Apostilla sobre el «Ulysses», en el día de Leopoldo Bloom

(Colaboración de Alejandro Michelena)

Con su novela “Ulises”, James Joyce revolucionó el terreno estético casi en igual medida que Picasso, en la pintura, con sus “Señoritas de Avignon”. La escritura de la misma va paralela a la Primera Guerra mundial.
Por un lado, en el relato joyceano el tiempo se elastifica en un sentido einsteniano, en esa larga narración que abarca solamente un día del protagonista, Leopoldo Bloom. Este sufre peripecias que son paralelas a las que tuvo que pasar Odiseo en su largo retorno a Itaca, con elementos y claves para que el lector asocie el oscuro personaje de una ciudad moderna con el héroe homérico. El encare sicologista de la novela decimonónica desaparece. No hay una secuencia narrativa lineal, no hay progresión convencional, la perspectiva del relato está dada por la subjetiva visión de los personajes. Diversas técnicas son aprovechadas por Joyce en esta obra: el collage (que ya los cubistas habían aplicado a la pintura), la interpolación de textos variados (que va a ser de uso luego en la poesía), la utilización de dialectos y hasta palabras de su propia creación. El resultado es una estructura cortada, parcializada, cuyo ritmo tiene mucho que ver con esa condición de “modelo para armar” que lo caracteriza.
Son frecuentes las charlas sicológicas internas —que no se limitan al famoso monólogo de Molly—, que tienen que ver con la “corriente de la conciencia” de William James y mucho más con el psicoanálisis freudiano. Culmina en el “Ulises” un encare de la novela como microcosmos, es decir casi un “mandala”, donde no solamente está reflejada una concreción literaria y una visión de la sociedad sino que también abarca problemas ontológicos tradicionalmente reservados a la religión y la filosofía.
La novela, en un siglo de materialismo práctico y de escepticismo moral, pasa a colmar necesidades que ni las iglesias ni los dogmas podían llenar.