OMAR

En todos los ámbitos de la vida se puede imitar estilos, es verdad, pero también es verdad que hay estilos que apenas intentar imitarlos ya resulta difícil, o imposible. Así era el estilo de Omar Gutiérrez, muy difícil de imitar pero, curiosamente, por su sencillez. Era espontáneo, auténtico. Una vez lo escuché decir: “el que es natural, no se equivoca”. Y tal vez allí radicó la clave de su éxito: ser natural. Hay quienes no logran serlo siquiera entre cuatro paredes, menos aún, ante un micrófono y una cámara. Pero él lo logró. Tenía un don especial que hacía que cosas que en otros resultan de mal gusto, hasta ridículas (salir inesperadamente, estando al aire, a hablar con alguien que está atrás de cámaras o sacar un papelito del bolsillo para fijarse cómo seguía el programa, y tantas “desprolijidades” más), en él quedaban bien, eran aceptadas, justamente, como algo natural y resultaban siempre a favor de su carrera como periodista, comunicador y como ser humano. Falleció el pasado miércoles, a los setenta años.O.G.
Nunca pude verlo personalmente. Me quedó el deseo de haber cambiado aunque sea unas pocas palabras con él. Palabras en las que seguro le contaría que también yo pude hacer posible mi anhelo de trabajar como comunicador, o que nunca lo escuché en una radio (pese a su amplia trayectoria en ellas) y que sólo lo conocí mirando y disfrutando, durante muchísimo tiempo (grandísimo tiempo de mi infancia y adolescencia), “De igual a igual”, el programa que hacía diariamente en televisión, a la una del mediodía. Omar (de quien no precisa decir el apellido para que en el Uruguay se sepa de quién se habla) dejaba ver a través de la pantalla que era un hombre educado, solidario, humilde, simpático, chistoso (pero no grosero), muy risueño cuando podía y muy serio cuando correspondía serlo, pero sobre todo, mostraba que era un hombre bueno.
Uno de sus grandes triunfos en los medios de comunicación, a nuestro entender, es el de haber derribado dos fuertes barreras por mucho tiempo impuestas (o autoimpuestas en algunos casos). Una, la que separa el interior de la capital, porque Omar fue el maragato que se ganó un lugar de privilegio en medios capitalinos y desde allí cautivó con su calidez y carisma, a miles y miles de “vecinos y vecinas” (permanente vocativo suyo). La otra barrera, es la que separa la postura acartonada del que aparece en la pantalla para informar y entrevistar, y la sencillez de quien la mira en su casa, de jean y remera, tomando mate. A ese televidente se sintió siempre igual y le habló “de igual a igual”. Fue un hombre culto, fino, pero también muy directo y sencillo. Todo eso supo conjugar. Omar entrevistaba con el mismo respeto y calidad al que baila en una comparsa de Carnaval (otra de sus pasiones) y al Presidente de la República.
Uno de los mayores estudiosos de la cultura de nuestro país, el periodista y escritor Miguel Ángel Campodónico, no dudó en incluir su nombre en el “Diccionario de la Cultura uruguaya”, y conste que son pocos los periodistas que tuvieron ese honor. Por su generosidad para brindar espacios, se hicieron conocer y hasta llegaron a la fama muchísimos artistas (sobre todo grupos de música tropical), actores, conductores, que alcanzaron luego una gran trascendencia dentro y fuera del país. Eso para muchos será inolvidable. Lo mismo que su entrega desinteresada a los más necesitados: transmisiones de Teletón y todo evento solidario en el que pudiera estar.
No sé si todo el mundo lo quería. No sé si a todo al mundo le gustaba su forma de ser. Lo que sé es que todo el mundo lo respetaba. Por estos días hay innumerables expresiones de afecto y admiración hacia él, un ejemplo es que sus restos fueron despedidos en el Cementerio de San José por una verdadera multitud. Fue impresionante. Pero eso no es de ahora, que ya murió, es de siempre. Es verdad que no hay personas irreemplazables, imprescindibles, aunque parezca que el cementerio estuviera lleno de ellas. Pero que Omar Gutiérrez, desde ya hace tiempo, se extraña en los medios de comunicación uruguayos también es verdad. Es que ha muerto un hombre, al menos necesario.
Jorge Pignataro







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