, y su delantero Friaca convirtió el 1-0 apenas comenzó el segundo tiempo, en aparentemente posición adelantada, para hacer la victoria uruguaya más hazañosa.

Fue entonces cuando Obdulio sorprendió a todos tomando la pelota y colocándosela bajo su brazo para ir a discutir con el árbitro. “¿La verdad? Yo había visto al línea levantando la bandera. Claro, el hombre la bajó enseguida, no fuera que lo mataran”, contó Obdulio en una entrevista que le realizaron en la década del 90.

“Me insultaba el estadio entero, pero no tuve temor… Si me banqué verdaderas luchas de matar o morir en canchas sin alambrado, ¿me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías? No era un loco: sabía lo que estaba haciendo”, agregó.

Cuando terminó su parlamento, tal vez el más prolongado de la vida del lacónico Obdulio, el “Negro Jefe” devolvió el balón a la cancha y dijo a sus compañeros en tono que no admitía réplica: “Bueno, se acabó, ahora vamos a ganarles a estos “japoneses”, término que utilizaba con frecuencia para referirse a cualquier extranjero.

VICTORIA CASUAL

“Fue una casualidad. Jugamos noventa y nueve veces más y perdemos todos los partidos. El fútbol tiene eso, a veces juegan imponderables, imprevistos, cosas que están más allá de toda razón, de toda lógica”, reconoció el capitán de la selección uruguaya de 1950, que reveló los problemas que enfrentó el grupo antes de viajar a Brasil.

“Estuvimos a punto de no ir al Mundial. Había un gran desconcierto. La mayoría creía que estábamos “fritos”, que no teníamos posibilidades. Pensándolo bien, ni siquiera estoy seguro de que aquel fuera el mejor plantel que se podía armar entonces”.

Obdulio Varela se caracterizaba por hablar mucho dentro del campo de juego, ordenar y alentar a sus compañeros, y aunque no era de meterse en líos, intimidaba a los rivales. “Por eso a los muchachos les hablé bastante en el vestuario (antes de la final). Y después, ya en el túnel, les dije: “Salgan tranquilos, no miren para arriba. Nunca miren a la tribuna. El partido se juega abajo, en la cancha”.

LA VICTORIA DE LA MENTE

“Pensando en todo aquello más me convenso en que fue un partido ganado con la mente, no con la habilidad. Los ahogamos de entrada, les hicimos sentir el rigor en el medio y atrás. Y cuando tuvimos la pelota explotamos la velocidad de Ghiggia por la derecha, las ‘moñas’ de Julio (Pérez), la habilidad de (Omar) Míguez arrastrando rivales, y la serenidad de Schiaffino… Y se fue dando como yo esperaba, un partido parejo”.

El resto de la historia es conocido. Los “charrúas” se hospedaban en el modesto hotel Paysandú de Río de Janeiro, y el “Negro Jefe” contó que después del partido “los muchachos salieron a divertirse en Copacabana”. Todos menos él: “Yo estaba triste con el sufrimiento de aquel pueblo y con esa derrota que no merecían. Me senté en un bar y me puse a tomar ‘caña’, esperando que no me reconocieran, porque creía que si eso sucedía me matarían. Pero me reconocieron enseguida y, para mi sorpresa, me felicitaron, me abrazaron y muchos de ellos se quedaron bebiendo conmigo hasta la madrugada”, contó Obdulio. Y concluyó: “Los brasileños son la gente más buena del mundo”.







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