Uruguay ante la Esfinge: el fin de una maldición

El Mundial de Rusia 2018 causa fervor entre los charrúas

MONTEVIDEO — Le llaman “fiebre mundialista” pero a las nueve de la mañana, en la explanada de la Intendencia de Montevideo y con esa corriente del ártico que tiene asediado al país desde hace tres días, el término va volviéndose cada vez menos metafórico: más que un eslogan para vender televisores, la fiebre mundialista también es la de todos los que se reportaron enfermos para faltar al trabajo, la que probablemente nos agarraremos una vez terminado el partido.uruguayos1

Así como nos acostumbramos a ver navidades con nieve solo en la tele (mientras comemos pan dulce y turrones sudando entre cinco ventiladores), los uruguayos nos hemos ido acostumbrando a ver los mundiales muertos de frío, esperando que nuestra selección pueda pasar de fase para al menos poder robarle un poco del calor al veranillo de San Juan. De una forma u otra, el ritual se repite: partido a partido la explanada de la Intendencia se llena, con cuerpos apelotonados, tiritando sincronizadamente mientras observan una pantalla gigante.
Para este debut copero la compañía de teléfonos del Estado andaba regalando camisetas celestes y de golpe nos encontramos con una extraña inversión de planos: el suelo color cielo, el cielo color asfalto. Algunos aprovechaban y pedían dos remeras, no por el fanatismo, sino por el frío.
Aficionadas miraban la transmisión del debut mundialista de la selección uruguaya en Montevideo, el 15 de junio de 2018. Credit Matilde Campodonico/Associated Press
Y es que más que un simple ritual, muchos de los hinchas de la Celeste que acuden a la explanada son los que no tienen cable en casa, los que no gozan de una oficina de Recursos Humanos que instala una pantalla en la oficina, los que ni siquiera tienen plata para tomarse un café en un bar con pantalla.uruguayos2
Ahí, cantando el himno, colocando cartones en el suelo aún mojado por la lluvia de la noche anterior se reúnen indigentes, cuadrillas de obreros, estudiantes fugados de clase, padres que abrigan a sus hijos como una cebolla hecha de camperas y policías que alientan prendiendo la sirena.
Uruguay debía responder a dos enigmas de la Esfinge: el primero, si Egipto jugaría o no con Mohamed Salah, quien avanzaba en la recuperación de su lesión de hombro en la final de la Liga de Campeones; el segundo, si, por primera vez, luego de 48 años, podía romper la maldición de debutar sin victorias en los Mundiales.
Fanáticos de Uruguay celebraban en un bar de Montevideo la victoria de su selección en el partido contra Egipto, el 15 de junio de 2018. Credit Javier Calvelo/Reuters
Despejado el primero de los enigmas (Egipto jugó con un sólido 4-4-2, pero sin la magia del jugador del Liverpool), el otro interrogante dependía más de Uruguay que de su rival, y ya en los primeros minutos nos empezamos a dar cuenta de que los mitos no vienen por sí solos.
Egipto puso diques de contención en los dos extremos y Uruguay, sin jugadores zurdos para habilitar por ese sector, vio pasar casi todo el primer tiempo teniendo que partir el equipo, sin poder conectar entre medio y ataque. Entre el magro rendimiento de Nahitan Nández y Giorgian de Arrascaeta, que nunca llegaba a sentirse cómodo en su posición, Uruguay no encontró juego.
Ya en el segundo tiempo, conforme el minutero avanzaba, la preocupación por el rendimiento del seleccionado nacional se condensaba en un mantra casi pronunciado en lengua árabe: “YsinSalah…”. Uruguay, ya volcado un poco más en el campo egipcio, pero sin la colaboración del medio, atacaba y se daba una y otra vez contra el cerrojo de los dos Ahmed (Hegazy y Fathi).
Uruguay necesitaba ganar. Lo que en un principio podía considerarse un resultado neutro, adquirió otro sentido con la diferencia de goles cosechada por Rusia. El maestro Tabárez metió al Cebolla Rodríguez y al Pato Sánchez y comenzaba a soldar el mediocampo con ataque, pero Suárez andaba entreverado en sí mismo y el gol no llegaba.
Luego de una pelota de Cavani en el poste, llegaba un tiro de falta con aire de córner. Uruguay debe ser el país que más festeja los córneres en el mundo. Hay un inglés que sugirió esa regla al que deberíamos hacerle una estatua en la avenida 18 de julio. La pelota parada: el Valhalla de nuestros partidos con pocas ideas.
Y ahí, en el minuto 89, en cabeza de José María Giménez, el gol llega. Mohamed el Shenawy, que había tapado dos mano a mano imposibles, solo la puede mirar; los jugadores se arrojan sobre Josema haciendo una pirámide humana y una toma nos muestra la cara de Salah, viéndolo desde el banco, desconsolado.
El juez dio el pitazo final y toda la explanada gritaba con los brazos en alto. Uruguay se enfrentó a su acuciante mito (el de los debuts sin victorias) y le respondió con otro: el del heroísmo y sufrimiento como medida de todas las cosas.
Jugando bien o mal, los partidos ganados (todavía) siguen pagando tres puntos. O al menos es algo que no parecía importarle a los estudiantes que regresaban contentos al liceo, a un vagabundo que empujaba su carrito con todas sus pertenencias o a la indiferencia de bronce de la réplica del David de Miguel Ángel que custodiaba la Intendencia con la camiseta celeste entallada a su cuerpo.

(The New York Times)







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