Monseñor Pablo Galimberti opinó sobre la designación de Sturla como cardenal

El anuncio del cardenalato del arzobispo de Montevideo Daniel Sturla es un regalo del papa Bergoglio a nuestra iglesia y a nuestro país.
Algunos uruguayos, ignorando que nuestro país contó con un primer cardenal, Antonio María Barbieri, se preguntaban si algún día le tocaría a Uruguay semejante designación.
Sin quitarle méritos a la joven y dialogante figura del arzobispo Sturla, que no elude invitaciones, dejando a un lado colores políticos o insignias sectoriales, es indudable que la cercanía del papa Francisco hacia nuestro país ha jugado un importante papel en esta designación.
La cordialidad con la que el papa Bergoglio dialogó con nuestro presidente tomó estado público. Mujica le obsequió un libro de Alberto Methol Ferré, también amigo personal del Papa.
Durante el año electoral algunos candidatos lograron también un acercamiento. Otros compatriotas, ubicados estratégicamente en la Plaza San Pedro con una bandera patria y el distintivo de termo y mate, arrancaron una sonrisa y bendición papal.
El flamante cardenal uruguayo, conjuga rasgos que lo capacitan para colaborar desde cerca y desde adentro en los debates y soluciones a los asuntos que preocupan a toda la iglesia católica.
Sturla posee un fino talante de educador. Desde sus años de formación religiosa absorbió el ideario y métodos educativos de uno de los más grandes educadores católicos contemporáneos, San Juan Bosco.
Los alumnos del Juan XXIII no lo olvidan. El lunes por la mañana en la puerta del  Juan XXIII saludaba a cada uno por su nombre, interesándose por alguna situación familiar. No cabe duda que sus aportes con perfil educativo serán muy valorados.
Otro carisma personal del arzobispo Sturla es una particular sensibilidad histórica. Se interesó de manera especial, durante sus estudios, en los pormenores históricos que rodearon la separación entre iglesia y estado sancionada en 1919.
La iglesia católica no aspira a una especial protección del estado, pero defiende con ahínco el legítimo derecho a “la libertad religiosa, civil y religiosa en toda su extensión imaginable”, conforme al ideario artiguista (Instrucciones Año XIII).
Su ingreso en el cuerpo cardenalicio con 55 años enriquecerá su experiencia pastoral y permitirá ofrecer su experiencia sobre el diálogo entre fe y sociedad laica madurado en nuestro país. Su universo mental, desde esta periferia, será su aporte.
Y desde el centro nos traerá la riqueza del patrimonio milenario de la fe católica.

El anuncio del cardenalato del arzobispo de Montevideo Daniel Sturla es un regalo del papa Bergoglio a nuestra iglesia y a nuestro país.

Algunos uruguayos, ignorando que nuestro país contó con un primer cardenal, Antonio María Barbieri, se preguntaban si algún día le tocaría a Uruguay semejante designación.

Sin quitarle méritos a la joven y dialogante figura del arzobispo Sturla, que no elude invitaciones, dejando a un lado colores políticos o insignias sectoriales, es indudable que la cercanía del papa Francisco hacia nuestro país ha jugado un importante papel en esta designación.

La cordialidad con la que el papa Bergoglio dialogó con nuestro presidente tomó estado público. Mujica le obsequió un libro de Alberto Methol Ferré, también amigo personal del Papa.

Durante el año electoral algunos candidatos lograron también un acercamiento. Otros compatriotas, ubicados estratégicamente en la Plaza San Pedro con una bandera patria y el distintivo de termo y mate, arrancaron una sonrisa y bendición papal.

El flamante cardenal uruguayo, conjuga rasgos que lo capacitan para colaborar desde cerca y desde adentro en los debates y soluciones a los asuntos que preocupan a toda la iglesia católica.

Sturla posee un fino talante de educador. Desde sus años de formación religiosa absorbió el ideario y métodos educativos de uno de los más grandes educadores católicos contemporáneos, San Juan Bosco.

Los alumnos del Juan XXIII no lo olvidan. El lunes por la mañana en la puerta del  Juan XXIII saludaba a cada uno por su nombre, interesándose por alguna situación familiar. No cabe duda que sus aportes con perfil educativo serán muy valorados.

Otro carisma personal del arzobispo Sturla es una particular sensibilidad histórica. Se interesó de manera especial, durante sus estudios, en los pormenores históricos que rodearon la separación entre iglesia y estado sancionada en 1919.

La iglesia católica no aspira a una especial protección del estado, pero defiende con ahínco el legítimo derecho a “la libertad religiosa, civil y religiosa en toda su extensión imaginable”, conforme al ideario artiguista (Instrucciones Año XIII).

Su ingreso en el cuerpo cardenalicio con 55 años enriquecerá su experiencia pastoral y permitirá ofrecer su experiencia sobre el diálogo entre fe y sociedad laica madurado en nuestro país. Su universo mental, desde esta periferia, será su aporte.

Y desde el centro nos traerá la riqueza del patrimonio milenario de la fe católica.