“¿Quién manda en casa?”, una conferencia de Natalia Trenchi este viernes de tardecita en el Colegio Crandon

“Mandar… es un verbo que implica una orden y una respuesta obediente”

El viernes 15 de junio a las 19.30 horas llega al Colegio y Liceo Crandon Natalia Trenchi para brindar una charla intitulada “¿Quién manda en casa?” La misma está abierta a todoa público. Se solicita confirmar asistencia al 47333754.charla crandon 001
Natalia Trenchi, nació y vive en Montevideo, Uruguay. Es médica, psiquiatra de niños y adolescentes y psicoterapeuta cognitivo-conductual.
La especialista explica que los niños no son máquinas de obedecer.
“Los padres no estamos en el mundo solo para que nuestros hijos lleguen en hora a la clase de canto, ni tampoco únicamente para que obedezcan. Estamos para ayudarlos a construirse a sí mismos plenamente, para que se transformen en personas integrales e íntegras, siendo ellos mismos. Nuestro objetivo es que consigan ser la mejor versión de cada uno. Y para eso necesitamos tiempo de conexión, vida compartida, vibraciones emocionales conjuntas. Nada de eso se consigue corriendo ni dando órdenes.
Por eso, ¡qué pregunta la del título! Seguramente la que termina mandando finalmente es la vida, que nos va planteando el juego. Nosotros después decidimos qué hacer con esa realidad que siempre es diferente a la que soñamos y planeamos. Y ahí es que, como dijo el poeta, vamos haciendo camino al andar” – reflexiona.
PROVOCARLOS
Con esta interrogante intento provocarlos en un tema que suele preocupar a muchos adultos y también a los niños. Seguramente escucharon esta frase dirigida de un pequeño a un adulto: “Vos no me mandás porque no sos mi padre ni mi madre”, que refleja claramente cuál es el rol que nuestros hijos creen que tenemos. Seguro que fuimos nosotros quienes les hicimos pensar que somos los que mandamos. No me gusta nada esa idea. Preferiría que dijeran: “No me eduques, que para eso tengo padres”. Pero mandar… es un verbo que implica una orden y una respuesta obediente. No es lo que quiero para la crianza de seres plenos y pensantes.
Los padres no tenemos que mandar, sino educar.
Me gusta pensar que en una familia, además de protección, cuidado, amor y alegría, también hay cierto orden y roles claros. No dudo que somos los adultos los que tenemos la experiencia, la madurez y la sabiduría para ser los directores de orquesta en este grupo siempre diverso, vivo y dinámico que es la familia. Pero no es mandando que se consigue educar a los hijos. Si lo que queremos es aportar para que se construyan como personas fuertes y buenas, lo que tenemos que hacer es enseñarles a pensar, fortalecer su autorregulación y su pensamiento ético. Esa es nuestra responsabilidad, y afortunadamente también nuestro deseo. ¿A qué más podemos aspirar que a ser quienes guíen a nuestros hijos en la construcción de sí mismos?
YO, EL ADULTO
“Estoy convencida de que uno en la vida hace lo que puede. Cada uno de nosotros carga una mochila que a veces le facilita la marcha y otras veces se la complica. Por suerte, si es necesario, esa mochila es modificable y podemos alivianarla cuando encontramos la manera.
Pero para tener hijos no alcanza con ordenarse uno los petates. Necesitamos a otro. Y ahí, a la nuestra, se suma otra mochila igual de importante, compleja y dinámica, ambas cargadas con nuestras experiencias de vida. Articular pasados, cultura e historia de cada uno implica trabajo y paciencia. Esa es la base que sostendrá (o no) a la nueva familia en ciernes.
“Cada casa es un mundo”, dice una frase popular, y es absolutamente cierto. Cuando dos personas se unen, lo hacen dos culturas y dos mundos internos que vienen de la historia de cada uno. Si bien es poderoso, el legado familiar no es inmodificable.
Por suerte, las personas tenemos la chance de no ser fotocopias de nuestros padres ni rehenes de nuestro pasado. Adhiero con entusiasmo al decir de Jean Paul Sartre: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. No se crean eso de “si el padre fue violento, el hijo va a ser violento”, como si fuera una máxima inevitable. No lo es gracias a que uno es capaz de cambiar y aprender. Así que defiendan el derecho a escribir su propio guion para la vida. No se dejen dominar por lo que otros esperan de ustedes. Elíjanse. Sean lo que quieren ser. Esto es lo que nos va a dar el tan ansiado estado de bienestar. Ese estado de paz que no viene ni de ser rico, ni de tener poder y ni siquiera de ser sano, sino de sentirse en armonía con uno mismo.
Para lograr corregir mandatos de otros y elegir nuestro propio camino posible, viene bárbaro tomarse el tiempo necesario para pensar quiénes queremos ser en realidad y frente a los ojos de nuestras crías. Porque esa imagen que reflejaremos en la cotidianeidad los va a ir educando, formando y guiando sin que nos demos mucha cuenta. Ya sé que hay mil cosas de la vida que no podemos elegir. Pero es sorprendente todo lo que sí podemos. Parece que fue James Dean quien dijo: “No puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar mis velas para llegar siempre a mi destino”. ¡Esa es la actitud! No dejarnos encandilar por lo que no podemos cambiar, sino ajustar nuestra mirada, nuestra manera de tomarnos las cosas y de responder a lo que nos pasa. Muchos de ustedes seguramente dedican buena parte de sus energías a que sus hijos logren un buen rendimiento escolar sobre el entendido de que el futuro de sus niños depende fundamentalmente de la educación académica que reciban. Y hacen el esfuerzo que sea necesario para enviarlos a la mejor escuela que puedan, llevarlos a clases particulares, corregirles los deberes y asegurarse de que estudien. Otros ponen más el acento en ofrecerles a sus hijos una infancia “feliz” en la que abundan los regalos, las diversiones y los permisos para hacer lo que se tiene ganas en ese momento. Otros se preocuparán fundamentalmente de protegerlos y cuidarlos de los peligros manteniéndolos cerca y vigilados. Y todos corren del trabajo a la casa, al club, al pediatra y al ortodoncista, a la casa del amigo y a elegir las sorpresitas para el festejo del cumpleaños. Y entre tantas corridas, muchas veces vamos dejando de lado lo más importante, que no es ni la escuela ni la fiesta de cumpleaños ni tener los dientes derechitos. Pero recuerden, los padres no estamos en el mundo solo para eso. Y lo que verdaderamente importa no se consigue mandando, sino dando el ejemplo y mostrándoles el camino” – explica Trenchi.
EL PODER DE MADRES Y PADRES
A pesar de que tantas veces nos sentimos el último orejón del tarro de la vida, las madres y los padres somos seres poderosos.
Es enorme la influencia, para bien y para mal, que tenemos en la existencia de los chiquilines. No solo les transmitimos genes, sino también una suerte de burbuja de vida que los rodea y acompaña. Un ecosistema en el que está nuestra familia, nuestros amigos, la música que escuchamos, la comida que comemos, el tono de voz que usamos, las mil manías y costumbres cotidianas de cada uno de nosotros. El niño crece impregnándose de todo ello, absorbiendo la cultura familiar y transformándose en uno más de esa manada que le tocó en suerte.
El sello de los padres perdura en los hijos de muchas maneras, porque —nos guste o no, lo merezcamos o no— tenemos una gran influencia natural en ellos. Hay una experiencia clásica en psicología experimental que me gusta compartir con padres y docentes para sensibilizarlos con un fenómeno crucial. En esta prueba se pone a gatear a un bebé sobre una mesa que, hacia la mitad del recorrido, simula acabarse. En realidad, la totalidad de la mesa está construida en un potente material transparente, y solo la mitad de ella tiene, adherida por debajo, una pieza de madera. Cuando el niño la recorre gateando, llega a la parte traslúcida y ve el suelo, por lo que cree que no hay sostén. En el otro extremo de la mesa se coloca su mamá, que no le habla al niño, sino que solo se expresa con gestos faciales. ¿Qué sucede? El bebé, que se había largado a gatear, cuando llega a ese aparente borde se detiene e inmediatamente mira a su madre. Instintivamente busca la respuesta en ella. Si ella pone cara de susto, el bebé retrocede. Si, en cambio, ella le sonríe confiada, a pesar del aparente peligro que el bebé percibió, este se aventura a atravesar eso que parecía un abismo. Y lo hace simplemente por la señal de la madre, y por su confianza ciega en ella. ¡Qué poder! Es absolutamente fantástico que los bebés vengan cargados con ese software que los hace buscar y aceptar con seguridad y alegría la referencia del adulto en quien confían. La naturaleza nos dice muy claramente: “Tú, adulto, sos la referencia del niño. Tú sos el capitán de este barco, el guía en el bosque. Es tuya esa responsabilidad”.
Eso da lugar a esta relación tan asimétrica que se establece entre padres e hijos: el adulto es el poderoso, el que cuida, guía y protege al cachorro. El adulto queda ubicado en un lugar jerárquico por mandato biológico, pero no en una jerarquía de dominio y de poder, sino de amor natural. El amor fluye en ese vínculo: el adulto cuida con amor y el cachorro acepta gozoso la dependencia mientras la necesita. Es cuando se ha sentido cuidado y protegido en las primeras etapas de su vida que aprende a confiar y empieza a despertarse en él el deseo natural de ganar la tan saludable autonomía. Sí, la naturaleza está de nuestro lado en esto. Nosotros solo debemos respetarla y nutrirla, cumpliendo eficientemente nuestro rol de amorosa jerarquía.







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