Para “Cantares” fue el acontecimiento del año

1988 fue para Cantares, un año especial.
El año anterior habíamos celebrado los diez años del coro. Se habían programado una serie de actos para recordar esa primera década. Se convocó a un Concurso de Afiches, hubo varias presentaciones de artistas, se concurrió a un Festival Coral en Paraguay, realizamos nuestro 9º Festival Cantares en la Catedral y culminamos el año con el
Gloria de Vivaldi en el Concierto de Navidad.

1988 fue para Cantares, un año especial.

El año anterior habíamos celebrado los diez años del coro. Se habían programado una serie de actos para recordar esa primeraamalia y el papa década. Se convocó a un Concurso de Afiches, hubo varias presentaciones de artistas, se concurrió a un Festival Coral en Paraguay, realizamos nuestro 9º Festival Cantares en la Catedral y culminamos el año con el

Gloria de Vivaldi en el Concierto de Navidad.

El 1988 se  presentaba con la expectativa de cantar el Elías de Mendelssohn en el Teatro Solís en el  mes de julio, con la dirección del Maestro Eric Simon, con quien veníamos trabajando en obras sinfónico-corales desde 1985. Tendríamos, por cierto, un considerable trabajo de ensayos, pues la obra, magnífica,  era extensa y en alemán. Estábamos con esa perspectiva, en marzo, al empezar nuestro trabajo coral, cuando nos llega de la Curia, la invitación para participar en la Misa Campal que celebraría el Santo Padre en mayo. Era un honor inesperado que se nos hacía. La invitación causó un revuelo en las filas del coro.

Recuerdo con alegría todo ese tiempo que nos sumió en un verdadero trajín. En la Misa debíamos cantar en tres momentos: a la entrada, luego de la Comunión y al final. Elegimos para la entrada el primer coro de El Mesías de Haendel “Y la gloria de Dios será revelada”; para la Comunión, un canto popular “Quédate aquí, Señor” para cuyo estribillo hicimos un arreglo a cuatro voces; en el final cantaríamos el vibrante “Aleluia” de Haendel. Con un órgano portátil se solucionaría el acompañamiento.

Los ensayos se hicieron en mi casa, como siempre, pero debíamos probar cómo saldría al aire libre. Cuando fuimos al lugar por primera vez, encontramos prontas las tarimas para los cantantes y nos dimos cuenta de que era necesaria una pared detrás de ellos para que las voces se proyectaran mejor. Así se hizo y en el último ensayo, una pared curva de paja entretejida, amparó mejor las voces.

Y llegó el 9 de mayo: hacía frío, no parecía otoño sino invierno, aunque el sol brillaba esplendoroso sobre la muchedumbre. El quincho que protegía el altar lucía maravilloso en su sencillez. Flores circundaban el camino de acceso a la celebración.

Todos estábamos expectantes. El Santo Padre se revestía en una casa situada detrás de donde el coro se hallaba formado.  Alguien avisó:  -Ya viene.

Cuando los celebrantes que acompañaban a Su Santidad  pasaban al costado de nuestro sitio  comenzamos a cantar con emoción inmensa: “Y la gloria de Dios será revelada al hombre. Y el hombre sabrá su venida porque así lo ha dicho Dios”.

Ni que se hubiera calculado: el Santo Padre llegó justo al altar cuando el coro terminaba de cantar.

Comenzó la ceremonia en medio del imponente silencio y bajo aquel cielo otoñal, claro y brillante. Todo era especial y parecía moverse en otro tiempo y en otro lugar. Las palabras de bienvenida, las lecturas de la primera parte de la Misa., todo lo que allí ocurrió tuvo su repercusión. La presencia de un Papa en Salto fue realmente un grandísimo acontecimiento que tal vez la ciudad no ha aquilatado todavía en su verdadera importancia. Y la visión de S. S. Juan Pablo II, con su rostro que irradiaba paz y humanidad nos llenó de esperanza y alegría.

En el silencio, luego de la Comunión, el coro cantó “Quédate aquí, Señor, con nosotros, quédate aquí, tu amor nos alegra…”

Y en verdad esas palabras eran las adecuadas para el momento.

Al finalizar la Misa y cuando Su Santidad se retiraba, entonamos jubilosos y con la fuerza que da la emoción el Aleluia de Haendel.

Para Cantares fue el acontecimiento del año. Nadie pensaba que unos años después, volveríamos a encontrarnos con el Papa en Roma. Tampoco imaginamos en aquel momento que nuestro canto resonaría en la propia Catedral de San Pedro.

Amalia Zaldúa Mayo de 2013.







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