¿Quién le dice, basta, al Estado?

El Uruguay, tan valorado en el mundo por la aprobación de ciertas leyes de corte liberal pese a tener en un gobierno que intenta ser socialdemócrata, el sistema tributario es tan lesivo para el ciudadano que parece que hasta vivimos en el mundo del revés.
Veamos, si un uruguayo, que gana un salario como el promedio de lo que dicen las estadísticas del gobierno (según el último índice del INE, las familias uruguayas perciben un ingreso de 40 mil y pico de pesos mensuales) decide apretarse el cinturón, eliminar el lujo de tomar coca cola, ir a comer una pizza con su familia y algunas otras pequeñeces, para arreglar su casa porque el techo de la misma se le cae a pedazos, el Estado no lo deja.
Aunque ellos digan lo contrario, no sólo no le permiten hacer nada, sino que encima se encargan de buscarle el pelo al huevo para que no lo logre, se frustre y viva como rata. Con problemas como todo el mundo, o más que todo el mundo, porque si en este caso el problema es que la vivienda se le llueve porque vive en una casa construida en los años 50, la cosa es más grave.
A esto lo digo con propiedad. En un país que hace las cosas tan bien como para que una prestigiosa revista británica como The Economist (un bastión del capitalismo moderno que nunca se llevó con gente como la que nos gobierna ahora), nos eligiera país del año en 2013, el Estado debería ayudar a la población, a la que castiga con impuestos de todo tipo y color, para que mejorara su estilo de vida.
Y en el caso de que quisiera hacerlo ¿por dónde debería empezar? Por ayudarlo a mejorar el lugar donde habita. No solo para que ese uruguayo que paga impuestos hasta a la torta frita (que la paga más cara por el precio de la harina que sube a cada rato) pueda vivir en un lugar mejor, sino hasta para que embellezca el paisaje urbano, deberían pensar en ayudarlo cuando quiere refaccionar su casa.
Esto no significa solamente que no deberían molestar a nadie mandando gente a preguntar hasta de qué color son los mangos de los martillos que usa el personal al que se contrató para esto, sino que además tendrían que premiar a ese inversionista por ser uno de los pocos arriesgados que pese al vaivén del dólar que hace que los precios de los materiales de construcción se vayan por las nubes, se anima a darle trabajo a más uruguayos y gasta el dinero en las empresas de plaza, con bastante remarque, impuestos y costos adicionales como el de los fletes que te cobran por cada bolsa que te traen, con cuyo monto sacan el dinero extra con el que las ferreterías y barracas pagan los sueldos de los pobres muchachos que andan arriba de esos camiones al rayo del sol.
Sino que también significa que deberían buscar la forma de premiar a quien por mejorar su casa embellece la ciudad, cuida el hábitat y mejora el espacio donde vive y el circundante, con bonificaciones en las contribuciones inmobiliarias, por ejemplo.
Pero no. Para qué vamos a ayudar al gil que ya nos paga un montón de plata con el IRPF, el Fonasa, el Montepío, UTE, OSE, ANTEL, ANCEL, ANCAP, el Impuesto de Primaria, las Contribuciones, la Patente del coche, el Seguro (ya que la mayoría está en manos del Banco de Seguros del Estado) y por cada trámite que quiera iniciar en el sistema estatal debe pagar hasta por respirar, si nos puede seguir pagando aún más.
Los obreros deben tener asegurado su respeto como trabajadores y deben pagar sus aportes a la seguridad social porque el Estado entiende que es un beneficio para ellos, pero muchos no confían en él, no quieren saber nada con el sistema, no pretenden que el señor Ernesto Murro (que hizo carrera como sindicalista para ser puesto por decisión política como presidente del BPS) les diga que de las migajas que cobran como albañiles tengan que darle algo al Estado.
Y no lo quieren hacer por la sencilla razón de que muchas veces estas personas se quedaron sin trabajo, y nadie, ni siquiera el SUNCA que tanto se rasga las vestiduras por los derechos de todos sus afiliados, se acordó de ellos cuando no tenían yerba ni para tomar mate. Mientras su secretario general es diputado y hasta fue capaz de sentarse en la banca para votar en la cancha, lo que rato antes reclamó como hincha desde la tribuna, porque ese es su trabajo, si Andrade (secretario general del SUNCA) no trabajara de sindicalista, no le daban el cargo de diputado y eso no es ético.
Si no cómo explica Andrade que tras encabezar en la calle la marcha para reclamar que se apruebe la ley de responsabilidad empresarial, terminó sentado en la Cámara queriendo votar a favor. Algo insólito y antiético. Porque no es serio ser sindicalista por un lado y reclamar con la gente en la calle; y luego sentarse en el lugar donde se deben cambiar las cosas de este país para votar a favor de eso mismo que él podía cambiar y no lo hizo antes.
Pero más allá de este vergonzoso caso, el Estado tiene un sistema impositivo que ayuda a los ricos a ser más ricos, a los pobres a tener alguna cosita para sobrevivir pero lo suficiente como para no dejar de serlo y a la clase media le aplica un mazazo brutal, donde el que más trabaja paga cada vez más, tanto, que ya no quiere trabajar más, sino que quiere limitarse a ver las cosas que puede conquistar por su propia mano por la televisión, porque le sale más barato pagar el cable para ver cómo es la playa, que trabajar duro en varios lugares a la vez para poder conocerla personalmente. Ya que el Estado se queda con al menos la mitad de lo que saque como ganancia.
En ese sentido, si un trabajador contrata un personal para arreglar su casa, no puede hacer la reforma que le plazca, sino la que el Estado le permita porque le cobra más de lo que sale la totalidad de la obra por el simple hecho de querer hacerla. Entonces uno tiene que sacar un préstamo hipotecario para pagar la mano de obra y los materiales de construcción por un lado, y tiene que sacar otro préstamo del mismo monto, solamente para pagarle al Estado.
Por eso me pregunto ¿hasta cuándo vamos a seguir soportando que la DGI; el BPS, el MTSS, y el resto de los buenos muchachos que componen el querido Estado que tenemos, nos sigan metiendo la mano en el bolsillo a su antojo? ¿Hasta cuándo vamos a pagar el costo de vida al precio que ellos quieren? ¿Hasta cuándo vamos a trabajar y trabajar para darle nuestras ganancias a un sistema que solo traga dinero y nunca sabemos para dónde va?
¿Hasta cuándo los trabajadores, pequeños y medianos empresarios y comerciantes, y los jóvenes profesionales liberales, deberemos seguir manteniendo al Estado y sus caprichos con leyes absurdas y normativas patéticas que son dañinas para los uruguayos, y que lesionan nuestros intereses particulares sin que nadie diga nada? ¿Hasta cuándo tengo que verle la cara a funcionarios que parecen robots, que vuelcan sus frustraciones en la vida hacia los demás, alegrándose de poner multas, sanciones y pidiendo cosas imposibles para que alguien que quiere salir adelante simplemente arreglando su casa, no pueda hacerlo?
Yo cumplo con el Estado, le doy todo lo que me pide, y me saca mucho más que a los que realmente tienen. Porque este Gobierno dijo “que pague más el que tiene más”, y eso no es así, el que tiene más no paga más, los nabos de siempre somos lo que pagamos más, que somos los que trabajamos más. Pero lo peor del caso, es que el sistema está instrumentado así y no hay partido político que lo cambie. Ninguno, porque nadie quiere volver a empezar modificando cosas que están totalmente mal hechas y que para sacarlas habría que empezar todo de nuevo. Entonces repito, yo cumplo con el Estado, pero la verdad que me tienen repodrido.

El Uruguay, tan valorado en el mundo por la aprobación de ciertas leyes de corte liberal pese a tener en un gobierno que intenta ser socialdemócrata, el sistema tributario es tan lesivo para el ciudadano que parece que hasta vivimos en el mundo del revés.

Veamos, si un uruguayo, que gana un salario como el promedio de lo que dicen las estadísticas del gobierno (según el último índice del INE, las familias uruguayas perciben un ingreso de 40 mil y pico de pesos mensuales) decide apretarse el cinturón, eliminar el lujo de tomar coca cola, ir a comer una pizza con su familia y algunas otras pequeñeces, para arreglar su casa porque el techo de la misma se le cae a pedazos, el Estado no lo deja.

Aunque ellos digan lo contrario, no sólo no le permiten hacer nada, sino que encima se encargan de buscarle el pelo alMalaimagen huevo para que no lo logre, se frustre y viva como rata. Con problemas como todo el mundo, o más que todo el mundo, porque si en este caso el problema es que la vivienda se le llueve porque vive en una casa construida en los años 50, la cosa es más grave.

A esto lo digo con propiedad. En un país que hace las cosas tan bien como para que una prestigiosa revista británica como The Economist (un bastión del capitalismo moderno que nunca se llevó con gente como la que nos gobierna ahora), nos eligiera país del año en 2013, el Estado debería ayudar a la población, a la que castiga con impuestos de todo tipo y color, para que mejorara su estilo de vida.

Y en el caso de que quisiera hacerlo ¿por dónde debería empezar? Por ayudarlo a mejorar el lugar donde habita. No solo para que ese uruguayo que paga impuestos hasta a la torta frita (que la paga más cara por el precio de la harina que sube a cada rato) pueda vivir en un lugar mejor, sino hasta para que embellezca el paisaje urbano, deberían pensar en ayudarlo cuando quiere refaccionar su casa.

Esto no significa solamente que no deberían molestar a nadie mandando gente a preguntar hasta de qué color son los mangos de los martillos que usa el personal al que se contrató para esto, sino que además tendrían que premiar a ese inversionista por ser uno de los pocos arriesgados que pese al vaivén del dólar que hace que los precios de los materiales de construcción se vayan por las nubes, se anima a darle trabajo a más uruguayos y gasta el dinero en las empresas de plaza, con bastante remarque, impuestos y costos adicionales como el de los fletes que te cobran por cada bolsa que te traen, con cuyo monto sacan el dinero extra con el que las ferreterías y barracas pagan los sueldos de los pobres muchachos que andan arriba de esos camiones al rayo del sol.

Sino que también significa que deberían buscar la forma de premiar a quien por mejorar su casa embellece la ciudad, cuida el hábitat y mejora el espacio donde vive y el circundante, con bonificaciones en las contribuciones inmobiliarias, por ejemplo.

Pero no. Para qué vamos a ayudar al gil que ya nos paga un montón de plata con el IRPF, el Fonasa, el Montepío, UTE, OSE, ANTEL, ANCEL, ANCAP, el Impuesto de Primaria, las Contribuciones, la Patente del coche, el Seguro (ya que la mayoría está en manos del Banco de Seguros del Estado) y por cada trámite que quiera iniciar en el sistema estatal debe pagar hasta por respirar, si nos puede seguir pagando aún más.

Los obreros deben tener asegurado su respeto como trabajadores y deben pagar sus aportes a la seguridad social porque el Estado entiende que es un beneficio para ellos, pero muchos no confían en él, no quieren saber nada con el sistema, no pretenden que el señor Ernesto Murro (que hizo carrera como sindicalista para ser puesto por decisión política como presidente del BPS) les diga que de las migajas que cobran como albañiles tengan que darle algo al Estado.

Y no lo quieren hacer por la sencilla razón de que muchas veces estas personas se quedaron sin trabajo, y nadie, ni siquiera el SUNCA que tanto se rasga las vestiduras por los derechos de todos sus afiliados, se acordó de ellos cuando no tenían yerba ni para tomar mate. Mientras su secretario general es diputado y hasta fue capaz de sentarse en la banca para votar en la cancha, lo que rato antes reclamó como hincha desde la tribuna, porque ese es su trabajo, si Andrade (secretario general del SUNCA) no trabajara de sindicalista, no le daban el cargo de diputado y eso no es ético.

Si no cómo explica Andrade que tras encabezar en la calle la marcha para reclamar que se apruebe la ley de responsabilidad empresarial, terminó sentado en la Cámara queriendo votar a favor. Algo insólito y antiético. Porque no es serio ser sindicalista por un lado y reclamar con la gente en la calle; y luego sentarse en el lugar donde se deben cambiar las cosas de este país para votar a favor de eso mismo que él podía cambiar y no lo hizo antes.

Pero más allá de este vergonzoso caso, el Estado tiene un sistema impositivo que ayuda a los ricos a ser más ricos, a los pobres a tener alguna cosita para sobrevivir pero lo suficiente como para no dejar de serlo y a la clase media le aplica un mazazo brutal, donde el que más trabaja paga cada vez más, tanto, que ya no quiere trabajar más, sino que quiere limitarse a ver las cosas que puede conquistar por su propia mano por la televisión, porque le sale más barato pagar el cable para ver cómo es la playa, que trabajar duro en varios lugares a la vez para poder conocerla personalmente. Ya que el Estado se queda con al menos la mitad de lo que saque como ganancia.

En ese sentido, si un trabajador contrata un personal para arreglar su casa, no puede hacer la reforma que le plazca, sino la que el Estado le permita porque le cobra más de lo que sale la totalidad de la obra por el simple hecho de querer hacerla. Entonces uno tiene que sacar un préstamo hipotecario para pagar la mano de obra y los materiales de construcción por un lado, y tiene que sacar otro préstamo del mismo monto, solamente para pagarle al Estado.

Por eso me pregunto ¿hasta cuándo vamos a seguir soportando que la DGI; el BPS, el MTSS, y el resto de los buenos muchachos que componen el querido Estado que tenemos, nos sigan metiendo la mano en el bolsillo a su antojo? ¿Hasta cuándo vamos a pagar el costo de vida al precio que ellos quieren? ¿Hasta cuándo vamos a trabajar y trabajar para darle nuestras ganancias a un sistema que solo traga dinero y nunca sabemos para dónde va?

¿Hasta cuándo los trabajadores, pequeños y medianos empresarios y comerciantes, y los jóvenes profesionales liberales, deberemos seguir manteniendo al Estado y sus caprichos con leyes absurdas y normativas patéticas que son dañinas para los uruguayos, y que lesionan nuestros intereses particulares sin que nadie diga nada? ¿Hasta cuándo tengo que verle la cara a funcionarios que parecen robots, que vuelcan sus frustraciones en la vida hacia los demás, alegrándose de poner multas, sanciones y pidiendo cosas imposibles para que alguien que quiere salir adelante simplemente arreglando su casa, no pueda hacerlo?

Yo cumplo con el Estado, le doy todo lo que me pide, y me saca mucho más que a los que realmente tienen. Porque este Gobierno dijo “que pague más el que tiene más”, y eso no es así, el que tiene más no paga más, los nabos de siempre somos lo que pagamos más, que somos los que trabajamos más. Pero lo peor del caso, es que el sistema está instrumentado así y no hay partido político que lo cambie. Ninguno, porque nadie quiere volver a empezar modificando cosas que están totalmente mal hechas y que para sacarlas habría que empezar todo de nuevo. Entonces repito, yo cumplo con el Estado, pero la verdad que me tienen repodrido.