Presentan hoy en salto el libro «Un puñado de memoria», de Víctor Braccini y Roberto Caballero

Mujica: «Ya estoy preso loco, se te va a escapar un tiro…»

A Pepe (Mujica) «lo tenían agarrado entre dos y esposado. También había un policía que lo seguía apuntando con su arma. El Pepe ­según me contó­ lo veía temblar y le decía ‘ya estoy preso loco, se te va a escapar un tiro’. Y la profecía del Pepe se cumplió: un balazo en la barriga».

Esta noche a la hora 20.30 en Salto Uruguay, será presentado el libro «Un puñado de memoria», escrito por Víctor Braccini y Roberto Caballero. En este libro además de relatar el episodio en el que resultó gravemente herido José Mujica, el hoy presidente de la República, tiene algunos testimonios referidos a hechos que sucedieron precisamente en Salto.

En ocasión de la a presentación de este libro en Br La Vía, donde precisamente cayó herido Mujica, el diario con La República, habló con el luchador social, escritor y ex director de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo Mauricio Rosencof quien opinó que «el lugar que eligió el petiso Caballero para presentar el libro, el ex bar La Vía, es un pedazo de historia. Hace ya una punta de años, ­rememoró Rosencof­ antes de una larga noche, varios compañeros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros salimos de un local donde habíamos tenido una sesión política muy ardua. Recuerdo que entre otros estaba Sanso, obrero de la BAO. En esa sesión estábamos planificando una travesura. Cuando salimos, El Pepe (Mujica) que ya estaba en la clande (clandestinidad) tuvo, como igual acostumbra hacerlo hoy, la necesidad de entrar a un boliche. Recuerdo que me dijo ‘vamos a tomarnos una’, a lo que le contesté que por problemas de salud no era conveniente. Entonces yo me volví a mi cantón y él, junto con Sanso y otros compañeros se fueron al bar La Vía y… cuando humildemente se estaban tomado una… alguien los delata, de improviso cae la Policía y ahí mismo detienen a Pepe. Tras el forcejeo, lo tenían agarrado entre dos y esposado, había uno que lo seguía apuntando. El Pepe ­según me contó­ veía a este policía muy nervioso, lo veía temblar y entonces le dijo ‘loco, ya estoy preso, se te va a escapar un tiro’.

Y así fue que se cumplió la profecía del Pepe. Un balazo en la barriga. Después, cuando se recuperó en el Hospital Militar tomó contacto con nosotros para anunciarnos que tenía un plan de fuga. Genio y figura».

Además del trazo anecdótico detallado por Rosencof, «Un puñado de memoria», escrito por Víctor Braccini y Roberto Caballero narra con multiplicidad de detalles una serie de «postales emocionantes de la epopeya de los compañeros en la lucha, en la biaba, en la resistencia.

Esos relatos se integran a la gran barricada de testimonios que hemos levantado entre todos para que se convierta en el muro del no pasarán», concluyó.

EL PROLOGO DE FERNANDEZ HUIDOBRO

Este libro es, además de formidable testimonio, un tierno ramillete de espigas y flores de la mejor Memoria.

Por entre sus frases y páginas caminan como por una ciudad, a veces encarcelada, personajes entrañables que parecieran ser el portentoso

fruto de la mejor literatura de ficción.

Sin embargo, fueron y son personajes concretos dados por la vida y por la lucha. Vecinos conocidos.

Nos hablan de una epopeya multitudinaria como todas las que lo son realmente, pero lo hacen desde la carnadura individual e intransferible de los seres que la protagonizaron.

En estas cosas, se pierde a veces o casi siempre, esa dimensión indispensable de la grandeza. Se olvida, o no se puede imaginar tan siquiera, que ellas fueron posibles por la acumulación decisiva de miles, decenas de miles y a veces más, de héroes y heroínas pormenorizadas.

Es admirable ver hoy cómo gigantescos países pugnan por recuperar el nombre concreto y la vida concreta de por ejemplo tal soldado o tal mujer que aparecen en la millonaria cantidad de fotos y otros documentos visuales de la Segunda Guerra Mundial. Y al final lo logran. Gastan fortunas en ello y no está mal que las gasten.

La cosa en Uruguay no fue cuestión de dirigentes sino de mucha gente. Los dirigentes de esa enorme fuerza social fueron apenas un hallazgo acertado ciertas veces y un fracaso total otras veces. Como siempre pasa.

Los Autores de este libro, en aquél entonces jóvenes hasta niveles increíbles hoy, formaron parte de esa “caravana de héroes”,  como decía Artigas refiriéndose al Éxodo del Pueblo Oriental, que portaba en sus carretas ancianos, mujeres y niños que

desobedeciéndolo en desobediencia sagrada, imponente y germinal, dieron nacimiento con ese gesto,  nada menos que a la Patria que hoy nos ampara.

Pero quemando sus casas y yéndose, dieron también nacimiento a un total desprendimiento y al enorme riesgo de vida que a partir de ese momento comenzaron a correr y hubieran corrido a no ser que, suspendiendo sus operaciones militares, el Ejército Artiguista, pueblo también pero en armas, rodeara con un temible cañaveral de lanzas a caballo y en marcha, aquélla fundacional peregrinación de nidos.

En aquél entonces no se pudo (aunque hay en  nuestros sagrados archivos largas listas de cada integrante y cada familia) pero hoy se puede si se quiere (como han querido Caballero y Braccini), recordar, cada uno y cada una, a cada uno y a cada una.

No somos al fin de cuentas un país tan poblado como para que dicha tarea sea imposible.

No sólo a la gente puntualmente, lo que es muy importante, sino a sus anécdotas y acciones.

Este libro también convoca sin decirlo, a todos/as quienes puedan antes de que sea demasiado tarde, recopilar, recordar y de ser posible escribir y publicar, lo vivido por cada cual; que incluye forzosamente lo vivido por su entorno. ¡Hay un tesoro invalorable que se puede perder!

Quien esto escribe lleva muchos años hablando con esa, tanta gente, y disfrutando (o sufriendo) con sus relatos imponentes. De todas las organizaciones y vertientes de la lucha de aquél entonces, tan importante para el país y su futuro, como para saber que hay casi todo en materia de testimonio, por hacer. ¡Una cantera del mejor metal que un pueblo pueda tener! Ese tipo de “intangibles”, como el idioma, forman la columna vertebral de una Nación.

A Roberto Caballero y a Víctor Braccini, de Montevideo y Bella Unión respectivamente, con vivencias distintas pero consonantes, de punta a punta como las del país real, debe ir nuestro agradecimiento acompañado con una rara especie de “condición”: deben seguir recopilando y escribiendo lo suyo y lo de los demás y, además, deben militar activamente para que otros y otras hagan lo mismo.

Sabemos que eso da trabajo. Un tierno trabajo. Pero no nos podemos ir, a ningún lado, antes de haberlo terminado.

Eleuterio Fernández Huidobro