Una historia de locos…

Viernes 20 y sábado 21 en Salto… La locura y la realidad. Bien se dice, que en esta vida hay que ser un poco loco, para lograr la felicidad… En la noche del viernes, en el Teatro Larrañaga, se congrega gente para ver algo distinto. Y al costado del escenario, el desfile de locos que van llegando, para saber el lugar, el momento en que entregarán su corazón. A mi lado, se presenta, Claiton, viene de Rio Grande do Sul, “perto” a Porto Alegre me dice… 1.000 kilómetros tuvo que hacer en auto, y se equivocó de ruta, al no conocer. Vino por la ruta 4, de Artigas a Salto, todo “buracos” comenta. Un desastre. Salió ayer, para llegar tranquilo. Le aconsejo que se vaya por la 26 hasta Tacuarembó, y ahí tomé la 5 al norte, pero él ya lo decidió así… Es alumno de Renato Borghetti, un artista de primer orden en Brasil, y me comenta y me muestra fotos, de escuelas con niños de 6 a 10 años, estudiando “gaita”, acordeón. Pasión extrema. A la enésima potencia. Luego lo veré tocar y me sorprende… Lo felicité. Tecnicamente, brillante. El domingo volverá a hacer otros 1.000 kilómetros con el corazón lleno de paz. Viene un músico ciego, foto socialesacompañado de una joven. Lo había visto en Santiago del Estero. De la mano de ella se sienta y espera su turno. En el encuentro anterior, habia venido solo en ómnibus, y al bajar, le tiraron el acordeón y se lo rompieron…Tuvieron que prestarle uno para que pudiera tocar. Vino de nuevo, porfiado el hombre… Sentado, solo, espera. Alguien se acerca y se sienta a su lado tratando de apaciguar esa evidente soledad… Espera su turno, viene a entregar su corazón. Mas allá, un joven de buen aspecto, alegre, contagioso. Viene de Bogotá, Colombia. Se subió al avión ayer, pero como no hay vuelos directos, cuenta que fue a Panamá. Escala y Montevideo. Luego un ómnibus a Salto… Permanece un rato, toca el viernes y se va el sábado, ya que de noche toma avión de nuevo, a Panamá, escala y Bogotá. Tiene muchas mas horas de vuelo que las que estará en Salto. Y allí está, alegre, contagioso, no parece cansado, para nada. Mas tarde lo veo tocar, y es brillante. Hace música hebrea, y luego le comento que tiene parecido con la búlgara, la que conozco bien, por mi padre… Claro, hay razones de raíces, siglos de historia. ¿De Bogotá, todo ese periplo, para tocar 3 canciones? El corazón, hermano, el corazón… ¿Que decir de Fattoruso? Anda por allí, en la vuelta, quiere tocar el viernes… Lo busco, le muestro mi acordeón. Según fotos que vi, es igual a la suya, con algunas variantes…Me dice que la compró en Japón. Se va y sigue ensayando. Luego le pregunto a un amigo salteño, por la asistencia del Fatto al festival. “Lo que quiere él es el desfile” me dice, “es loco por andar en la calle con la cordiona”. Mas tarde toca, y como todos los maestros, causa admiración, toca con la cabeza y el corazón en la mano… Al día siguiente, una manga de locos por la calle Uruguay, incluido el Fatto que tiene que soportar el asedio de 3 o 4 musicos que lo acompañan desde que sale hasta que llega al teatro. Pero él no habla, solo toca, acompaña, se presta a las fotos que todo el mundo le pide. No habla, no dice nada, solo camina, baila, toca, como poseído, como liberado del loco mundo, estresado mundo, de donde Mafalda se quiere bajar… Y el Fatto se baja, por un gran rato se baja, y ahí entiendo porque viene, porque venimos todos…Me integro, soy uno más, un loco más en “el tumulto de los úsares de gaitas, sanfonas, acordeones… Un delirio todo… A las dos cuadras veo en el borbollón al colombiano. Solo, caminando por la vereda, sin acordeón. Entonces le pregunto “¿ por qué no desfilas, y tu acordeon?” Y me dice, “no, no llego. Tengo que estar a las 12 en la terminal, para llegar a Carrasco, ya llevé mis cosas, no llego”. Y me enternezco, como no enternecerme… “Vení, tomá, ponete mi acordeón. Dame tu celular, yo te saco fotos”. Y contento, mi amigo colombiano se calza el acordeón, total, me libera como de 15 kilos de carga por un par de cuadras. Y le saco como 15 fotos, y el delirio continúa… Adelante, Silvio encara La Cumparsita, más atrás, los que rodean al Fatto, le hacen tocar desde “siga el baile”, hasta “tamboriles”, o “a mi gente”, y él se olvida que tocó con Chico Buarque, o con Rubén Blades, o Fito Páez, o Hermeto Pascoal, o tantos otros, que se funden en la calle Uruguay de Salto, en una suerte de ritual, donde nadie está en sus cabales, solo disfrutan, solo viven, solo ríen, al mango, por un rato… Finalmente, cuando camino hacia el hotel, acordeón al hombro, pienso. En el desarrollo de este instrumento desde el siglo XIX en Uruguay y Argentina, pienso en la extensión de Rio Grande do Sul, Brasil, donde es instrumento de primer orden, en la misma Colombia, donde comprobamos con Acordeones del Uruguay la vigencia de ese instrumento. Y me voy a Italia, y lo veo en las góndolas en Venecia, o en la cadencia de melodías francesas, lo veo por toda España, pienso en sus orígenes en Alemania e Italia, y al fin, me detengo en los Balcanes, donde también es instrumento de plena vigencia, de donde vengo, y de donde debo, por mi padre, mi pasión, mi entrega. Y pienso que, justamente, es eso… Es que… esa caja cuadrada, con un fuelle, es una prolongación de mi pecho. Y que, de alguna manera, está tan cerca de mi corazón que puedo finalmente entender esta locura. Es el corazón de todos… De cada uno de los que estuvimos alli. Locos lindos…







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