Un acto de ensañamiento

Luis Suárez se equivocó y merecía una sanción disciplinaria, pero no una crucifixión. La actitud del goleador histórico de la selección uruguaya fue irreflexiva, y el hecho de ser reiterada opera de agravante, pero expulsarlo del Mundial y de la próxima Copa América resulta un acto de ensañamiento.
Suárez mordió al italiano Chillini, y aunque hubiese que ver la imagen con zoom y desde cien ángulos distintos para descubrir qué fue lo que realmente pasó en el área italiana, la agresión existió y no puede obviarse, por más uruguayos que seamos. Pero el castigo debió ser directamente proporcional a la gravedad de la infracción. Ni más, ni menos…
Suárez sufrió una condena moral y social que precedió a la condena deportiva: su imagen mordiendo a un colega recorrió el mundo. Los medios brasileños -temerosos quizás de que su selección pudiese encontrar a Uruguay en los cuartos de final-, lideraron una presión mediática que dio sus frutos: mostraron hasta el hartazgo la mordida de Suárez y los dos episodios similares que había protagonizado en Holanda e Inglaterra, respectivamente. Lo trataron como si fuera un criminal.
La FIFA mordió el anzuelo y emitió la segunda condena más dura de la historia de los Mundiales. Los nueve partidos de suspensión suenan aún más exagerados si los comparamos con los tres que recibió el francés Zinedine Zidane por aplicarle un cabezazo en el pecho al italiano Materazzi en la final de Alemania 2006. Los 7.500 francos suizos de multa que recibió el futbolista galo son incluso irrisorios al lado de los 100.000 que deberá pagar Suárez, y ni qué hablar de los cuatro meses de inactividad obligada que le impedirá al salteño siquiera entrenarse en su club, el Liverpool de Inglaterra.
Por si todo esto fuera poco, Suárez fue obligado a abandonar la concentración de Uruguay y no podrá asistir a los partidos del Mundial ni de ningún evento futbolístico por el término que dure la pena antes reseñada.
Haciendo un paralelismo, el caso de Suárez es como el de un ladrón que roba un kilo de arroz y es condenado a cadena perpetua.
Si la mordedura del “9” de Uruguay valió semejante castigo, ¿cómo deberían ser sancionados el francés Sakho y el brasileño Neymar, que aplicaron codazos descalificadores que llegaron a destino en el presente Mundial, sin que fueran percibidos por el árbitro y sin que la FIFA amagara siquiera con actuar de oficio?
A esta altura debemos agradecer que el Mundial no se disputa en Irán, porque en ese caso Suárez hubiese sido lapidado -literalmente- y su cadáver exhibido como trofeo de guerra por la FIFA, para festejo de los obsecuentes de siempre.

COLUMNA DE OPINIÓN – Por Carlos Pedulla

Luis Suárez se equivocó y merecía una sanción disciplinaria, pero no una crucifixión. La actitud del goleador histórico de la selección uruguaya fue irreflexiva, y el hecho de ser reiterada opera de agravante, pero expulsarlo del Mundial y de la próxima Copa América resulta un acto de ensañamiento.

Suárez mordió al italiano Chillini, y aunque hubiese que ver la imagen con zoom y desde cien ángulos distintos para descubrir qué fue lo que realmente pasó en el área italiana, la agresión existió y no puede obviarse, por más uruguayos que seamos. Pero el castigo debió ser directamente proporcional a la gravedad de la infracción. Ni más, ni menos…

Suárez sufrió una condena moral y social que precedió a la condena deportiva: su imagen mordiendo a un colega recorrió el mundo. Los medios brasileños -temerosos quizás de que su selección pudiese encontrar a Uruguay en los cuartos de final-, lideraron una presión mediática que dio sus frutos: mostraron hasta el hartazgo la mordida de Suárez y los dos episodios similares que había protagonizado en Holanda e Inglaterra, respectivamente. Lo trataron como si fuera un criminal.

La FIFA mordió el anzuelo y emitió la segunda condena más dura de la historia de los Mundiales. Los nueve partidos de suspensión suenan aún más exagerados si los comparamos con los tres que recibió el francés Zinedine Zidane por aplicarle un cabezazo en el pecho al italiano Materazzi en la final de Alemania 2006. Los 7.500 francos suizos de multa que recibió el futbolista galo son incluso irrisorios al lado de los 100.000 que deberá pagar Suárez, y ni qué hablar de los cuatro meses de inactividad obligada que le impedirá al salteño siquiera entrenarse en su club, el Liverpool de Inglaterra.

Por si todo esto fuera poco, Suárez fue obligado a abandonar la concentración de Uruguay y no podrá asistir a los partidos del Mundial ni de ningún evento futbolístico por el término que dure la pena antes reseñada.

Haciendo un paralelismo, el caso de Suárez es como el de un ladrón que roba un kilo de arroz y es condenado a cadena perpetua.

Si la mordedura del “9” de Uruguay valió semejante castigo, ¿cómo deberían ser sancionados el francés Sakho y el brasileño Neymar, que aplicaron codazos descalificadores que llegaron a destino en el presente Mundial, sin que fueran percibidos por el árbitro y sin que la FIFA amagara siquiera con actuar de oficio?

A esta altura debemos agradecer que el Mundial no se disputa en Irán, porque en ese caso Suárez hubiese sido lapidado -literalmente- y su cadáver exhibido como trofeo de guerra por la FIFA, para festejo de los obsecuentes de siempre.







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