Sería un justo homenaje

Ya nos hemos referido al coqueto barrio Las Láminas, de Bella Unión. Son de las cosas positivas ocurridas en la zona en estos últimos años. Un bello lugar con todas las comodidades para vivir de forma digna y decorosa. Detrás de esta realidad, hay un pasado de lucha sin pausa. Días pasados entrevistábamos a dos vecinos que mucho tuvieron que ver con el progreso del lugar. Se “plantaron” junto con decenas de vecinos para decirle al primer gobierno del Frente Amplio, instalado en 2005, que de esa zona de Bella Unión no iban a salir, y que querían vivir como seres humanos y no como animales. Hago referencia a la Dra. María Elena Curbelo y a su esposo Walter “Cholo” González.
Como muchas veces lo hemos manejado desde esta corresponsalía, los homenajes hay que hacerlos en vida. Que el vecino o la vecina y sus respectivas familias puedan disfrutar y sentirse orgullosos. De nada vale que una vez que nos toca partir, hay que esperar una cantidad determinada de años (no son pocos) para que algún político departamental presente la inquietud en la Junta de Artigas. Como periodista desde la década del 80 en la zona, conocemos muy bien el accionar de unos y otros. Hemos visto, compartido la lucha en épocas de crisis de Curbelo y González. Qué mejor homenaje que el conocido barrio Las Láminas (la realidad décadas atrás de las precarias construcciones de Láminas de madera y paja) y este presente, siendo hoy por hoy el barrio más bonito y acogedor para residir en él, que deje de llamarse por su actual nombre y lleve el nombre de la doctora Curbelo o de su esposo. Pero no solo esto. Que las calles pavimentadas, iluminadas, sean designadas con nombres de los primeros vecinos del lugar. Eran cortadores de caña, trabajadores rurales, trabajadores de la horticultura, fabricantes de ladrillos, fleteros, en fin, ellos fueron los primeros habitantes cuatro décadas atrás del hoy pintoresco barrio ubicado a la vera de Ruta 3. Sufrieron los embates de las inclemencias de tiempo ante terribles temporales de vientos y lluvias y sin embargo aquellos ranchitos lucían erguidos horas después. Ropas y muebles mojados pero sin desgracias humanas y con el rancho “en pie”. Hoy para decenas y decenas de familias aquello es cuestión del pasado. Un pasado de sacrificio pero con una recompensa que bien valió la pena.