Aquel mural de su San José que marcó su vida desde muy joven

El maestro Carlos Calisto, Director de la ACJ Salto posee una rica experiencia como lider de la institución a la que se vinculó siendo niño, pero también  tuvo que desempeñarse fuera de la institución, dado que con la crisis del 2002, la ACJ de Buenos Aires le dejó sin trabajo y hubo que salir a buscar el sustento de su familia.

En diálogo con EL PUEBLO, ambientado por la algarabía de los niños que disfrutaban de sus vacaciones compartió su experiencia personal.
Ingresó a la ACJ en San José con 11 años “porque mi madre era directora en la escuela rural en  Carretón a 13 km de la ciudad de San José.  Soy el mayor de 3 hermanos varones, terminé la escuela, tenía que hacer el liceo -ahí no se preguntaba, había que hacerlo- y nos vinimos al pueblo. Mi madre después viajaba a la escuela, y con 11 años, después de haber estado 5 años en campaña vine a la ciudad, que, salvando la distancia, una ciudad de 28 mil habitantes (era) muy pequeña comparada con la ciudad de Salto, de todas formas para quien viene del campo, perdido, era enorme.
La verdad que la ACJ de alguna manera me salvó la vida, porque me dio un segundo hogar.
Ingresé cuando tenía 11 pero cumplía en setiembre, entonces siempre estuve 8 o 9 meses en desfasaje con el resto, era el menor del grupo.
Empecé el liceo, empecé a participar de las clases de liceales, 3 años después empecé el preliderato, donde los gurises empiezan a mostrar algún tipo de voluntad o inclinación por ayudar, por colaborar…

En diálogo con EL PUEBLO, ambientado por la algarabía de los niños que disfrutaban de sus vacaciones compartió su experiencia personal.

Ingresó a la ACJ en San José con 11 años “porque mi madre era directora en la escuela rural en  Carretón a 13 km de la ciudad de San José.  Soy el mayor de 3 hermanos varones, terminé la escuela, tenía que hacer el liceo -ahí no se preguntaba, había que hacerlo- y nos vinimos al pueblo. Mi madre después viajaba a la escuela, y con 11 años, después de haber estado 5 años en campaña vine a la ciudad, que, salvando la distancia, una ciudad de 28 mil habitantes (era) muy pequeña comparada con la ciudad de Salto, de todas formas para quien viene del campo, perdido, era enorme.

La verdad que la ACJ de alguna manera me salvó la vida, porque me dio un segundo hogar.

Ingresé cuando tenía 11 pero cumplía en setiembre, entonces siempre estuve 8 o 9 meses en desfasaje con el resto, era el menor del grupo.

Empecé el liceo, empecé a participar de las clases de liceales, 3 años después empecé el preliderato, donde los gurises empiezan a mostrar algún tipo de voluntad o inclinación por ayudar, por colaborar…

Aquel mural que lo marcó

“Son de las cosas que a uno lo forman y uno se da cuenta con los años”

En la ACJ de San José había unos murales que separaban un salón social, que estaban pintados por Hugo Nante, un maragato pintor espectacular.

Eran dos murales, uno una mano con un  puño cerrado, y la otra con una mano abierta que decía: Solo se pierde lo que se guarda, solo se gana lo que se da”., porque la mano que está abierta para dar, es la única que puede recibir, la mano que está cerrada no va a recibir nunca nada.

Esas son cosas que me marcaron en mi vida.

En la ACJ fui líder, trabajé con grupos a cargo, estudié magisterio y me recibí con 19 años como maestro.

Ingrese al instituto de formación docente de San José cuando se oficializó, tuve doble suerte, pude ingresar en la generación que podía ingresar sin terminar bachillerato. Teníamos que tener más de muy bueno de promedio los 4 años de liceales; de todas formas reconozco que cuando me recibí de maestro con 19 años era una inconciencia estar frente a una clase, por la actitud personal y la madurez que uno puede tener.

De todas formas trabajé muy poco como maestro, porque salí con la promoción 71, y ya vivíamos años de un Uruguay10 2 14 024 complicado, y era muy difícil la vida del magisterio.

Hacíamos prácticas de entrada al magisterio, y ahí debe ser la segunda vez que la ACJ me salvó la vida, como yo tenía experiencia en recreación, la parte de trabajar con los chiquilines no me resultaba nada complicado, me resultaba muy fácil.

Maestro porque era lo que podía hacer, pero luego me gustó…

Si bien me gustaría haber estudiado arquitectura, banco, magisterio era la única carrera que había en San José, pero el mayor de tres hermanos y tenía que aportar a la casa,  reconozco que después me gustó y a lo largo de mi vida, creo que todo lo que he hecho, la impronta docente me ha marcado, he tratado siempre de pararme en su lugar.

Soy de los que cuando me recibí de maestro, salía con la idea que con la educación uno le ponía un mango al mundo y lo hacía  girar, y si bien reconozco que es una enorme dificultad eso, sigo pensando que es casi a única herramienta posible para cambiar el estado de esta civilización que vivimos cada vez más incivilizada.

Me recibí en el 71, en el 72 hice suplencias, me faltaron 0,25 puntos para la efectividad, si no mi vida hubiese sido otra,  y al año siguiente me ofrecen en al ACJ, hacerme  cargo -con un sueldo- de la dirección de programa. Había un director general en San José, excelente amigo que me enseñó mucho, y trabajé hasta el 75, cuando éste muchacho concursa y se va  a un cargo internacional, y como yo era el segundo, en una reunión de la comisión directiva, se comentaba quien quedaba, y ahí dijeron, bueno… que quede Calisto…

Fue el Director de una ACJ más joven de latinoamérica

En ese momento tenía 24 años, yo fui el director de una ACJ en su momento más joven de latinoamérica, inclusive aún en Centroamérica donde eran sociedades muy jóvenes.

Me hice un juramento interno de demostrar que podía, como un desafío de demostrarle a aquella gente, gente grande, reconocida en el medio, gerentes de bancos, empresarios, profesionales de demostrarles que podía asumir la función

La ACJ en aquel momento tenía entre 650 y 700 socios, en una ciudad que tenía en aquel tiempo 28 mil habitantes. Nosotros fuimos en los años  80, la ACJ con mejor relación socio habitante, dado que una revista que se llamaba “Confederación” y la imprimia la Confederación Latinoamericana de las ACJ, sacó una suerte de ranking y la ACJ de San José era la que tenía mejor relación “socio por habitantes” de toda latinoamérica.

Este fue un tema que nos llevó a tener discusiones también con Montevideo, que sintiéndose la más grande del país, con10 mil socios y demás, relativiza la importancia de las instituciones de otras partes del país y creen que el país termina en las fronteras de Montevideo, Felizmente este concepto hoy aparece bastante superado.

En este sentido y como docente es de las cosas que discuto, porque entiendo que el lenguaje tiene un fuerte contenido y por lo tanto discuto la validez de aquello de que somos del Interior, porque lo opuesto al Interior es el Exterior y entonces Montevideo estaría fuera del país, es decir en el Exterior, esto lo digo aún teniendo en cuenta que soy nacido en Montevideo, porqueme trajeron a San José con 5 años..

Desde el 75 al 96 gestioné la ACJ de San José, pasé todo el período de la dictadura, que no fue fácil por el hecho que las instituciones sociales estaban muy limitadas y además en San José el edificio de la ACJ está al lado de la Jefatura de Policía y  por lo tanto hasta cuando se hacía una raviolada había que pasar frente a la Jefatura.

Los años “complicados” y el pasaje por Buenos Aires

En ese entonces teníamos gente de “Inteligencia” de Jefatura parada en la puerta de la ACJ para ver la gente que asistía a una comida, a unos ravioles o similar. Fueron tiempos complicados. Recuerdo que una vez pusimos una frase del Papa, creo que Pablo VI fue que dijo “Si quieres la paz defiende la Justicia” y nos vinieron a preguntar por qué habíamos puesto ese pasacalle, ante lo cual les contesté “vayan a preguntarle al Papa”.

En el 96 me ofrecieron ir a Buenos Aires. Era la tercera vez que me ofrecían ir a trabar a la ACJ mal llamada de la República Arentina, porque en el vecino país es la única ACJ que funciona,dado que las otras dos que había en Bahía Blanca y otra en Rosario, que por diferentes motivos fueron absorbidas por otras instituciones.

Así llegué a Buenos Aires y a los porteños les decía que yo me consideraba un ser casi pre histórico frente a ellos, porque estaban mucho mas avanzados que nosotros. Por ejemplo el tema de la computación yo lo aprendí todo allá porque eran recursos que aquí no habían llegado aún. En el 2010 asumí el cargo en Salto. Antes había estado colaborando con charlas  en materia de formación y de desarrollo cooperativo, con la experiencia con pescadores artesanales que se hizo en Constitución y antes con la experiencia de agricultura orgánica en Salto Grande.

Es así que llegué a Salto después de mi periplo por Buenos Aires. Allí trabajé en la ACJ hasta el 2002, cuando quienes estaban al frente de la institución allá, ante la crisis del 2002 decidieron reducir el personal, que en ese momento éramos 21 y yo que ya estaba con esposa y cuatro hijos, me vi de pronto sin trabajo, arrendando un apartamento y demás.

Yo me quedé sin trabajo y hasta el 2002 seguí viviendo en Buenos Aires, por terquedad, porque Dios así lo quiso y porque tengo una familia que me hizo siempre el aguante, buscando trabajo y haciendo lo que podía.

La posibilidad de venir a Salto

Cuando en el 2008 la colega que estaba en Salto, Carla Ausán, una chica de San José que conocía desde niña y se volvía allí a dirigir la ACJ de aquella ciudad, luego de estar casi ocho años en Salto, me llamó para decirme si quería volver y hacerme cargo de Salto.

Mis hijos -los tres mayores – se quedaron allá. Soy un agradecido a la ACJ porque me ha dado mucho, pero hay que sincerarse con esto. No podemos enojarnos con las instituciones, porque los dirigentes pasan y las instituciones permanecen. Personalmente estuve muy enojado con la ACJ cuando me dejaron sin trabajo, pero después entendí que no era la institución la que me dejaba en la calle, sino los dirigentes que estan en esos cargos.

En Buenos Aires estuve trabajando en varias cosas. Formamos una cooperativa de las villas 21 -24 de recolectores y recicladores a partir del hecho de que la empresa recolectora no entraba en las zonas consideradas de riesgo y las villas lo son. Conformamos una cooperativa que se encargaba de recolectar en la villa y depositábamos luego en los recolectores de la empresa en el límite hasta donde había contenedores. Negociamos esta actividad con la empresa, porque a ella le pagaban por kilo recolectado y logramos una actividad laboral para varias personas.

Una anécdota. Las calles internas de las villas eran muy angostas y los carritos urbanos no podían ingresar allí. La experiencia de los carritos la sacamos cuando una vez caminando por estos pasillos vimos pasar a alguien con un carro finito y largo con dos ruedas de bicicletas -eran usados para retirar los féretros, porque no había otra forma – eso nos dio la idea, hicimos nuestros propios carritos y con ellos nos dedicamos a la recolección y el reciclaje de la basura.

Esto en una apretada síntesis de un hombre que tiene mucho para compartir y sembrar y a quien se le nota hasta por los poros que está en algo que le gusta y gusta compartir, sobre todo con los niños y los jóvenes.







Recepción de Avisos Clasificados