Es una hora feliz Editorial de EL PUEBLO ante el acontecimiento

Corresponde, hoy cuarenta años después el reconocimiento al Esc. Enrique Agustín Cesio, por entonces Director de EL PUEBLO, quien asumiendo la trascendencia de la hora en que se ponía a funcionar la represa hidroeléctrica publicó la siguiente nota editorial:
ES UNA HORA FELIZ
Hubo un tiempo en que el pueblo estuvo reunido y armado. Tenía que lograr su libertad, su independencia, el reconocimiento de su derecho a autodeterminarse. Fue el tiempo glorioso de la forja de nuestras patrias, la Argentina y la del Uruguay. Pasado el tiempo ese pueblo, esos dos pueblos, aprendieron la forma de sembrar en paz, en armonía y en progreso. Ya no estaban más armados, porque no era necesario, porque no es necesario. Pero siguen reunidos, en la deslumbrante tarea de obtener la independencia económica, el bienestar colectivo, la superación de su calidad de vida colectiva e individual.
Como ocurre casi siempre, primero fue la idea. Aún en el siglo pasado hubo quienes pensaron que el torrente del río epónimo, merecía convertirse en luz y fuerza para estas naciones platense Quienes así pensaban a finales del siglo pasado eran con merecida calificación, adelantados y visionarios. Lo que hoy recién otros comprenden por la fuerza del petróleo, aquellos hombres supieron entenderlo antes del tiempo. A los gestores de la idea, vaya pues para ellos el primer recuerdo y la inextinguible gratitud.
Luego vino el tiempo de la lucha. Había que convencer que no se trataba de una quimera, de la simple utopía de los locos. Una tarea difícil cuanto en muchos sentidos esta propuesta conllevaba para aquel entonces, perjuicios para otros sectores de interés. Pero además como no resaltar la fecunda responsabilidad de quienes en tiempos de otras graves y grandes preocupaciones, o cuando estos países de la cuenca disfrutaban de una situación excepcional, sin embargo reclamaban la conciencia de que aquella felicidad no podía durar cien años, si no se la cimentaba en otras bases aún más sólidas. Los luchadores de este siglo que una y otra vez impidieron que la siesta fuera eterna, son receptores hoy de la más emocionada recordación.
Los tiempos de la lucha por convencer de la factibilidad de esta empresa, debieron ser seguidos por la época de la defensa inflexible y rígida, de su viabilidad. Son tiempos más cercanos que todos conocen, salvo quizás los más jóvenes. Tiempos de una prueba ya popular. La idea y la lucha primera llevada en hombros de unos pocos visionarios, se convirtió en un propósito colectivo, generalmente es difícil que este tipo de obras despierten entusiasmos grupales y que los pueblos tomen conciencia de la importancia de las mismas. Si embargo, en este caso, cuando más peligro hubo para su entierro proyectado, más firme, tenaz y lúcida fue la reclamación popular. Una actitud que salvó el proyecto y obtuvo la entrada del mismo en las instancias definitivas de su planificación y adopción. Si es posible que un pueblo se ofrezca gratitud a si mismo, quizás sería ésta una excelente oportunidad de hacerlo.
Todo quedó entonces pronto. No sería sincero eludir el reconocimiento de que las circunstancias petroleras deben haber acelerado las resoluciones definitivas. Pero sin la larga lucha anterior, la preparación de los estudios, la puesta a punto del plan posible, no se hubieran ido cubriendo en sucesivas etapas, desde el famoso Tratado de 1946, hasta la declaración de viabilidad de la consultora francesa, si el pueblo no hubiera impedido el olvido del asunto, cuando necesidad urgente de resolver su construcción, se hubiera perdido mucho más tiempo y no estaríamos en este día que hoy vivimos.
Hablar de estos últimos cinco años, sería como contarlo a cada salteño, la historia de su propia casa. Paso a paso por la visión directa de la obra y por las cuantiosas y excelentes informaciones suministradas por todos los medios de comunicación, todos aquí fuimos sabiendo como se hacía esta presa. Aprendimos términos nuevos, nos asombramos ante máquinas, cifras, procedimientos desconocidos. Vimos llegar hombres de todos los confines, les albergamos con calidez y les respetamos con facilidad, porque ellos como nosotros, tenían una meta positiva y común: hacer una gran obra para todos. A esa gente, cualquiera fuera su rango, que vino a nuestras tierras y aquí trabajó con sapiensa, esfuerzo y buena voluntad, le corresponde recibir hoy el emocionado saludo agradecido de los pueblos de Uruguay y Argentina. Ellos cumplieron dándonos la realidad de hoy.
Párrafo aparte para los hombres, orientales y argentinos que tuvieron oportunidad de demostrar la valía intelectual, física y moral de las gentes de estas comarcas. Ellos fueron tan altamente capacitados, como para responder al desafío no solo con sus posibilidades físicas, sino con su responsable manera de entender los derechos y obligaciones – ambos excepcionales – que se les pedían o daban. Y en este apartado incluimos a quienes ofrendaron con el mayor sacrificio la inevitable manera muy particular a los 13 muertos que costó la cuota de dolor.
Para los dirigentes de ambas naciones que decidieron, empezaron y concluyeron estas etapas y para quienes las seguirán hay que destinar una mención muy sincera, pues supieron la jerarquía de la cuestión y su carácter de impostergable Y de manera formal reconocer la tarea de todos los tiempos de la Comisión Técnica Mixta, auténtico logro de cooperación internacional.
Aquí está la luz y la fuerza. Hoy el sueño entra en el camino de la historia y entran a jugar las consecuencias. Una actitud responsable, profunda, obliga a tener plena conciencia de que esta es apenas la primer jornada de trabajo, de aprovechamiento de posibilidades, en un año en que ambas naciones supieron aceptar y cumplir maravillosamente bien para reclamar y para hacer esta obra, pasa ahora al terreno de no desaprovechar una sola de las derivaciones positivas, como la producción energética, la navegación, el riego, la pesca, la forestación, el turismo y las demás proyecciones permitirán lograr. Hay que hacerlo, es esto el punto vital.
Pedimos disculpas por introducir un parágrafo para nuestra propia casa. Es que EL PUEBLO, nació con metas bien definidas y para bregar por objetivos bien claros. Uno de los principales era Salto Grande. Durante estos 20 años reconocemos igual, pero no mayor empeño, ni esfuerzo, ni servicio periodístico integral, que el realizado por estas páginas en beneficio de Salto Grande.
Durante la lucha por su concreción y en todo este tiempo de las obras, hemos estado de turno completo y sin interrupciones. Es una felicidad sobrecogedora, una gratificación indisoluble a nuestra propia conciencia, la que sentimos hoy. Hemos trabajado duro por esta obra, vale la pena haber vivido todos esos días, para verla empezar a producir.
Mientras tanto, con la sensación de estar en una cosa tan limpia, tan querida, tan participada sin condiciones por todos, nos unimos al pueblo uruguayo y al pueblo argentino, a sus gobernantes, a los técnicos y obreros de todas las nacionalidades, para dar a conocer la emoción y reconocer sin titubeos, que es esta una hora muy feliz.