Seis docentes de la Regional Norte fueron reconocidos por la Facultad de Derecho al contar con más de 25 años de servicio

El acto se desarrolló en el Paraninfo de la Universidad. Participaron cerca de 400 docentes

El pasado miércoles 23 de noviembre se realizó, en el Paraninfo de la Universidad, el acto de reconocimiento a los docentes con más de 25 años de servicio en la Facultad de Derecho. Fueron 6 los docentes de la Regional Norte que recibieron un diploma y un presente en el que se les reconoció la trayectoria. Roberto Zunini, Carlos Bordoli, María Gracia Hernández, Beatriz Invernizzi, Fulvio Gutiérrez y Laura Sasias compartieron con cerca de 400 docentes una instancia muy especial y emotiva que nunca antes se había dado en una de las facultades fundacionales de la Universidad de la República.

Con la presencia del rector Rodrigo Arocena y de la Decana Dora Bagdassarian, el profesor emérito Héctor Hugo Barbagelata, con sus 95 años, formó parte de la oratoria en representación de los homenajeados. EL PUEBLO reproduce parte de sus palabras (el titulado es nuestro), que son una verdadera “pieza” que fue aplaudida de pie durante varios minutos por todo el auditorio, según nos comentó uno de los presentes en la oportunidad.

LAS PALABRAS DE DON HÉCTOR HUGO BARBAGELATA

Veinticinco años es mucho tiempo, como que se trata de un cuarto de siglo.

En el caso de los profesores, cuando se pasa ese mojón, ya se dispone de una experiencia suficiente como para saber muchísimas cosas, incluso qué es lo que más interesa a los estudiantes de la materia que enseñamos; así como, en las instancias de evaluación, ya se conoce o se cree conocer todos los trucos creados por el ingenio humano desde que ha habido que pasar por pruebas o exámenes, Pero, además, en ese momento se sabe hasta donde se puede llegar en el proceso de realización profesional y personal. Incluso, es frecuente que, con suerte, se haya logrado conservar el entusiasmo con el que cada uno se inició en esta tarea.

COSA DE LA VOCACIÓN

Eso del entusiasmo es cosa de la vocación y es lógico suponer que todo el que pasa los 25 años de ejercicio de este trabajo fue movido por una firme vocación, la cual, mientras sigue proporcionando el impulso para la acción, preserva la capacidad de entusiasmarse en este trabajo. Y esto, como todos saben, no es fácil, pues hay que convenir que muchas veces esta actividad se nos presenta como extremadamente fatigosa y hasta penosa, sobre todo si se han pasado horas corrigiendo escritos, generalmente horribles o tomando exámenes, tal vez peores, es casi inevitable sentirse como el personaje de las Tres Hermanas de Chejov (precisamente un profesor) que a todo el que se le acercaba: le espetaba: “Estoy cansado”. La verdad es que no decimos lo mismo porque nos aguantamos, por decencia y porque en el fondo, sabemos que hay otras etapas del trabajo que son gratificantes, en realidad muy gratificantes.

ACTIVIDAD ANÁLOGA A LA DEL ACTOR

La actividad del profesor es análoga a la del actor, que improvisa, a partir de algunas pautas. Y ¿qué otra cosa hace el profesor al seguir el esquema que lleva escrito y consulta en la clase o que tiene grabado en su memoria?» Además todos los profesores saben que para dar una buena clase, hay que contar no sólo con la calidad y cantidad de recursos que cada cual ya posee, más los que obtiene con una adecuada preparación de cada lección, sino también hay que contar con la buena disposición del público; en nuestro caso, con la atención y la voluntad de seguirnos de los estudiantes, si es que poseen la “actitud discipular” necesaria.

NO SE DEBE FALTAR

Valga otro punto de referencia, pues a las clases no se puede (o más bien, no se debe) faltar, aunque no estemos con el talante apropiado, como tampoco los actores pueden faltar a los ensayos y funciones. Y todo esto, así como la necesidad de preparar adecuadamente las clases, para los que contamos con formación jurídica, no es otra cosa que el cumplimiento del deber del profesor de dar completitud al derecho fundamental a la enseñanza de los estudiantes.

Siguiendo, a ese respecto, con las semejanzas del trabajo del actor y el del profesor me viene a la memoria una frase que, según cuentan, solía dirigirles Margarita Xirgú a los que iniciaban la carrera del teatro y era que a los ensayos y a las funciones, solo se podía faltar trayendo el certificado de defunción.

CLASES ÚNICAS

Hay que reconocer también otra similitud en eso de que todas las funciones o actuaciones son diferentes, en realidad únicas, como lo son cada una de las clases, aunque el tema tratado sea el mismo. No puedo negar que hay quienes, disfrazados de profesor, siguen dando la misma clase incluso con los mismos chistes año tras año, pero allá ellos.

Otro rasgo en común, es la instantaneidad y lo efímero de la actuación del actor y del profesor. Esta función, ese acto, esa parte, que hoy marchó muy bien, o esta clase que gustó al propio profesor y que el auditorio sintió que lo enriquecía, no dejan más que un leve rastro que tiende a desvanecerse muy rápidamente. La suma de esos rastros puede que adquiera la calidad de “buen recuerdo” en algunos integrantes del auditorio, en este caso, los estudiantes, quienes quizás más adelante, al escuchar un nombre, tal vez dirán, “sí, lo tuve en tal año, era un buen profesor” y eso es lo más satisfactorio a lo que los profesores, como también los actores en su caso, pueden aspirar.







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