“Tabaré Vázquez me curó el cáncer”

Antonio Grisolia tiene 71 años y solamente siete materias lo separan de cumplir su sueño de convertirse en abogado. La vida del septuagenario está atiborrada de anécdotas. A los 54 años le diagnosticaron cáncer de amígdalas y le pronosticaron tres meses de vida. Por una recomendación cayó en manos del Dr. Tabaré Vázquez, quien le devolvió el alma al cuerpo: le aseguró que su caso no era tan grave como le habían dicho y que con aplicaciones de bomba de cobalto vencería a la enfermedad. El expresidente de la República tenía razón…
Con 18 años, uno de sus hijos se fue a vivir a Europa y al poco tiempo lo siguieron sus dos hermanos, por lo que Grisolia y su señora quedaron solos en Salto. Antes de eso, Antonio fue destituido del banco Mercantil donde trabajaba (advierte que fue por cuestiones políticas) y empezó a ganarse la vida como corredor de seguros.
Siempre “intuyó” que sería abogado, pero como no quería mudarse a Montevideo, tuvo que esperar que la carrera llegara a nuestro departamento para poder estudiarla. Años después abandonó los libros, para retomar el contacto más tarde. Cuando llegue al final del recorrido educativo, habrá cumplido uno de sus objetivos en la vida, el de ser “el primer Grisolia con  título”.
Este es el “Tono” Grisolia y una historia de vida digna de ser contada.

Antonio Grisolia tiene 71 años y solamente siete materias lo separan de cumplir su sueño de convertirse en abogado. La vida del septuagenario está atiborrada de anécdotas. A los 54 años le diagnosticaron cáncer de amígdalas y le pronosticaron tres meses de vida. Por una recomendación cayó en manos del Dr. Tabaré Vázquez, quien le devolvió el alma al cuerpo: le aseguró que su caso no era tan grave como le habían dicho y que con aplicaciones de bomba de cobalto vencería a la enfermedad. El expresidente de la República tenía razón…

Con 18 años, uno de sus hijos se fue a vivir a Europa y al poco tiempo lo siguieron sus dos hermanos, por lo que Grisolia y su señora24 7 14 018 quedaron solos en Salto. Antes de eso, Antonio fue destituido del banco Mercantil donde trabajaba (advierte que fue por cuestiones políticas) y empezó a ganarse la vida como corredor de seguros.

Siempre “intuyó” que sería abogado, pero como no quería mudarse a Montevideo, tuvo que esperar que la carrera llegara a nuestro departamento para poder estudiarla. Años después abandonó los libros, para retomar el contacto más tarde. Cuando llegue al final del recorrido educativo, habrá cumplido uno de sus objetivos en la vida, el de ser “el primer Grisolia con  título”.

Este es el “Tono” Grisolia y una historia de vida digna de ser contada.

¿Cómo fue su lucha contra el cáncer?

Fue dura, porque me habían dado tres meses de vida. Eso fue en 1997 y pasé ocho meses para que descubrieran que tenía. Pasé por varios médicos y nadie daba con lo que tenía. Yo no podía tragar y ya era piel y huesos. Al final fui con el Dr. Abaddie. quien tras revisarme me descubrió una verruga en la zona de las amígdalas. Me la cortó y la llevaron a analizar, pero no salió nada. De ahí fui al Sanatorio Uruguay para someterme a una biopsia. Pero cuando estuvo el resultado, no quisieron dármelo a mí. Fueron directamente con mi mujer y le dijeron que yo tenía apenas tres meses de vida.

Pero ese diagnóstico resultó equivocado, sino usted no estaría sentado junto a mí en este momento.

Tuve la suerte de que en ese instante mi mujer se encontraba junto a Alba Coco y ella inmediatamente llamó al Dr. Tabaré Vázquez. Tras coordinar la consulta, viajé a Montevideo para que me viera. Y tras verme, Vázquez me dijo: ‘tenés que hacerte una serie de aplicaciones de bomba de cobalto, pero no vas a tener problemas’. Y de a poquito se me fue yendo el dolor y el zumbido que tenía en los oídos. Los médicos anteriores me habían dicho que cuando ese ruido viene, no se va más, pero por suerte estaban equivocados.

Se puede decir entonces que Tabaré Vázquez le curó el cáncer.

Sí, fue así. A partir del diagnóstico de Tabaré Vázquez pasé a atenderme con en el Sanatorio Uruguay con un oncólogo que había sido alumno suyo y que hoy es fallecido. Tuve en total seis consultas con Tabaré para analizar la evolución del cáncer de amígdalas. Enseguida se me fueron todos los síntomas y de a poquito empecé a comer, porque hasta ese momento me tenían que alimentar a través de unas sondas, ya que no podía tragar.

¿El deseo de estudiar tuvo que ver con su exitosa lucha contra el cáncer?

Para no pensar en el cáncer, le pedí a mi amigo Silvio Rodríguez, que es profesor de historia, que me prestara un libro para leer. Y él me animó a reinscribirme en el liceo. Curiosamente terminaría siendo mi director en el liceo nocturno, donde hice los últimos dos años en uno. Al tiempo encontré los carnés viejos y resulta que salvé materias que ya había salvado con anterioridad.

Después entré a la facultad en 1999, pero al quinto año abandoné. ¿Por qué? Dejé porque había perdido Técnica 2 y como que me desilusioné un poco y no fui más. El año pasado volví a estudiar y salvé esa materia con buena nota. Hoy me faltan siete materias para recibirme. La idea es dar cinco este año y dejar dos para el año que viene.

Usted tiene tres hijos y los tres viven en Europa, ¿no?

Tengo una hija, María Natalia, de 38 años y los mellizos Nasareno y Arturo de 32. Mis hijos varones son profesores de yoga y mi hija se dedica a la artesanía. Los tres viven allá (en Europa) desde hace 15 años. Ellos están en distintos países, porque los contratan de diferentes partes del mundo. Por ejemplo, a Nasareno lo contrataron para dar una conferencia en Nueva York. Fueron a Roma para perfeccionar el italiano, después a París para perfeccionar el francés. Han estado en todos lados.

¿Qué sentimiento le provoca tener a sus hijos tan lejos desde hace tanto tiempo?

-Es duro. Un día estábamos comiendo y Nasareno nos dijo: ‘me voy a ir a vivir a Europa y no voy a volver nunca más’. Había conocido a un alemán en el este del país y él lo convenció de que se fuera. ¿Si pensamos que estaba bromeando? No, al contrario. Lo tomamos en serio, por más que tenía 18 años. Mi hermana le pagó el pasaje y Nasareno se sintió muy cómodo en Europa y le dijo a los hermanos que se fueran para allá, porque no iba a poder creer lo que él estaba viviendo. Primero se fue nuestra hija, que estaba estudiando relaciones internacionales en Montevideo. Y finalmente se fue Arturo, después de que los hermanos le insistieran en que siguiera su camino. María Natalia se casó y tiene dos hijos. ¿Si los conozco? No, porque viajé a Europa antes de que nacieran. Estuve tres meses, pero no me gustó y me volví.

¿A qué se ha dedicado a lo largo de su vida?

Yo soy bancario destituido. Nunca fui restituido y cobro una miseria de jubilación bancaria. Fue por una cuestión política. En las elecciones de 1971 figuré en el decimoquinto lugar para ingresar al senado. Pero en la dictadura allanaron los sindicatos y se llevaron toda la documentación. Yo no tenía pruebas de haber sido dirigente sindical, ni que había integrado la lista del Frente Amplio, porque la Corte Electoral no entregaba esos datos. Después que ganó el Frente fue diferente.

Hace poco tuve una reunión con (José) el “Pepe” Bayardi en Montevideo, para ver si se puede solucionar algo. Las pruebas son evidentes de que me echaron por razones políticas, pero como estamos en año electoral, no se puede hacer nada.

¿En qué banco trabajaba? En el Mercantil. Y después, cuando fue intervenido, pasé al Banco República. Eso sucedió en el 76. Y cuando me echaron tenía 33 años y mi hija tenía apenas un año. ¿Quién ordenó mi destitución? (Julio María) Sanguinetti.

Y después de ser destituido en el banco, ¿cómo se ganó la vida?

Después entré al Banco de Seguros como corredor, gracias a que un amigo mío que era subjefe de policía me consiguió el carné de buena conducta. Actualmente sigo trabajando como corredor para Porto Seguros, Royal & Sunalliance y el Banco de Seguros.

Manejo mis propios horarios. Me despierto todos los días a las 4.30 o 5.00 y ahí empiezo a pensar qué es lo que voy a hacer durante el día. ¿Si le dedico mucho tiempo al estudio? Sí, le dedico varias horas. Cuando tengo algún escrito muy complicado, hablo con Silvia Cabrera, que es una de las abogadas del estudio jurídico. A fin de mes tengo que hacer una pasantía de un mes en el juzgado penal: de 13 a 18.

¿Por qué se le ocurrió estudiar Derecho? ¿Qué lo motivó a seguir esta carrera?

Porque a mí me han jodido muchas veces por no conocer las leyes. Por ejemplo, un abogado me hizo hacerle un telegrama que no correspondía. Él y un ave negra que compraba y vendía autos me hicieron perder 10.000 dólares. ¿Si denuncié el caso? No. Recién ahora, mirando el artículo 194 del código penal descubrí que podía haberlo denunciado.

Además, nunca hubo ningún profesional en mi familia, por lo que quiero recibirme para que por lo menos haya un Grisolia con título. A los 18 años intuía que sería abogado, pero la carrera no podía estudiarse en Salto y no quería irme a Montevideo. Por eso tuve que esperar para empezar a estudiar.

¿Qué desafíos le quedan por cumplir en la vida?

-Uno de ellos es visitar la ciudad de Grisolia, en la provincia de Mormanno. Mi abuelo era de allá. Por eso es que todos tenemos la nacionalidad italiana. Mi padre conservaba el certificado de bautismo de mi abuelo y con ese documento se hizo ciudadana mi hermana, que estuvo presa por tupa, un día que pasó junto a mi madre por la embajada italiana. Después adquirí yo la ciudadanía y conmigo el resto de la familia. ¿Cómo fue la historia de mi hermana? Estuvo 10 años presa en la cárcel de mujeres en la época de la dictadura.







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