Amante de la naturaleza y protector de especies nativas

Las casualidades o causalidades hicieron que llegara a EL PUEBLO en la mañana del domingo 5 de junio, fecha en que se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente; y haciendo honor a como se fueron sucediendo los hechos en gran parte de su vida, Wilson González, un amante y protector de la flora y la fauna comentó sobre su historia y su vinculación al cuidado del ambiente.WilsonGonzález
Nació en el Barrio El Cerro de nuestra ciudad, un populoso barrio en el que echó raíces como un árbol y fue el suelo fértil en que alimentó sus proyectos de protección y difusión del cuidado al medio ambiente junto a su compañera de vida y de inquietas ideas María Carmen Jiménez. De joven, poco y nada sabía de la vida silvestre o del campo, pero la ilusión de conocer más sobre la biología animal lo llevó a Montevideo en busca de una formación agrónoma, que le diera las herramientas para transitar el camino que anhelaba.
La capital, fue un antes y un después para Wilson y lo marcó en muchas etapas de su vida. Le dio la formación en Ingeniero Agrónomo a través de sus estudios en la Universidad de la República, allí conoció a su esposa y allí también, por esas coincidencias del destino nacieron sus tres hijos, Tacuabé, Nandí y Arandí.
La ciudad del cemento, a la que su madre lo acompañó a llegar tras un largo viaje de tren hace exactamente 50 años, fue también (y aunque parezca contradictorio), el lugar que le dio la oportunidad de conocer por primera vez el campo, gracias al trabajo que inició en el MGAP (Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca) y que le llevó a conocer prácticamente todo el interior del país en una experiencia invaluable.
Pero más allá de eso, sus raíces siempre estuvieron en Salto y aquí volvió y aquí continuó sus proyectos que lo mantienen como un “jubilado activo” (como él mismo se define) trabajando de forma incesante en lo que considera son “pequeñas acciones que en el medio en que se vive pueden adquirir una gran trascendencia”.

¿Nació en el barrio en que actualmente vive pero la búsqueda de una formación lo llevó a Montevideo?
“Yo nací propiamente en el Cerro y no en el Hospital, así que podemos decir que soy un producto del Cerro, en la zona que de alguna manera todavía vivo. Nací un 22 de noviembre de 1947 y mi hermano nació tres años más tarde en la misma fecha. Concurrí a la escuela Nº 64 y al liceo Nº 1 y en marzo del 66 fuimos a Montevideo con mi madre que me acompañó hasta la estación Sayago. Después, en el año 68 dí un concurso e ingresé al MGAP para trabajar en la protección de cultivos y praderas, mientras continuaba estudiando. El trabajo me permitió conocer el campo en esos viajes que hacíamos y empezar a ver la práctica con otra visión. Esos años no fueron fáciles porque el cambio fue abrupto y perdí algunos exámenes que me hicieron pensar en volver, pero continué. También jugué al fútbol en la Liga Universitaria y tuve el honor de capitanear el cuadro. Jugaba de 9 y todavía guardo en mi casa la camiseta” (risas).

En Montevideo trabajaba, estudiaba y jugaba al fútbol, ¿se podía con todo?
(Risas). “Sí, se podía. Y también de alguna manera colaboraba con las actividades del grupo de estudiantes de agronomía. Algo que tengo que destacar de Montevideo fue la zona en que viví, de todos los años en que estuve allá, 10 viví en Sayago. Con ese lugar tengo como una conexión especial porque es un barrio que siempre me recordó mucho a Salto. Yo sabía que trabajando iba a retrasar un poco mi carrera, pero la experiencia que me dio el Ministerio en aprender a ver el tema ambiental es algo que yo valoro mucho. Hasta que en el 74 terminé la carrera”.

¿Y cuándo vuelve a Salto?
“En 1977 gestioné mi traslado para Salto porque era una época muy compleja para nuestro país a nivel político y yo era militante en uno de los primeros comité de base de Sayago en Montevideo. No era tan partícipe, pero colaboraba con el grupo. En un momento pensamos con mi señora en irnos al exterior pero fue algo que descartamos y la opción fue venir a Salto. Vivimos un tiempo con mis padres y después nos fuimos a vivir en el Cerro más propiamente en el barrio Baltasar Brum. Acá continué trabajando en el Ministerio y con María Carmen en el cuidado del medio ambiente, en el barrio, en lo local, porque sabemos que el mundo como tal no lo vamos a cambiar globalmente pero sí podemos tener acciones donde vivimos que pueden ser muy importantes”.

¿Sus hijos llevan nombres muy particulares que tienen un gran significado para la familia?
“Sí, es así. En 1971 nos conocimos con María Carmen y en el 72 nos casamos. Nos conocimos por amigos en común en Montevideo y va para 4 décadas que estamos juntos. Los hijos demoraron un poco y dio la casualidad que los 3 nacieron en Montevideo. El primero de ellos nació en 1976 y se llama Tacuabé Gabriel, el segundo nació en el 78 que es Nandí y en el 81 Arandí. Son todos nombres que significan mucho para nosotros. Tacuabé fue uno de los nativos que llevaron a Europa, Nandí quiere decir libre en guaraní y Arandí significa luz. Además, ellos también le pusieron a sus hijos nombres muy particulares y significativos lo que de alguna manera nos reconforta en las decisiones que hemos tomado”.

¿Integra la Comisión vecinal del barrio Baltasar Brum desde su fundación?
“A partir del año 85, empieza a gestarse la Comisión del barrio Baltasar Brum y ya van a hacer 30 años que participamos en ella. Una comisión que se ha mantenido y ha ido escalando logrando metas que le permiten tener una identidad propia dentro del departamento, que sigue muy activa y en lo que hace a temas ambientales como a otros temas siempre estamos participando”.

¿Con María Carmen trabajaron en el Club de Ciencias Ibirapitá?
“En el año 87 proponemos la creación de un grupo de niños y jóvenes para hacer tareas en el barrio que pasó a llamarse Club de Ciencias Ibirapitá. Trabajamos con las escuelas Nº 5 y Nº 11 con grupos extracurriculares que realizaran acciones en el barrio para mejorarlo. Durante 10 años este club funcionó con alrededor de 20 niños que iban todos los sábados a la mañana en un proyecto denominado “mi barrio es un ecosistema”. También trabajamos con un grupo de jóvenes del liceo 2 que tomaron como referencia el arroyo Sauzal y lo que era un proyecto por un año continuó por 2 años más”.

¿Pero la educación en el cuidado del ambiente también fue con personas más grandes?
“De alguna manera es así, porque cuando se crea la UNI 3, estuvimos a cargo del taller del grupo educación ambiental durante 10 años. En ese caso trabajamos con personas de una mayor edad y trabajamos en el aula y en el entorno de la ciudad compartiendo y valorando el ambiente que nos rodea. Esa fue una experiencia muy importante también”.

Actualmente integra la Asociación de Amigos de la Flora Nativa …
“Empezamos como un grupo que le gustaba mucho el tema de la Flora Nativa con personas que venían del Garden y después se sumaron más personas. En 2004 se da un curso de flora nativa que era para 25 personas y se inscribieron cerca de 150. Ese grupo se consolidó y hoy muchos de ellos conforman la identidad de ese grupo de Flora Nativa con el cual hacemos actividades. Cuidamos el parque de Flora Nativa que es un monumento en representación a la Redota ubicado sobre la ex ruta 3 próximo a la Gaviota, conformado por árboles y especies nativas”.

¿Cuál es su próximo proyecto en este tema?
“Ahora estamos retomando el proyecto que iniciamos con el grupo en el 2006, cuando Salto celebró los 250 años del proceso fundacional. En ese entonces plantamos 1 árbol por cada año de Salto en diferentes espacios públicos y privados. Hoy estamos retomando eso yendo a visitar cada uno de esos árboles para ver como están y tomar contacto con quienes los cuidan”.

¿Cómo ve Salto respecto al cuidado del ambiente y las especies nativas?
“Salto como departamento con una obra tan grande como la represa perdió gran parte de su monte ribereño, en la ciudad no hay prácticamente nada de especies nativas y algo se recupera en la zona de Corralito.
Un departamento que tiene a su lado un río como el Uruguay casi no tiene monte ribereño y todavía no se ve una actitud que contribuya a una forestación.
El río no debería verse desde la costa, debería haber un monte ribereño que hoy ya no está, pero no es fácil revertir eso porque conlleva un proceso muy lento por la naturaleza y nosotros hacemos poco y nada por mejorarlo”.







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