Nidia di Giorgio Médici publicó su último poemario

El poeta verdadero, más temprano o más tarde, llega a comprender que todos, absolutamente todos los elementos del mundo circundante, no hacen otra cosa que aguardar que les cante o, mejor, que los haga “florecer en el poema”, por aquello de que “el poeta es un pequeño dios”, como sentenció Huidobro. Nidia Di Giorgio Médici, esa salteña que hace varios años se fue a la capital pero que entre nosotros no necesita mayor presentación que la de poeta, hace resurgir ahora su creación bajo el título Aquella margarita que escribió mi nombre (Ed. del Mirador, Montevideo, 2012). Y lo hace con madurez, sabedora y convencida de lo que enseñó Huidobro, y ya con las manos –no sólo con las palabras – cercanas a la luna, a los pájaros, a los jardines y a las estrellas. Toca los elementos al tiempo que les canta.
En estos poemas, bien dotados de lirismo –más allá de que alguno tenga algo menguada su fuerza expresiva quizás debido a un exceso en la cantidad de versos – se impone un “yo” (la margarita lo eligió y escribió su nombre) que parece asumir la función irrenunciable de rescatar un mundo –¿el de la infancia salteña? ¿aquel compartido con Marosa?– antes de que termine con él esa otra forma de la muerte que es el olvido:
“Me elevo al cielo:
que no nos mate el olvido
que no quede dormida
sobre la eterna piedra”.
La naturaleza viaja desde sus diferentes moradas y llega a las manos, viene sola, como ofreciéndose suplicante viene, pidiendo ese rescate:
“del cielo que nos vuelca sus estrellas
que se enredan en los cabellos
y a las más pequeñas
logramos apresar entre las manos”.
La poesía de Nidia lucha contra “el tiempo que devoró los horizontes”. Nidia sabe que sólo la poesía puede:
“Desandar el tiempo
volver a la tierra
cálida a la época
de los naranjos
del surco abierto”.
Sabe que sólo la poesía puede recuperar a sus padres, y también a Nydia Arenas, y a los mágicos jardines de la infancia, aunque “ya no existe el magnolio” y “las flores del jardín/ secretamente duermen”. Y a Marosa, para que definitivamente “Nadie diga ¡no está!”, a pesar de que:
“Entre las violetas tu sombra pasa
mientras que por el aire
crece la ausencia”.

El poeta verdadero, más temprano o más tarde, llega a comprender que todos, absolutamente todos los elementos del mundo circundante, no hacen otra cosa que aguardar que les cante o, mejor, que los haga “florecer en el poema”, por aquello de que “el poeta es un pequeño dios”, como sentenció Huidobro. Nidia Di Giorgio Médici, esa salteña que hace varios años se fue a la capital pero que entre nosotros no necesita mayor presentación que la de poeta, hace resurgir ahora su creación bajo el título Aquella margarita que escribió mi nombre (Ed. del Mirador, Montevideo, 2012). Y lo hace con madurez, sabedora y convencida de lo que enseñó Huidobro, y ya con las manos –no sólo con las palabras – cercanas a la luna, a los pájaros, a los jardines y a las estrellas. Toca los elementos al tiempo que les canta.

En estos poemas, bien dotados de lirismo –más allá de que alguno tenga algo menguada su fuerza expresiva quizás debido a un exceso en la cantidad de versos – se impone un “yo” (la margarita lo eligió y escribió su nombre) que parece asumir la función irrenunciable de rescatar un mundo –¿el de la infancia salteña? ¿aquel compartido con Marosa?– antes de que termine con él esa otra forma de la muerte que es el olvido:

“Me elevo al cielo: que no nos mate el olvido que no quede dormida sobre la eterna piedra”.

La naturaleza viaja desde sus diferentes moradas y llega a las manos, viene sola, como ofreciéndose suplicante viene, pidiendo ese rescate:

“del cielo que nos vuelca sus estrellas que se enredan en los cabellos y a las más pequeñas logramos apresar entre las manos”.

La poesía de Nidia lucha contra “el tiempo que devoró los horizontes”. Nidia sabe que sólo la poesía puede:

“Desandar el tiempo volver a la tierra cálida a la época de los naranjos del surco abierto”.

Sabe que sólo la poesía puede recuperar a sus padres, y también a Nydia Arenas, y a los mágicos jardines de la infancia, aunque “ya no existe el magnolio” y “las flores del jardín/ secretamente duermen”. Y a Marosa, para que definitivamente “Nadie diga ¡no está!”, a pesar de que:

“Entre las violetas tu sombra pasa mientras que por el aire crece la ausencia”.