La Ley de abajo

Mientras conversaba con Milena, me dijo así de repente; – ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? – y no pude evitar volver el tiempo atrás y varias imágenes se adueñaron de mi mente. Dos cuadras era la distancia entre la Plaza de Deportes y mi casa. Dos cuadras eternas, interminables, que recorrí en un tiempo record en aquella oportunidad.

Si lo hubiesen cronometrado seguramente hoy estaría registrado en el libro Guinness. Fue una carrera desesperada, no lo puedo negar, sentía que mis piernas cortas no daban más y como mis pies descalzos se aferraban en el pasto.
La plaza de deportes era nuestro lugar preferido, donde pasábamos jugando muchas horas, aunque debíamos soportar al profesor Pedroso indicándonos de que forma teníamos que pegarle a la pelota y otras recomendaciones, que hoy me doy cuenta de su importancia y cuánta razón tenía. En la escuela yo sufría y aguantaba callado, no sé si alguien se dio cuenta de lo que yo venía soportando. No pasaba más que por despeinarme o pegarme patadas en el trasero, desatarme la moña, arrebatarme las bolitas o insultos. Pero todo el tiempo era acosado por Telmo Zárate, principalmente en el recreo. Telmo era un rubio de sexto de pelo enrulado, que no me podía ver. ¿Vaya uno a saber por qué? Tenía como fascinación por maltratarme, se podía decir que disfrutaba molestándome.
En un momento, seguramente se dio cuenta de la diferencia de edad, entonces decidió delegar su agresión, quien sabe con qué promesa, convenció a Victorio Pretine para que lo hiciera. Victorio era un chico más o menos de mi edad y morocho igual que yo pero más grande de tamaño.
El rubio siempre estaba presente y atento para disfrutar de lo que él me hiciera.
Una fila interminable de bolitas era codiciada por cinco participantes, en aquella jugada a la salida de clase, yo tenía buena puntería y tuve la suerte de que los otros chicos fallaran.
Cuando llegó mi turno, el tiro fue perfecto, la totalidad de las bolitas se desparramaron en distintas direcciones, lejos de la línea de orden, fue cuando las manos dañinas de Victorio se aprovecharon de la situación. Lógicamente el juego se terminó y yo me fui llorisqueando, aguantando la rabia, sin hacer comentarios.
Era mal visto contar una pérdida así en casa, en aquel tiempo. – ¡Jodéte!- te decían o te rezongaban para que te avivaras.
Los malos tratos se repetían casi todos los días, Telmo apenas me veía en el recreo, y ya mandaba a Victorio a empujarme o a invitarme a pelear, diciéndoles a todos “que me podía” y amenazando con pegarme.
Me empujaba y yo me alejaba, de alguna manera zafaba o estaba protegido cuando alguna maestra andaba cerca. Una tarde, a la salida de clase, el juego se hizo de figuritas, allí cada montoncito estaba apretado con una piedrita, esperando ser llevadas por quien tuviera mejor puntería.
Cuando lancé el tejo pasó rasante eliminando cada piedra, pero el movimiento de él fue sorpresivo y se llevó todas las figuritas que yo había ganado.
Se las reclamé enseguida, pero fue en vano, porque inmediatamente se las pasaba a Telmo y éste era como una piedra, sonreía satisfecho. Finalizaban las clases, regresábamos contentos charlando cada uno a su casa, haciendo preparativos para las vacaciones. De repente lo vi a Victorio adelantarse, me cerró el paso y comenzó a empujarme, quería verme llorar y cada vez fue con más agresividad y violencia.
– “yo te puedo”- me decía insistentemente y me empujaba.
Yo no quería pelear, en tanto el rubio festejaba a lo lejos y le ordenaba que me pegara.
Y así me llevó por más de una cuadra.
Cuando pude adelantarme pasé el alambrado de la plaza y él detrás de mí. Fue algo sorpresivo y sin pensarlo, así de repente, lo vi tan al alcance de la mano, agachado pasando el alambrado, desprotegido y aproveché, fue un solo golpe pero certero, el clásico “ garrón”. Al verlo tendido en el suelo y sangrando su boca, Telmo salió a la carrera enfurecido detrás de mí para vengarlo, pero yo ya le había sacado una distancia aceptable, que para mí era suficiente.
Fueron dos cuadras eternas, como les digo, las más largas de mi vida, lo sentía a cada paso alcanzándome y cuando lo tuve muy cerca a punto de agarrarme, le grité a mi hermano mayor que estaba afuera de casa y todo volvió a la calma, por suerte.
Al año siguiente fue todo distinto, fue una gran enseñanza para todos; Victorio aprendió a respetar a los demás, porque nunca más me molestó, tampoco Telmo que a la hora del recreo, me miraba molesto pero de lejos, cuando yo conversaba con su hermana Milena.

Alcides Flores







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