“A Ramón Rivas nunca le pateaba menos de 300 remates por práctica”

“A eso que vivimos lo recuerdo como si fuese hoy. La verdad es que han pasado unos cuantos años. Pero tampoco tantos, como para entender que era lo bueno. Que es lo que estaba bien”.
-¿Para vos estaba bien?
“Porque era lo que correspondía, desde el momento que cada uno buscaba el mejoramiento, la evolución. En mi caso, perfeccionar el tiro y Ramón para evitar que la pelota entrara. Ojo que esos entrenamientos a mediodía, iban en serio. A la cancha de Ferro Carril, no íbamos a pasear”.

Con ROBERTO MEZZA el fútbol es siempre. Respira. Se transmite.
Incluso, a la hora misma de establecer paralelismos. De ayer y del hoy. Sobre todo, cuando el presente genera decepciones, porque tantas veces es más lo que se mete, que lo que se juega.
El imperio de la dinámica y el ausentismo de la tregua.
Cuesta la elaboración, en medio de tantas telarañas defensivas.
Pero acaso también, la puerta entornada para descubrir eficacia a la hora de ejecutar contra las piolas contrarias.

-No está mal que lo cuentes.
“Fue al año siguiente en que vino de Montevideo, después de atajar en Danubio. Por eso, hablo de 1981. Nos juntábamos un momento antes del mediodía en la sede y nos íbamos a la cancha de Ferro. Nunca estábamos menos de una hora”.
-¿Y entonces?
“Yo digo que a Ramón Rivas nunca le pateaba menos de 300 remates por práctica. Desde todos los ángulos. Con pelota quieta o en movimiento. A veces llevábamos a alguien más para que tirara centros, yo los recogía y al arco siempre con Ramón, una y otra vez para responder”.
-¿Respondía?
“En el entrenamiento uno calibraba porque era el arquero que era. Se mataba en los entrenamientos. Y ojo que a cada pelota que iba, arqueando el cuerpo a un lado o al otro o yendo abajo, para rechazar con el pie, no dejaba de dar todo. O sea, el entrenamiento con Ramón iba en serio. Además, a mi me servía un montón, porque pasaba a mejorar la técnica del remate”.
-¿Dónde está el secreto?
“En el entrenamiento. No hay dudas. Según cuentan, cuando llegó Walter Finozzi a Salto, en la cancha de Baby de Peñarol había un arco grande. El “Paisano” pedía que pusieran pelotas aéreas y entonces, aparecía el cabezazo. De repente, cientos de cabezazos en la semana y eso en los domingos de fútbol, claro que se veía. Era el resultado de todo el entrenamiento”.
-Fueron cambiando las cosas…
“Claro. Nos gustaba. Pongo el ejemplo de Deportivo Artigas a principio de los 90, que teníamos aquellos equipazos. Entrenábamos a los 12. Pero una hora antes, la mayoría de nosotros, ya estaba en la cancha. Tiros y más tiros. Hasta entre nosotros competíamos. Después aparecía el “Chucho” González y con él encarábamos la preparación física. Y seguíamos en esa línea. Ahora, lo que uno ve es que el jugador no disfruta del entrenamiento y para muchos es una obligación. Uno escucha decir que antes había más calidad individual y creo que existía superior apego al entrenamiento o cómo se entrenaba. A veces en Salto uno puede ver partidos, con alguna emoción de vez en cuando o que surgen toda una serie de equipos complicados para llegar al gol. Yo digo que si no existen goleadores por vocación, justamente hay que mejorar la técnica para que por lo menos se defina mejor”.

El fútbol. El gol. La perfección. La búsqueda. Las sesiones en la semana. Un delantero que remata. Y un arquero que rechaza. De Roberto a Ramón. ¿300 remates por cada sesión? ¿Cuántos por semana? ¿Cuántos por mes? Ahí está la razón: ahí está.

-ELEAZAR JOSÉ SILVA-