Los últimos instantes de vida de Artigas en el Paraguay relatados por el Obispo de Asunción

Testigos de los tiempos: ¡Tráiganme mi caballo!

José Artigas (1764-1850)

José Gervasio Artigas, hijo de Martín José Artigas, capitán de milicias y miembro del cabildo de Montevideo, y de francisca Antonia Pascual Rodríguez. José fue el tercer hijo de seis hermanos, nació en Montevideo el 19 de junio de 1764. Su abuela materna era descendiente de una princesa inca, sus abuelos paternos, naturales de España, fueron de los primeros pobladores de Montevideo. José creció en una familia católica activamente integrada a la obra franciscana; se educó en el convento de San Bernardino de Montevideo, de los frailes franciscanos. Debido a esa educación cristiana explica su trato respetuoso para con los indios y los negros, considerados por los demás líderes y caudillos de la época como seres inferiores. “Los más infelices serán lo más privilegiados”, establece en el artículo sexto de su reglamento de 1815 y promueve el reparto de tierras empezando por los más pobres: a los negros libres, a los zambos, a los indios, a los criollos pobres. Artigas invocaba el nombre de Dios y de la Virgen del Carmen a los que levantó templos y altares. En 1816 fundó la ciudad de Carmelo, colocándola bajo la tutela de la Virgen del Carmen, cuya imagen él mismo dejó en la primitiva capilla. Se preocupó del culto, de la conversión de los indios, mantuvo una estrecha relación con el clero de su época. El primero en quien confió la educación popular fue el sacerdote Benito Lamas; y el primero que promovió la Biblioteca Nacional fue otro cura, Dámaso Antonio Larrañaga. De los  últimos  30 años de la vida de Artigas  en Paraguay se sabe que vivió pobremente y lo poco que tenía lo compartía ocn los más necesitados; era llamado “padre de los pobres”.

Según dos naturistas suizos que viajaron a Asunción (Longchamp y Rengger): Artigas “cultivó él mismo su campo y fue el padre de los pobres de Curuguaty, entre los que distribuía la mayor parte de sus cosechas y todo su sueldo, prodigando a los enfermos cuantos auxilios estaban a su alcance”.

Iba a misa todos los domingos, rezaba diariamente el rosario, daba catequesis a los niños, leía la Biblia y poseía un libro de espiritualidad cristiana que le ayudaba en sus oraciones. Poco antes de morir quiso levantarse de su lecho para recibir a Jesucristo en la comunión diciendo “Quiero levantarme para recibir a su Majestad”. El ideario social de Artigas era de inspiración cristiana y se manifiesta en muchos de sus gestos, tal como aquel de hidalguía con el jefe vencido en Las Piedras o en la clemencia con sus enemigos prisioneros o en los contenidos de las Instrucciones del año XIII cuyos portadores por el país fueron Larrañaga y otros “curas de la patria” (Fernández, Figueredo, Barreiro…). Su amistad con los franciscanos, “amigos de los matreros”, empezando por su secretario Monterroso que lo acompañaba en todas partes, influyeron sobre sus ideales de justicia e igualdad social. El  historiador Pedro Gaudiano, en su libro “Artigas católico” recuerda esta faceta del Prócer, que ha sido olvidada en la producción bibliográfica, y en la enseñanza.

LA MUERTE DE ARTIGAS EN SU EXILIO EN PARAGUAY

“La señorita Asunción García me ha referido, algunos años antes de morir, lo siguiente: Cuando la enfermedad de Artigas se agravó, manifestó deseos de recibir los últimos sacramentos. Entonces la señora doña Juana Carrillo, esposa de Carlos Antonio López, mandó llamar a un miembro de la familia de la citada Asunción García (familia tan distinguida, por cierto como piadosa), y le encargó el Santo Viático. Cumplida la orden, el párroco de la Recoleta, Pbro. Cornelio Contreras, llevó al general Su Divina Majestad. En los momentos que el sacerdote iba a administrarle el Santo Viático, Artigas quiso levantarse. La encargada del aderezo del altar le dijo que su estado de debilidad le permitía recibir la comunión en la cama, a la que el general respondió: Quiero levantarme, para recibir a su Majestad. Y ayudado por los presentes se levantó y recibió la comunión, quedando los muchos circunstantes edificados de la piedad de aquel grande hombre. (…) El general, como ella (doña García) decía, después de recibir el viático, había quedado tendido en su pequeño catre de tijera y lonjas de cuero; en la semioscuridad se distinguía el crucifijo colgado en la pared sobre la cabeza blanca. Poco después el general en un último esfuerzo se había incorporado y abriendo desmesuradamente sus ojos gritó: ¡Tráiganme mi caballo!, vuelto a caer en la cama cerró sus ojos y murió”.

Testimonio de Mons. Bogarín, obispo de Asunción.

Revista “Umbrales” (de la actualidad religiosa latinoamericana).







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