Perder en un instante.

cartapacio_logoMe llamo Diego, tengo veintiocho años y quiero contar mi historia para que la escribas en el diario. Creo que muestra una de las tantas formas de perder en un instante una promisoria carrera deportiva.
Empecé en las inferiores del Deportivo La Paz. Era ocho de armado y subida. Con un metro ochenta tenía buen golpe de cabeza en el área; manejaba las dos piernas y, sobre todo, era capaz de colocar un pase de treinta metros con la precisión de un francotirador.
Todos saben que a los partidos de juveniles van sólo los familiares de los jugadores y los hinchas muy fanáticos. En el Deportivo había uno que, para mi desgracia, me tomó de hijo. Por respeto no voy a decir su nombre. Se ubicaba del lado derecho para verme de cerca y hacer llegar su voz de aliento: “¡Meta, meta, Dieguito!”, “¡Muestre como se juega, Diego!” o “¡Protegé a los talentos!” cuando me golpeaban y el árbitro no sacaba la tarjeta amarilla. En algunas oportunidades, al finalizar el primer tiempo, se acercaba a la entrada del vestuario y me gritaba instrucciones: “Volcate a la derecha que el tres de ellos se abre”, “Pegale al arco, no pases tanto”.
El técnico, de nombre Augusto Fernández, se molestaba con aquello. “El  que dirige acá soy yo” decía mirándome a los ojos. Era un tipo rígido que sustentaba su filosofía en una disciplina militar. Una vez descubrió que el arquero colgaba de amuleto en la red un osito, regalo de la novia.  Se puso furioso y de una bolea lo tiró al otro lado del muro. “¡El fútbol es para hombres y se gana metiendo guevo adentro de la cancha!”, gritó.
Muchos criticaban su método, pero nadie se lo decía porque estábamos primeros en la tabla. Llevábamos tres puntos adelante y los otros equipos nos querían bajar. Los partidos contra nosotros lo jugaban como una final.
Consciente de ello, el técnico Fernández planificaba los detalles con obsesión: “Los saques laterales los hace Ocampo”, “Tiros libres del lado derecho son para el Zurdo Gómez, del lado izquierdo para Ricardito Malabia”. Y los penales eran para Jacinto Peñalosa, el capitán, el cinco del equipo que ya en juveniles se creía un Obdulio Varela, pero que en un momento decisivo le fallaron las piernas.
Fue en un  partido contra River en el estadio Nasazzi. Perdíamos uno a cero. A los pocos minutos de iniciado el segundo tiempo, un  rebote me dejó la pelota a los pies en el círculo del área. Busqué el penal en carrera hacia el arco y me barrieron. El  juez cobró sin titubeos. Quedé dolorido del golpe, pero enseguida me levanté animado por mi hincha que gritaba colgado del  tejido: “Eso es fútbol, eso es fútbol, señores”.
La inflexión que todo penal produce en el ritmo de un partido se acentuó aquella vez.
Parecía que los movimientos se retardaban como en cámara lenta y que Jacinto Peñalosa nunca terminaba de acomodar la pelota. De pronto, como si oyera mis pensamientos, Jacinto se volvió desde el punto penal y me buscó con una mirada de cordero. Ahí me di cuenta de que estaba achicado. Le temblaban las piernas.
Tal vez mi hincha vio lo mismo porque en ese momento empezó a gritar con desesperación: “Tiralo vos Dieguito, tiralo que a vos te lo hicieron”.
Sin pensar mucho me acerqué a Jacinto, quien ya había tomado distancia, y le dije: “Lo pateo yo”. Él no replicó, se hizo a un lado. Claro, después comentó que no quiso discutir conmigo y que confundió la voz del hincha con la del técnico.
De manera que, con absoluto dominio y total certeza de que clavaría la pelota en el ángulo superior derecho, la acomodé en el punto penal y troté hacia atrás desoyendo los gritos roncos de Fernández que repetía: “Patea Peñalosa,  patea Peñalosa”.
El árbitro sonó el silbato.
Sereno, caminé dos pasos, corrí tres, y le pegué con la furia de un buey. Aún hoy guardo con claridad el trayecto inesperado de aquella pelota. Describió una línea recta que pasó lejos del travesaño y me dejó sorprendido. Aturdido y sorprendido.
El partido se reinició entre gritos y carreras y yo permanecí de pie en el punto penal, sin   entender como le había pegado tan mal. Reaccioné cuando el árbitro me señaló para el cambio. Me fui por la línea del fondo, muy despacio hacia el vestuario. El técnico ni siquiera me miró. Pidió seis meses de suspensión y la directiva lo apoyó. Y como el equipo salió campeón, no volvió a citarme.
Con el tiempo, perdí entusiasmo, aumenté unos kilos. Jugaba al fútbol en los veranos, en la arena. Un domingo, con la Playa Verde repleta de gente, se armó un partido intenso. Algunos bañistas se acercaban a mirar. Hubo un penal, y los muchachos me eligieron para patearlo. Sin tensiones y sin hinchas, dejé al golero parado con un potente tiro al ángulo superior derecho. Desde las sombrillas llegaron algunos aplausos y enseguida se oyó un grito ronco:
“¡Aquí sí le pegás bien!”

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