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El diputado Ayala presentó un proyecto de ley para denominar con el nombre “Maestra Delia Arbiza” a la Escuela Nº 60

Maestra Delia Arbiza (Primera parte)

EXPOSICIÓN DE MOTIVOS
María Delia Arbiza dos Santos nació el 19 de abril de 1927 en el pueblo de Tres Cruces, hoy Javier de Viana (departamento de Artigas).
Hija de Eulogio Zacarías Arbiza, descendiente de vascos, y Doralina Dos Santos,
cuya familia era de origen brasileño. A los siete años ingresa a la Escuela Nº 33 de Tres Cruces, siendo su primera maestra Antonia Silva de Muñoz. Concurría llevada por su hermano Nelson en un carro de pértigo, ya que la escuela quedaba a tres kilómetros de la estancia de sus padres. No había comedor, por lo que llevaban comida y leche. Comían bajo una arboleda en el patio, y en invierno doña Ramona Paz, que vivía junto a la escuela, les calentaba la leche. Al finalizar el cuarto año, sus padres la enviaron al Colegio de Hermanas Carmelitas, un internado cuyo edificio está ubicado en la intersección de las calles José Pedro Varela y Avenida Lecueder de Artigas, aunque ya no funciona en ese régimen. Delia afirmaba que la sacaron de un salvajismo total, en el que podía correr por los campos y treparse donde quisiera, para encerrarla en un lugar donde los antepechos de las ventanas estaban tan altos que uno no podía mirar hacia afuera, a no ser que se subiera sobre una mesa. Realizó quinto y sexto año en dicho colegio y luego ingresó al Liceo de Artigas, cuyo director era Enrique Fajardo y estaba ubicado en su viejo emplazamiento en la intersección de las calles Berreta y Herrera, según su actual denominación. En 1944, se inaugura el edificio nuevo del Liceo Departamental, en Garzón y José Pedro Varela -su actual emplazamiento-, y Delia contaba que muchos objetos delicados fueron trasladados por padres y alumnos, “parecían hormigas llevándolos caminando”. Luego del cuarto año de liceo, ingresa a magisterio en Artigas y culmina su formación en el Instituto Normal de Montevideo. Regresa a Artigas. En 1961 eligió interinamente el cargo de directora en la escuela de Riusa, establecimiento arrocero sobre las costas del río Uruguay. Trabajó allí cuatro años en
dicha escuela, y fue allí donde aprendió sobre el cultivo del arroz, a labrar la tierra, a
pescar y a reconocer a las víboras venenosas. Compartió su vida con las familias de los trabajadores del establecimiento, padres de muchos de sus alumnos. Allí conoció a Raúl Sendic Antonaccio, con quien tuvo muchas entrevistas; hablaron sobre la vida de los obreros, de los niños cuando tenían que asistir a la escuela y del esfuerzo que tenían que hacer las maestras viviendo, lejos de sus hogares, en escuelas en muy malas condiciones. En 1965 elige interinamente el cargo de directora de la Escuela Nº 60 de Paso Farías, donde era maestra única, con seis clases a su cargo y la dirección. Con ella fue Elena González, una muchacha de 17 años, que fue fundamental en las actividades de la escuela. Se trataba de un edificio con un salón de clases, una vivienda confortable, sin electricidad ni agua potable; luz de faroles y velas. El agua era de un aljibe, situación problemática cuando no llovía. Junto a la escuela había un almacén de ramos generales; a un kilómetro y medio, la seccional 5a de Policía; a dos kilómetros, el arroyo Cuaró con su puente inundable; a cinco kilómetros la estancia San José, de Martín Fernando Martinicorena, y a ocho kilómetros, la estancia La Magdalena, propiedad de una francesa, doña María, que era administrada por Guillermo Gorlero. El portón de la escuela está frente a la Ruta 30, a 72 kilómetros de Artigas, a 30 de Tomás Gomensoro, y a 70 de Bella Unión. El servicio de ómnibus interdepartamental de ONDA pasaba frente a la escuela diariamente, a las 6:30 AM, y traía a varios niños desde las estancias aledañas. Recorrían de las estancias a la ruta entre 500 y 700 metros, por el campo, para poder tomar el ómnibus, llegando a la escuela con los pies mojados, con mucho frío en invierno, y con sueño. Se calentaban y secaban con una estufa a leña que había en el aula, desayunaban y esperaban hasta las 10:00 para comenzar las clases. A los chiquitos de 6 y 7 años, los acostaban en su cama y la de Elena, para que durmieran abrigados. Un fogón a leña y un calentador Primus eran los medios para cocinar. La niña que iba desde la estancia La Blanca siempre traía un tarro con leche. La estancia Magdalena proveía la carne, y los vecinos ayudaban con otros víveres. En el almacén había un teléfono que sólo comunicaba con la comisaría. Por el puestero Héctor Sarrasino se comunicaban con La Magdalena, que además de la carne llevaba leña y tanques con agua cuando se secaba el aljibe. Delia y Elena ayudaban a llenar los tanques en el Cuaró. En 1966 se va a trabajar a la Escuela Nº 45 de Topador, que funcionaba en una
vivienda precaria, hecha de tablas. Cuando llovía los niños tenían que poner los pies sobre los bancos, porque dentro el agua corría libremente. Formó la comisión de fomento y les planteó la necesidad urgente de construir una nueva escuela. Por aquel entonces estaba en curso el Plan Gallinal, que tuvo la colaboración fundamental de otro artiguense: el ingeniero Eladio Dieste. Para que el plan les construyera la escuela, debían tener el terreno. La maestra Arbiza fue a Salto a plantearles a los señores Bautista y Joaquín Olarreaga, la posibilidad que donaran un predio para la escuela. La gestión fue exitosa. Estando el doctor Gallinal en Artigas, Delia Arbiza pide una entrevista y le invita visitar la escuela para que constatara la precariedad del edificio y considerara construir uno nuevo. El gran filántropo le responde que creía en su palabra pero que le dejara hacer algunas averiguaciones, ya que la prioridad la tenía la Escuela de Paso de la Cruz.
Un rato después la hace pasar nuevamente y le dice: “Usted es una mujer con suerte. La prioridad absoluta era la construcción de la escuela de Paso de la Cruz, pero el señor Errandonea de Brum ya la donó, así que pasaré esa prioridad a la escuela de Topador”. Tarea cumplida. En marzo de 1967, tras el resultado de un concurso, elige la efectividad en la Escuela Nº 60 de Paso Farías. Ante la realidad de los niños de la escuela, concibió la idea de hacer un internado
escolar. Cierto día, una crecida del Cuaró y de la cañada próxima a la comisaría le crea
serios problemas. Después de que los niños almorzaron, notaron que estaban totalmente aislados. Eran Delia y Elena con veintitrés niños, más los cuatro hijos del puestero. El almacén de al lado de la escuela estaba cerrado.
Delia habló con los hijos del puestero y les preguntó si podían llegar hasta su casa;
el mayor le contestó que sí. Luego les preguntó si desde allí tenían forma de llegar hasta la estancia La Magdalena ya que no había cañadas que interrumpieran el paso y podían llegar bordeando el camino. Delia envió al niño a su casa, para que desde allí pudieran hacer llegar un billete
hasta la estancia. El billete, que aún se conserva, estaba dirigido a Raúl Rodríguez Malbor, don Tito como le decían al mayordomo de la estancia, decía: “Estoy aislada con 23 niños, no tengo comida, ni cómo acostarlos para dormir. Firma Delia”.
A las pocas horas llegó al predio el jeep amarillo de la estancia. Por las ventanas introdujeron frazadas, colchas, ponchos de lana, y a la cocina llevaron leche, carne y otros comestibles. “Bueno, mañana le traemos lo que necesite”, dijo don Tito.

(Primera parte)