31 de diciembre también es pensar en Quiroga

El último día del año, como hoy, pero del año 1878 (tan al límite que algunas biografías dicen «1879»), nacía en el Salto Oriental quien se convertiría en el salteño de mayor trascendencia: geográfica, temporal e idiomáticamente hablando: Horacio Silvestre Quiroga Forteza. En esta oportunidad, el homenaje de esta página de EL PUEBLO lo constituyen unas palabras que sobre él escribió hace un tiempo un salteño de hoy, Jorge Menoni (poeta, narrador y guionista radicado en Holanda), palabras que encabezan estas otras, de Ezequiel Martínez Estrada (del libro El hermano Horacio QuirogaQuiroga): «Quiroga no era hombre creado por Dios para la soledad…sufría de no amar y no de estar solo…Todo desterrado sobrelleva el dictamen de hereje, y todo hereje es desterrado de una feligresía que lo acosa y lo niega». Son las siguientes:
Tercamente insistí a lo largo de mi vida en entrevistar a Horacio Quiroga. Sabía que tan sólo era una necesidad mía, pues Quiroga siempre estuvo solo, encerrado en su mundo interior y en los abismos del horror, un mundo sagrado entre el sueño y la pesadilla desde donde nos contó el universo visible del alma. Me basta imaginar un tramposo retroceso en el tiempo a modo de una resurrección en la memoria, para situarme en una época que no viví y convocar a los muertos a un retorno presente. Tanto el misterio como la literatura fueron creados para evadir la incomodidad de tener que explicar lo inefable, por lo tanto, prefiero colarme entre las páginas de este libro de Martínez Estrada, El hermano Quiroga, quizá lo mejor que se haya escrito sobre él, para entrar desapercibido en la irrealidad. Hace mucho que lo persigo, lo comencé a buscar en Montevideo a principios del 1900 en su pieza de conventillo de la ciudad vieja, aunque ya le seguía la pista desde Salto, su ciudad natal, luego en París, la selva de Misiones y últimamente en ese breve instante de eternidad donde intuimos las posibles huellas de la divinidad en el mundo real. Nunca supe ciertamente si algún día nuestros caminos habían de cruzarse y en todo momento me invadió contradictoriamente la certeza de que un encuentro póstumo con él malograría el recuerdo intransferible de la posesión del misterio que lo circundó. Cuando finalmente comprendí que lo único que importaba de un escritor es su obra, dejé de lado la idea de la entrevista y comencé a inventarme una inexistente y amistosa relación literaria con él y con sus cuentos. Mi primer acercamiento imaginario fue en esa ciudad del litoral donde nacieron sus primeras narraciones. Lo veo sentado debajo de la higuera leyendo en voz alta un fragmento de su cuento A la deriva y hago de cuenta que me lo está leyendo a mí:
«El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras…». Vuelvo a verlo detenido un momento, uno de los pocos momentos que pudiera dejar de exprimir su mente y saborear el aire despojado de Misiones, el color vivaz de una noche sin dormir. Veo su mirada que va más allá de lo que diariamente aburre y mortifica al hombre cotidiano, veo sus brazos inquietos ayudando a las palabras para convencer, veo el fuego que arde dentro y quema lejos, donde su alma ve pero no alcanza, e imagino que en un esfuerzo supremo de amor, de locura y de muerte lee otro fragmento de su cuento La insolación:
«La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blancuzca del patio, deslumbrada por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los fox-terriers…».
Ahora que Quiroga hace mucho que ha muerto, puedo liberarme de mi deseo y mi culpa y mi satisfacción por no haberlo entrevistado, pues la creación literaria no se halla en la vida de nadie, sólo pertenece a ese espacio impenetrable del misterio y la belleza que tan solo unos pocos saben amar y ser consecuentes con su destino. Ya por última vez lo veo a un lado de una mesa, a la luz de una lámpara de esas que no arden los ojos. Quiroga está extenuado, solitario, elevado aún dentro del hondo pozo espiritual que no acepta más baja caída. Este es mi último recuerdo y lo guardo para este momento con que termina esta entrevista imaginaria frustrada, quizás la más bella, con este grande que parece despedirse de mí con un fragmento del cuento El hijo, tal vez su cuento más fantástico y visionario. Cuento que será el mejor homenaje y mi pobre representación temporal que puedo rendirle a este hombre de triste destino y alma venturosa, padre del cuento rioplatense y a quién hoy recordamos con tremenda vigencia por la dimensión universal de su obra:
«El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres horas transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo…».
«Hasta otra, más feliz, querido Estrada. Escríbame cuando le haga falta desahogo, como es mi caso», fue lo último que Quiroga le escribió a su «hermano» Estrada el 9 de febrero de 1937. «Hasta otra y por siempre Quiroga», me hubiera gustado a mí también decirle hoy 9 de febrero del 2012, que concluye este intenso deambular en mis sueños tras los pasos de Quiroga, persiguiendo una amistad espiritual que hoy añoro y recuerdo con este escritor que creó su propio mito y que permaneció fiel a él, hasta ese solitario y doloroso instante del ocaso en que nos abandonó para siempre. Pero como quería Montaigne, el inventor de las amistades literarias, me conformo con esta imaginaria amistad y la felicidad de no haber podido entrevistarlo, pues siempre hubo suficientes momentos que nuestro mayor escritor prefirió estar solo, abandonado a su destino aciago y tremendo desde donde construyó una literatura admirable.
Jorge Menoni







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