¿Muerte al caído?

El episodio que se generara en torno a los dichos del Dr. Jorge da Silveira y sobre todo el ventilar cuestiones de la vida personal del futbolista entonces de Peñarol, Jonathan Rodríguez, generó uno de los «terremotos» más singulares de los últimos tiempos. Comunicados, enjuiciamientos, resoluciones, etc, etc.  Da Silveira en el medio del huracán, con vilipendios de todos los colores y calibres hacia su condición periodística y humana.
Costaría reconocer en las últimas décadas, alguien que en tan pocos días, acumuló tantos viandazos, desde todos los sectores posibles de la sociedad.
Al decir de un ex senador capitalino: «Ni quienes cometieron suculentos delitos económicos o han hecho desaparecer gente, han sido blanco de tantos ataques a mansalva, como en este caso se origina con Da Silveira».
Convengamos que desde el Interior del país (Salto en este caso), no es fácil plasmar una reflexión más o menos convincente, porque en situaciones como las que han ocurrido, operan factores en más de una dirección. Y sobre todo: FINANCIEROS, DESDE LO PERSONAL A LO SECTARIO. Parte de un submundo a que a la distancia no es cosa accesible el interpretar y menos abrir juicio. Un submundo que no lo sentimos como propio. No corresponde y ni es de orden en este caso, segmentar a buenos y malos.
Pero a su vez no son menos también los que se alinean en una vereda, admitiendo que «no se trató de un tema humano en el caso de Jonathan Rodríguez, sino de un negocio que supo de un riesgo y que terminó saliendo a los tumbos».
A la luz de ello, no hay remanso que surja, en medio de lodazales ardientes, con la guillotina pronta a la cuenta del transgresor periodista, que aún declarando públicamente su metida de pata, no hizo más que prolongar el dictado de las balas contra su mente y corazón.
LA RAZÓN DE LOS LÍMITES
Por lo demás, el tema Da Silveira, produce una inevitable puesta a punto no tan secundaria: ¿a la cuenta del periodismo deportivo en este caso, cuáles son los límites? ¿Qué o quiénes lo determinan? ¿Frente a qué situación capaz de generarse, se está expuesto a la repulsa pública? ¿Hasta dónde la libertad del pensamiento? ¿En qué medida y sobre qué base, el amparo para exponer lo que se siente? ¿Qué poder es el que decide y en el fútbol también?
Puede interpretarse a sabiendas, que el periodista invadió un terreno personal del jugador, ¿pero realmente cuál es la línea divisoria? Y de última, la realidad: el hundimiento de Da Silveira en los estamentos del fútbol y de buena parte de la sociedad. Así parece ser.
Para un Sociológo radicado en Montevideo, a propósito del tema, subrayando días pasados: «pareciese que hay que darle muerte al caído. Y que el caído no tiene chance de redención, aún cuando establezca una pública disculpa».
Pero, «de paso cañazo», no solo Da Silveira como blanco del repudio. El periodismo deportivo en general, a la cuenta de la diatriba y el encono, del insulto que bastardea y la agresión sistematizada desde más de un poder.
Ese mismo Sociólogo no dejaba de sorprenderse, «porque ahora parece que el Uruguay tiene un rebrote de moralistas, gritando ellos a los cuatro vientos una transparencia que no la ocultan, porque simplemente no la tienen».
Por lo demás, con Da Silveira no hubo de fuego lentos. Al horno y punto.
Mientras el fútbol es capaz de abrirle paso a la gloria deportiva, pero al negocio por el negocio también.
-ELEAZAR JOSÉ SILVA-

El episodio que se generara en torno a los dichos del Dr. Jorge da Silveira y sobre todo el ventilar cuestiones de la vida personal del futbolista entonces de Peñarol, Jonathan Rodríguez, generó uno de los «terremotos» más singulares de los últimos tiempos. Comunicados, enjuiciamientos, resoluciones, etc, etc.  Da Silveira en el medio del huracán, con vilipendios de todos los colores y calibres hacia su condición periodística y humana.

Costaría reconocer en las últimas décadas, alguien que en tan pocos días, acumuló tantos viandazos, desde todos los sectores posibles de la sociedad.

Al decir de un ex senador capitalino: «Ni quienes cometieron suculentos delitos económicos o han hecho desaparecer gente, han sido blanco de tantos ataques a mansalva, como en este caso se origina con Da Silveira».

Convengamos que desde el Interior del país (Salto en este caso), no es fácil plasmar una reflexión más o menos convincente, porque en situaciones como las que han ocurrido, operan factores en más de una dirección. Y sobre todo: FINANCIEROS, DESDE LO PERSONAL A LO SECTARIO. Parte de un submundo a que a la distancia no es cosa accesible el interpretar y menos abrir juicio. Un submundo que no lo sentimos como propio. No corresponde y ni es de orden en este caso, segmentar a buenos y malos.

Pero a su vez no son menos también los que se alinean en una vereda, admitiendo que «no se trató de un tema humano en el caso de Jonathan Rodríguez, sino de un negocio que supo de un riesgo y que terminó saliendo a los tumbos».

A la luz de ello, no hay remanso que surja, en medio de lodazales ardientes, con la guillotina pronta a la cuenta del transgresor periodista, que aún declarando públicamente su metida de pata, no hizo más que prolongar el dictado de las balas contra su mente y corazón.

LA RAZÓN DE LOS LÍMITES

Por lo demás, el tema Da Silveira, produce una inevitable puesta a punto no tan secundaria: ¿a la cuenta del periodismo deportivo en este caso, cuáles son los límites? ¿Qué o quiénes lo determinan? ¿Frente a qué situación capaz de generarse, se está expuesto a la repulsa pública? ¿Hasta dónde la libertad del pensamiento? ¿En qué medida y sobre qué base, el amparo para exponer lo que se siente? ¿Qué poder es el que decide y en el fútbol también?

Puede interpretarse a sabiendas, que el periodista invadió un terreno personal del jugador, ¿pero realmente cuál es la línea divisoria? Y de última, la realidad: el hundimiento de Da Silveira en los estamentos del fútbol y de buena parte de la sociedad. Así parece ser.

Para un Sociológo radicado en Montevideo, a propósito del tema, subrayando días pasados: «pareciese que hay que darle muerte al caído. Y que el caído no tiene chance de redención, aún cuando establezca una pública disculpa».

Pero, «de paso cañazo», no solo Da Silveira como blanco del repudio. El periodismo deportivo en general, a la cuenta de la diatriba y el encono, del insulto que bastardea y la agresión sistematizada desde más de un poder.

Ese mismo Sociólogo no dejaba de sorprenderse, «porque ahora parece que el Uruguay tiene un rebrote de moralistas, gritando ellos a los cuatro vientos una transparencia que no la ocultan, porque simplemente no la tienen».

Por lo demás, con Da Silveira no hubo de fuego lentos. Al horno y punto.

Mientras el fútbol es capaz de abrirle paso a la gloria deportiva, pero al negocio por el negocio también.

-ELEAZAR JOSÉ SILVA-







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