Algo más que un cantor de tangos

A propósito de Carlos Gardel

(Colaboración de Alejandro Michelena)
Gardel es lo más parecido a un genio tutelar para la gente sencilla del Río de la Plata.
Está siempre ahí, con su eterna sonrisa, en ese bar de esquina donde después del trabajo recalan los hombres a tomarse una copa.
Y su voz nace del aparato de radio cada mañana acompañando los ritmos hogareños. Como duende travieso desliza su canto por las calles –a modo de clima sonoro–, en las capitales del Río de la Plata pero también en Santiago de Chile, y en La Habana (donde tiene tantos fervorosos cultores, y se organiza con regularidad un festival de tango que convoca su nombre), y en Ciudad de México donde los tangueros son tan exquisitos como jazzistas.
Pero el mito de su voz, sostenido en el tiempo, está cimentado en una realidad concreta: Carlos Gardel fue un cantor único. Y no sólo de tango, como muchos piensan, aunque se lo identificó con el ritmo del dos por cuatro. Comenzó como un excelente intérprete de los aires folklóricos, tanto los originarios de la pampa húmeda argentina como los de la ondulada y más árida del Uruguay. Cultivó luego la milonga como un jardinero prodigioso, acompañado en un buen trecho con solvencia por el músico y compositor uruguayo José Razzano.
Y precisamente, el lugar de origen del genial Carlitos es un dato sobre el que siguen polemizando los gardelianos en pleno Siglo XXI. Y como siempre, esta mezcla de expertos y fervorosos está dividida en dos bandos: los que se inclinan por la hipótesis “francesista” y continúan asegurando que nació en Toulouse, Francia; por otro lado aquellos que en base al pasaporte que usaba y más recientemente el documento de identidad, ubican su lugar de origen en Tacuarembó, Uruguay.
Qué tango hay que cantar…
Cuando llegó al tango –o el tango llegó a él– ya tenía una singular trayectoria, y llamaba la atención por su forma de poner la voz en las canciones de tierra adentro y en ese ritmo síntesis que es la milonga suburbana. A esa altura había actuado tanto en pulperías orilleras como en cafés del centro bonaerense y era conocido como El Morocho del Abasto, porque en el emblemático barrio porteño de ese nombre transcurrieron parte de su niñez y juventud. Luego, cuando se convirtió en el número uno de la valiosa constelación de cantores de tango de la primera hora, no dejó de lado sus viejos amores, y aquellos aires musicales del pasado tuvieron siempre un lugar en su repertorio. Además, interpretó a menudo el vals –ese primo hermano del tango– de manera notable.

En su periplo francés, y más tarde en su incursión neoyorquina, El Mudo –como la gente lo sigue llamando, aplicando una metáfora contradictoria pero elocuente para delinear lo excepcional– incorporó a sus espectáculos, grabaciones y películas, fox-trots y canciones melódicas. Y si hubiera tenido tiempo, de poder cumplir sus planes de vivir y trabajar en México, tal vez lo tendríamos ahora –además– como singular y tal vez inolvidable cultor del bolero y hasta de las rancheras.
Lo que serios especialistas aseguran es que podría haber sido cantante de ópera. Tenía sobradas condiciones para ello.
El propio artista fue consciente de tal cualidad, y tenía proyectado trabajar para desarrollar su voz en esa dirección cuando lo sorprendió la muerte.
No cabe duda que el arte mayor de Gardel se desarrolló plenamente vinculado al tango.
Fue a partir de su voz que surgió la figura del cantor, porque antes era un ritmo básicamente instrumental y bailable.
El canto gardeliano fue el soporte para que los letristas se inspiraran y fueran creando ese prodigio dramático que a veces –cuando logra superar el melodrama– llega a ser el tango.
Cuando llega a las cumbres de sus mejores momentos de la mano de genuinos poetas como Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Enrique Cadícamo, Catulo Castillo, Homero Espósito.
El Mago marcó el tono y el estilo para cantar el tango. El modo de frasear, de modular, de entonar, de marcar versos y ritmos.
Surgieron después muchos otros buenos intérpretes, pero todos –aún diferenciándose cada uno en su propia característica– debieron partir de esa “forma” que es auténtica creación de Gardel.
Él fue el profeta, y a la vez el más autorizado sacerdote de la religión tanguera







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