Misión San Francisco Javier – Testimonio de dos estudiantes de la Universidad Católica

La Misión San Francisco Javier es una actividad  organizada por la Red Juvenil Ignaciana que reúne jóvenes católicos de Uruguay, Argentina y Chile. Recibiendo también  jóvenes de  Venezuela y Estados Unidos.
La Misión San Francisco Javier funciona en ciclo de tres años consecutivos en una misma diócesis. El primer ciclo se desarrolló  en Florida durante los años 2005-2007, luego desde 2008 al 2010 en Tacuarembó- Rivera, durante los años  2011 al 2013 en varias localidades de la diócesis de Salto y finalmente  hace unas semanas culminó la segunda Misión del ciclo Mercedes 2014-2016.
FLORENCIA GARCÍA
Cuando me piden que cuente que se siente participar de la Misión San Francisco Javier lo primero que digo es ¨No se puede describir en palabras. Quizá escuches mil anécdotas, podrás ver fotos y videos pero el sentimiento que te genera únicamente podrás conocerlo cuando lo vivas tú mismo¨.
Sé que la propuesta puede sonar poco tentadora al principio. ¨Sacrificar una semana en pleno febrero cuando todos mis amigos se van a vacacionar?¨, ¨ ir a un pueblo que ni conozco con jóvenes que tampoco sé quiénes son?¨, o, ¨¿ir por las casas visitando a los vecinos?, qué les voy a decir?¨. Esas y tantas otras preguntas surgen  cuando te cuentan de qué se trata. Es fácil buscar excusas para librarte de la invitación pero, sin duda, si decidís participar no sólo no te arrepentirás sino que vas a esperar ansioso a que pase el año para volver.
La experiencia de Misión consiste en reunir principalmente universitarios cristianos  que son enviados en grupos por el Obispo de la diócesis a diferentes localidades de la zona. Durante esa semana los misioneros conviven, comparten ratos de oración personal, se intercambian testimonios de vida, se comparten ratos de charlas, anécdotas, cantos, risas. También se visitan casas de vecinos procurando acercarse a la realidad que allí se vive,  se desarrollan actividades a la tarde con propuestas para personas de todas las edades, y se culmina la jornada con la eucaristía diaria.
Pero no sólo eso es misionar. Ser misionero es ser enviado, en este caso por la Iglesia Católica, con el fin de acercar la Iglesia a las personas compartiendo la alegría que a nosotros los jóvenes nos genera la Fe. Esta Fe nos mueve a querer compartir lo que sentimos con los demás, los más necesitados, no sólo en el aspecto material sino también en lo espiritual. Pero la realidad es que a nivel personal para quienes hemos misionado  ésta experiencia no es únicamente  un tiempo en el cual das lo mejor de vos para brindarlo al prójimo sin importar quién sea. También es una semana donde logras superar tus propios límites, te sorprendes descubriendo todo lo que podés dar de vos, desarrollás la tolerancia, la solidaridad, el respeto, la compasión, la empatía de vivir en la realidad que otros viven, entre muchos otros valores que la cotidianidad a veces nos hace dejar de lado.
Visitar las casas es todo un desafío ya que no sabés cómo podrán reaccionar los vecinos. Cuando comienza el ciclo, el primer año que el grupo va a ese pueblo o barrio, la tarea no es sencilla ya que tenés que conquistar a las personas superando el prejuicio que generalmente se tiene hacia este tipo de actividades. A pesar del cansancio de dormir escasas horas diarias (muchas veces apenas con un sobre de dormir en el piso de una capilla) a medida de que pasa la semana cada día se vuelve más gratificante al ver como la gente sin conocerte abre las puertas de sus casas, comparte con vos lo poco o mucho que tiene, te cuenta su historia de vida, te presenta a su familia y principalmente te brinda su amor genuino.
Las actividades en la tarde son unas de las instancias más lindas del día porque es cuando la comunidad se reúne y es un lugar donde todos podemos conocernos mutuamente y aprender del otro. Los adultos comparten experiencias, se hablan de problemas que se viven en la comunidad y ,siempre manteniendo la neutralidad, los misioneros intentamos conciliar las partes para que estos conflictos se puedan ver desde otra perspectiva  y así poder superar los conflictos.
¿Los talleres con los jóvenes? Eso sí que son todo un desafío. Es una edad donde la rebeldía y las diferentes preferencias hacen que los adolescentes sean más críticos y tengan una postura más a la defensiva. Pero cuando se logra generar el vínculo los talleres llegan a ser muy enriquecedores tanto para los misionados como para los misioneros.
Como misionera los talleres de niños han sido una de mis más lindas experiencias, jugar con ellos, recibir su amor, su alegría, su ingenuidad e inocencia, sorprenderte con lo que dicen y con las actitudes que tienen hacia ti, transformarte en su héroe y que te tomen como ejemplo es un sentimiento inexplicablemente hermoso.
Participar estos tres años en la Misión San Francisco Javier ha sido un gran cambio en mi vida, me ha enseñado cosas que en ningún otro ámbito  he aprendido. Conocer otras realidades socioeconómicas te permite ¨salir de la burbuja¨ que es tu entorno y ver las cosas desde otro punto de vista. Te permite valorar las pequeñas cosas que muchas veces tenemos a nuestro alrededor y no percibimos. He conocido grandes personas tanto en los lugares en los que he misionado así como amigos misioneros que me han enseñado muchoe viendo a Dios en todos los pequeños detalles y ver lo poderoso que es su amor. Espero poder seguir misionando algunos años más y los invito a todos quienes tengan ganas de vivir una nueva experiencia que escuchen el llamado a misionar. Se los aseguro, no se van a arrepentir.
SOFÍA SILVA
Cuando me enteré de la posibilidad de viajar a Mercedes con el objetivo de participar en la Misión San Francisco Javier, debo admitir que al principio no estaba muy segura. Uno de los motivos era que este iba a ser mi primer año que iba a misionar  y realmente no entendía muy bien de qué se trataba. Fue entonces cuando una compañera, que ya había participado desde hace muchos años, me explicó y me animó a realizar esta hermosa experiencia.
Al llegar a Mercedes, nos reunimos en Villa Mariana (un lugar retiro en las afueras de la ciudad) con todos los misioneros que habían viajado de distintos departamentos del Uruguay y de otros países como Argentina y Chile. Ese día pude ver y notar el entusiasmo de todos los jóvenes llenos de expectativas, dispuestos a dar todo de sí mismos y a transmitir un mensaje de fe y de alegría. Fue ahí cuando me di cuenta que iba a ser una semana inolvidable y decidí simplemente dejarme sorprender.
Al día siguiente, cada grupo de jóvenes misioneros viajó hacía el pueblo que le había sido designado. Yo formé parte del grupo que nos tocó misionar en la localidad de Palmitas, ubicada en el centro del departamento de Soriano.
Cuando llegamos a Palmitas, una de las primeras cosas que hicimos fue salir a recorrer llevando puestas nuestras remeras naranjas, que nos identificaban como misioneros. La idea era conocer sus calles, entrar poco a poco en contacto con la gente, que nos reconozcan, así como también conocernos entre nosotros. Desde ese primer día el cariño de los habitantes de la zona se empezó a sentir. Aprovechamos esa tarde también para quedarnos a jugar y socializar con niños y jóvenes en la plaza de Palmitas, lo cual nos hizo sentir un poco más en confianza con el pueblo, y con ansias de conocer, de escuchar y de saber más sobre su gente.
En los días siguientes, en los que salíamos a misionar casa por casa, se experimentaban una gran cantidad de sentimientos. El hecho de escuchar diferentes historias, ver como la gente confiaba en nosotros; personas que nos abrían las puertas de sus casas, que nos agradecían o nos pedían alguna oración especial o por alguien en particular, hasta aquellas otras a las que no les interesaba y nos lo decían amablemente, hacía que día a día tomáramos conciencia de que estábamos en el camino que Dios nos había guiado.
Sin duda una de las cosas que más me emocionó, fue el proceso que vivimos hasta llegar al último día, en donde la Capilla Inmaculada Concepción de Palmitas se llenó de gente de todas las edades, que se nos acercaba agradeciéndonos con mucha alegría.
No puedo dejar de destacar el grupo de personas con las que me tocó compartir esta experiencia. Se formó un gran equipo en donde todos ayudaban y contribuían al bien estar de todos y eso generó una gran sinergia. Esta experiencia, en lo personal superó por completo mis expectativas dejándome un importante aprendizaje, pero por sobre todas las cosas, me dejó con inmensas ganas de volver el próximo año.

La Misión San Francisco Javier es una actividad  organizada por la Red Juvenil Ignaciana que reúne jóvenes católicos de Uruguay, Argentina y Chile. Recibiendo también  jóvenes de  Venezuela y Estados Unidos.

La Misión San Francisco Javier funciona en ciclo de tres años consecutivos en una misma diócesis. El primer ciclo se desarrolló  en Florida durante los años 2005-2007, luego desde 2008 al 2010 en Tacuarembó- Rivera, durante los años  2011 al 2013 en varias localidades de la diócesis de Salto y finalmente  hace unas semanas culminó la segunda Misión del ciclo Mercedes 2014-2016.

FLORENCIA GARCÍA

Cuando me piden que cuente que se siente participar de la Misión San Francisco Javier lo primero que digo es ¨No se puede describir en palabras. Quizá escuches mil anécdotas, podrás ver fotos y videos pero el sentimiento que te genera únicamente podrás conocerlo cuando lo vivas tú mismo¨.

Sé que la propuesta puede sonar poco tentadora al principio. ¨Sacrificar una semana en pleno febrero cuando todos mis amigos se van a vacacionar?¨, ¨ ir a un pueblo que ni conozco con jóvenes que tampoco sé quiénes son?¨, o, ¨¿ir por las casas visitando a los vecinos?, qué les voy a decir?¨. Esas y tantas otras preguntas surgen  cuando te cuentan de qué se trata. Es fácil buscar excusas para librarte de la invitación pero, sin duda, si decidís participar no sólo no te arrepentirás sino que vas a esperar ansioso a que pase el año para volver.

La experiencia de Misión consiste en reunir principalmente universitarios cristianos  que son enviados en grupos por el Obispo de la diócesis a diferentes localidades de la zona. Durante esa semana los misioneros conviven, comparten ratos de oración personal, se intercambian testimonios de vida, se comparten ratos de charlas, anécdotas, cantos, risas. También se visitan casas de vecinos procurando acercarse a la realidad que allí se vive,  se desarrollan actividades a la tarde con propuestas para personas de todas las edades, y se culmina la jornada con la eucaristía diaria.

Pero no sólo eso es misionar. Ser misionero es ser enviado, en este caso por la Iglesia Católica, con el fin de acercar la Iglesia a las personas compartiendo la alegría que a nosotros los jóvenes nos genera la Fe. Esta Fe nos mueve a querer compartir lo que sentimos con los demás, los más necesitados, no sólo en el aspecto material sino también en lo espiritual. Pero la realidad es que a nivel personal para quienes hemos misionado  ésta experiencia no es únicamente  un tiempo en el cual das lo mejor de vos para brindarlo al prójimo sin importar quién sea. También es una semana donde logras superar tus propios límites, te sorprendes descubriendo todo lo que podés dar de vos, desarrollás la tolerancia, la solidaridad, el respeto, la compasión, la empatía de vivir en la realidad que otros viven, entre muchos otros valores que la cotidianidad a veces nos hace dejar de lado.

Visitar las casas es todo un desafío ya que no sabés cómo podrán reaccionar los vecinos. Cuando comienza el ciclo, el primer año que el grupo va a ese pueblo o barrio, la tarea no es sencilla ya que tenés que conquistar a las personas superando el prejuicio que generalmente se tiene hacia este tipo de actividades. A pesar del cansancio de dormir escasas horas diarias (muchas veces apenas con un sobre de dormir en el piso de una capilla) a medida de que pasa la semana cada día se vuelve más gratificante al ver como la gente sin conocerte abre las puertas de sus casas, comparte con vos lo poco o mucho que tiene, te cuenta su historia de vida, te presenta a su familia y principalmente te brinda su amor genuino.

Las actividades en la tarde son unas de las instancias más lindas del día porque es cuando la comunidad se reúne y es un lugar donde todos podemos conocernos mutuamente y aprender del otro. Los adultos comparten experiencias, se hablan de problemas que se viven en la comunidad y ,siempre manteniendo la neutralidad, los misioneros intentamos conciliar las partes para que estos conflictos se puedan ver desde otra perspectiva  y así poder superar los conflictos.

¿Los talleres con los jóvenes? Eso sí que son todo un desafío. Es una edad donde la rebeldía y las diferentes preferencias hacen que los adolescentes sean más críticos y tengan una postura más a la defensiva. Pero cuando se logra generar el vínculo los talleres llegan a ser muy enriquecedores tanto para los misionados como para los misioneros.

Como misionera los talleres de niños han sido una de mis más lindas experiencias, jugar con ellos, recibir su amor, su alegría, su ingenuidad e inocencia, sorprenderte con lo que dicen y con las actitudes que tienen hacia ti, transformarte en su héroe y que te tomen como ejemplo es un sentimiento inexplicablemente hermoso.

Participar estos tres años en la Misión San Francisco Javier ha sido un gran cambio en mi vida, me ha enseñado cosas que en ningún otro ámbito  he aprendido. Conocer otras realidades socioeconómicas te permite ¨salir de la burbuja¨ que es tu entorno y ver las cosas desde otro punto de vista. Te permite valorar las pequeñas cosas que muchas veces tenemos a nuestro alrededor y no percibimos. He conocido grandes personas tanto en los lugares en los que he misionado así como amigos misioneros que me han enseñado muchoe viendo a Dios en todos los pequeños detalles y ver lo poderoso que es su amor. Espero poder seguir misionando algunos años más y los invito a todos quienes tengan ganas de vivir una nueva experiencia que escuchen el llamado a misionar. Se los aseguro, no se van a arrepentir.

SOFÍA SILVA

Cuando me enteré de la posibilidad de viajar a Mercedes con el objetivo de participar en la Misión San Francisco Javier, debo admitir que al principio no estaba muy segura. Uno de los motivos era que este iba a ser mi primer año que iba a misionar  y realmente no entendía muy bien de qué se trataba. Fue entonces cuando una compañera, que ya había participado desde hace muchos años, me explicó y me animó a realizar esta hermosa experiencia.

Al llegar a Mercedes, nos reunimos en Villa Mariana (un lugar retiro en las afueras de la ciudad) con todos los misioneros que habían viajado de distintos departamentos del Uruguay y de otros países como Argentina y Chile. Ese día pude ver y notar el entusiasmo de todos los jóvenes llenos de expectativas, dispuestos a dar todo de sí mismos y a transmitir un mensaje de fe y de alegría. Fue ahí cuando me di cuenta que iba a ser una semana inolvidable y decidí simplemente dejarme sorprender.

Al día siguiente, cada grupo de jóvenes misioneros viajó hacía el pueblo que le había sido designado. Yo formé parte del grupo que nos tocó misionar en la localidad de Palmitas, ubicada en el centro del departamento de Soriano.

Cuando llegamos a Palmitas, una de las primeras cosas que hicimos fue salir a recorrer llevando puestas nuestras remeras naranjas, que nos identificaban como misioneros. La idea era conocer sus calles, entrar poco a poco en contacto con la gente, que nos reconozcan, así como también conocernos entre nosotros. Desde ese primer día el cariño de los habitantes de la zona se empezó a sentir. Aprovechamos esa tarde también para quedarnos a jugar y socializar con niños y jóvenes en la plaza de Palmitas, lo cual nos hizo sentir un poco más en confianza con el pueblo, y con ansias de conocer, de escuchar y de saber más sobre su gente.

En los días siguientes, en los que salíamos a misionar casa por casa, se experimentaban una gran cantidad de sentimientos. El hecho de escuchar diferentes historias, ver como la gente confiaba en nosotros; personas que nos abrían las puertas de sus casas, que nos agradecían o nos pedían alguna oración especial o por alguien en particular, hasta aquellas otras a las que no les interesaba y nos lo decían amablemente, hacía que día a día tomáramos conciencia de que estábamos en el camino que Dios nos había guiado.

Sin duda una de las cosas que más me emocionó, fue el proceso que vivimos hasta llegar al último día, en donde la Capilla Inmaculada Concepción de Palmitas se llenó de gente de todas las edades, que se nos acercaba agradeciéndonos con mucha alegría.

No puedo dejar de destacar el grupo de personas con las que me tocó compartir esta experiencia. Se formó un gran equipo en donde todos ayudaban y contribuían al bien estar de todos y eso generó una gran sinergia. Esta experiencia, en lo personal superó por completo mis expectativas dejándome un importante aprendizaje, pero por sobre todas las cosas, me dejó con inmensas ganas de volver el próximo año.