María Jesús Albín Rodríguez, una sonrisa indeleble

Con María Jesús Albín Rodríguez cursamos juntos el Consultorio Jurídico de la Facultad de Derecho, la práctica de la carrera de abogacía, allá por el año 2009. Era una muy buena compañera, una persona macanuda, dispuesta, sencilla y afable. Siempre estaba sonriente, se la notaba feliz con sus estudios, los que había podido retomar después de haber vivido algunos tragos amargos, esos que la vida te los pone delante de manera inesperada.
Ayudada siempre por su madre, Perla, que hasta llegó a trabajar de taxista con todo lo que eso implicaba en un mundo de hombres y sobre todo revolviéndose en el ambiente nocturno para cumplir su tarea con responsabilidad y seriedad al igual que cualquiera, con el fin de ganarse un sustento y ayudar a su hija, a que saliera adelante. Y María Jesús cumplió, y salió adelante, y dio lo mejor de sí, por ella y por sus hijos, los que Perla cuidó con hildaguía y alegría, obteniendo el título de abuela con honores y acompañando el de su hija, que además de ser buena mujer, buena persona, buena abogada y jueza, fue una muy buena madre.
Pero la vida da esos golpes inexplicables, como el del cáncer, una enfermedad de mierda que es capaz de arrebatarte la vida en segundos y dejar a muchos con el dolor de perder a sus seres queridos muy repentinamente.
A sus 42 años de edad, María Jesús estaba trabajando en Canelones, como jueza de Paz de Ciudad, había empezado su carrera en paso Cementerio y cuando la vi salir de un juzgado, con esa sonrisa singular que la caracterizaba, no tuve otra que felicitarla y quedar muy contento por ese esfuerzo desmedido que había dado para salir adelante en la vida y eso nos enorgulleció a quienes le conocimos.
Para ella el mejor de los recuerdos, como una huella indeleble. Para su madre y sus hijas toda nuestra mejor energía y solidaridad en estos momentos duros. Hasta siempre María Jesús.
Hugo Lemos