“Vestir esa camiseta, lavarla y coserla mientras aguante”

Es hoy. Es Peñarol de Salto, para arribar al centenario. El Arq. Juan Carlos Ferreira, un pasional de la causa. Siempre lo fue. Pero también ahora, en la función de dirigente. Apelar a él desde EL PUEBLO, para que su corazón manya se transforme en lenguaje. Y entonces….contará.
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“Una vez al año –en  el cumpleaños de Griselda– nos encontramos con el Polaco; inevitablemente hablamos de la final que le ganamos a Ferro en el 69, que no pude ver porque me había ido a estudiar a Montevideo. El Polaco, en cambio, fue protagonista directo (hacha y tiza, más hacha que tiza). Reconoce –con infinita picardía– que le echó tierra en los ojos a Orestes y que éste, igual, hizo el gol. Fue la última vez que salimos campeones salteños en Primera.
En la década del 70 tuvimos un equipo formidable en básquetbol, con los hermanos Gallo, los hermanos Severo y el Pelón. Tampoco los pude ver.
¿Acaso siempre lejos de Peñarol? Al contrario: de niño viví en W. Beltrán, a la vuelta de la humilde sede, que estaba en calle Artigas; cuando nos mudamos a Río Branco, también se mudó Peñarol, a la Av. Florida, que quizás ya era Barbieri.
En aquellos años, Peñarol de Salto era el Lito, aquel grandote en cuerpo y alma que se trenzaba en interminables discusiones con mi tío Machungo en la barraca La Campaña. Era mi padre, que me llevó a ver los primeros partidos al Dickinson;  peñarolenses de Montevideo, no concebíamos ser hinchas de otro club en Salto existiendo un Peñarol. Más adelante descubrí con sorpresa infinita que había aurinegros de acá que eran de Nacional de Montevideo y viceversa. Los bauticé “cruzados”; mi amigo Enrique, que está en las antípodas de mi pasión deportiva, los llama “impuros”. Que los hay, los hay; en una cancha vi algo increíble: un muchacho, con camiseta de Nacional (de allá), gritando por Peñarol (de acá). La explicación es sencilla: los colores tiran… y el barrio también.)
Peñarol de Salto no es “el carbonero”, justo es decirlo; es Ferrocarril. Tampoco es el cuadro de los “manyas”. Manyas somos los hinchas del otro Peñarol, el hermano mayor, el de Montevideo, el que nació en un barrio obrero en el seno de la empresa Central Uruguay Railway, cuyos dueños querían jugar… al cricket. Somos “manyas” a raíz de la expresión peyorativa de uno que se fue por plata cuando el profesionalismo no existía. (Lástima que se llevó al hermano, que era un crack.)
El destino quiso que nuestro Peñarol salteño naciera también cerca de las vías del ferrocarril, en 8 de Octubre y Arregui, cerca de la estación Midland. En el taller de Agustín está el primer libro de actas, con los nombres de la primer directiva, el primer presidente, el primer capitán.
6 de marzo de 2015: ha pasado el primer siglo. Recuerdo la bronca de Papá cuando perdimos con Independencia la final por evitar el descenso. Recuerdo cuando me puse por primera vez la gloriosa camiseta para jugar al básquetbol. Recuerdo que en Menores, contra Círculo, terminamos jugando sólo tres (el Quique, Eduardo y yo) porque no teníamos más cambios; “Bien, gurises” nos decía Piquito, emocionado. Miro una foto de Juveniles: ya no están el Pipo, Fernando y el Quique.
Hemos bajado a la C. ¿Magra cosecha? Y sí. Pero hay otras cosas además de la posición en la tabla. Un club de barrio es su gente, la que hace mil cosas… vestir esa camiseta, lavarla y coserla mientras aguante, vender pasteles para juntar unos pesitos, gritar detrás del alambrado una y otra vez ¡VamoPeñarolvamo!, ahorrar para comprar una pelota o los zapatos, rascar los bolsillos para pagar las cuentas, muchas veces sin poder dormir; la gente son los gurises del baby, los de ahora y los de ayer que llevan a sus hijos a la cancha que Manito hubiera querido cuidar; la gente es la que, cuando piensa en Peñarol, piensa en Pedro Virgilio Rocha.
En Peñarol y en otros clubes de barrio hay una intención, algo superior a todos, un espíritu que nos hace competir y querer ganar siempre, con lealtad. Ese espíritu nos hace vestir (a veces en la imaginación) de oro y carbón pues a otra cosa no aspiramos: ser a la vez metal con brillo propio, noble y resistente para luchar y ser también carbón y volvernos brasa toda vez que alguien precise nuestro calor.
Arq. JUAN CARLOS FERREIRA

Es hoy. Es Peñarol de Salto, para arribar al centenario. El Arq. Juan Carlos Ferreira, un pasional de la causa. Siempre lo fue. Pero también ahora, en la función de dirigente. Apelar a él desde EL PUEBLO, para que su corazón manya se transforme en lenguaje. Y entonces….contará.

“Una vez al año –en  el cumpleaños de Griselda– nos encontramos con el Polaco; inevitablemente hablamos de la final que le ganamos a Ferro en el 69, que no pude ver porque me había ido a estudiar a Montevideo. El Polaco, en cambio, fue protagonista directo (hacha y tiza, más hacha que tiza). Reconoce –con infinita picardía– que le echó tierra en los ojos a Orestes y que éste, igual, hizo el gol. Fue la última vez que salimos campeones salteños en Primera.

En la década del 70 tuvimos un equipo formidable en básquetbol, con los hermanos Gallo, los hermanos Severo y el Pelón. Tampoco los pude ver.

¿Acaso siempre lejos de Peñarol? Al contrario: de niño viví en W. Beltrán, a la vuelta de la humilde sede, que estaba en calle Artigas; cuando nos mudamos a Río Branco, también se mudó Peñarol, a la Av. Florida, que quizás ya era Barbieri.

En aquellos años, Peñarol de Salto era el Lito, aquel grandote en cuerpo y alma que se trenzaba en interminables discusiones con mi tío Machungo en la barraca La Campaña. Era mi padre, que me llevó a ver los primeros partidos al Dickinson;  peñarolenses de Montevideo, no concebíamos ser hinchas de otro club en Salto existiendo un Peñarol. Más adelante descubrí con sorpresa infinita que había aurinegros de acá que eran de Nacional de Montevideo y viceversa. Los bauticé “cruzados”; mi amigo Enrique, que está en las antípodas de mi pasión deportiva, los llama “impuros”. Que los hay, los hay; en una cancha vi algo increíble: un muchacho, con camiseta de Nacional (de allá), gritando por Peñarol (de acá). La explicación es sencilla: los colores tiran… y el barrio también.)

Peñarol de Salto no es “el carbonero”, justo es decirlo; es Ferrocarril. Tampoco es el cuadro de los “manyas”. Manyas somos los hinchas del otro Peñarol, el hermano mayor, el de Montevideo, el que nació en un barrio obrero en el seno de la empresa Central Uruguay Railway, cuyos dueños querían jugar… al cricket. Somos “manyas” a raíz de la expresión peyorativa de uno que se fue por plata cuando el profesionalismo no existía. (Lástima que se llevó al hermano, que era un crack.)

El destino quiso que nuestro Peñarol salteño naciera también cerca de las vías del ferrocarril, en 8 de Octubre y Arregui, cerca de la estación Midland. En el taller de Agustín está el primer libro de actas, con los nombres de la primer directiva, el primer presidente, el primer capitán.

6 de marzo de 2015: ha pasado el primer siglo. Recuerdo la bronca de Papá cuando perdimos con Independencia la final por evitar el descenso. Recuerdo cuando me puse por primera vez la gloriosa camiseta para jugar al básquetbol. Recuerdo que en Menores, contra Círculo, terminamos jugando sólo tres (el Quique, Eduardo y yo) porque no teníamos más cambios; “Bien, gurises” nos decía Piquito, emocionado. Miro una foto de Juveniles: ya no están el Pipo, Fernando y el Quique.

Hemos bajado a la C. ¿Magra cosecha? Y sí. Pero hay otras cosas además de la posición en la tabla. Un club de barrio es su gente, la que hace mil cosas… vestir esa camiseta, lavarla y coserla mientras aguante, vender pasteles para juntar unos pesitos, gritar detrás del alambrado una y otra vez ¡VamoPeñarolvamo!, ahorrar para comprar una pelota o los zapatos, rascar los bolsillos para pagar las cuentas, muchas veces sin poder dormir; la gente son los gurises del baby, los de ahora y los de ayer que llevan a sus hijos a la cancha que Manito hubiera querido cuidar; la gente es la que, cuando piensa en Peñarol, piensa en Pedro Virgilio Rocha.

En Peñarol y en otros clubes de barrio hay una intención, algo superior a todos, un espíritu que nos hace competir y querer ganar siempre, con lealtad. Ese espíritu nos hace vestir (a veces en la imaginación) de oro y carbón pues a otra cosa no aspiramos: ser a la vez metal con brillo propio, noble y resistente para luchar y ser también carbón y volvernos brasa toda vez que alguien precise nuestro calor.

Arq. JUAN CARLOS FERREIRA