Artigas en el Cuarto de los Espejos

“… La tragedia del exotismo del Artigas de Zanelli en Montevideo”.
Florencio Escardó – Geografía de Buenos Aires
El modo en que ha sido representado José Gervasio Artigas  ha colaborado a bosquejar en el mejor de los casos algunas instancias de acercamiento al hombre desde ángulos muy diversos, pero también versiones desmesuradas que no guardaban ninguna relación con lo que pudo ser el hombre de carne y hueso. Pareciera que esas máscaras artísticas del prócer no ayudan mucho a convocarlo y a conocerlo, pero nos remiten de manera privilegiada al pensamiento y la estética del artista, y sobre todo al ambiente cultural en que fueron creadas.
En relación al personaje de Hamlet —tal vez el más conocido de los creados por el genio de William Shakespeare— George Steiner sentenció alguna vez que son muchos en realidad los Hamlets: el que concibiera el autor en tiempos isabelinos, pero también el romántico del siglo XIX, el sicoanalítico a partir de Freud, un Hamlet existencialista en mitad del siglo XX, y hasta uno de talante postmoderno más cercano a nuestros días. Algo parecido sucede  con las visiones conceptuales o iconográficas que tenemos sobre los personajes históricos. Porque toda historia es, además, interpretación o “lectura” de acontecimientos del pasado, y la mejor y más creíble de ellas es la que plantea un panorama más objetivo, que de todos modos no dejará de estar teñido de mucha subjetividad, y de la mirada peculiar de quien la trasmite.
El rostro de Proteo
Las imágenes de Artigas —en dibujos, acuarelas, óleos o bronces— se parecen a las que todos podemos experimentar nosotros mismos al entrar en el clásico cuarto de espejos de un parque de diversiones. Son múltiples, diferentes, a veces contradictorias, a veces confluyentes; todas remiten a la misma persona pero enfatizando ángulos muy diversos. En última instancia, entre todas enriquecen un bosquejo ideal del personaje, pero tomadas de una en una nos impulsan a quedarnos con la versión —ideológica— que cada una de ellas esconde entre sus pliegues.
Pero dejemos las generalidades y vayamos a la más notoria de ellas: las que nos legó el pintor Juan Manuel Blanes en sus cuadros, y concretamente en su tan conocido Artigas en la puerta de la Ciudadela.
Recordemos que cuando acometió la tarea de representar al héroe era en cierta forma el artista oficial de la sociedad y el estado uruguayo. Y pertenecía a una generación que se vio en la tarea de apuntalar la nacionalidad mediante algunos mitos fundantes; ante la “leyenda negra” sobre Artigas, ellos presentaron una imagen idealizada, casi sobrehumana del mismo. La perspectiva de Blanes es complementaria, estrictamente, con el poema de Juan Zorrilla de San Martín La leyenda patria.
El perfil griego que le dio no se corresponde ni con las descripciones escritas —que son varias— ni con los dibujos que viajeros hicieron teniéndolo enfrente (sobre todo en su vejez, en Paraguay). Todos esos testimonios coinciden en destacar su marcado perfil aguileño, pero resulta que a través de Blanes las generaciones posteriores se hicieron una idea muy diferente de la nariz del Jefe de los Orientales, una nariz “inventada” de acuerdo a parámetros académicos forzosamente neoclásicos. El prócer luce en su vestimenta prendas que nunca usó, y está parado sobre un puente levadizo que la Puerta de la Ciudadela nunca tuvo (porque comunicaba con la ciudad y no con extramuros).
En definitiva: el Artigas de Blanes corresponde más a los criterios del racionalismo doctoral de la Generación del 80, con su confianza en una democracia regida por elites esclarecidas e ilustradas, que a cualquier realidad del modelo.
Otras imágenes
No faltó el viajero despistado que, luego de haber visto fugazmente al héroe en su madurez, muchos años después lo pintó de memoria con una gran pelada que ni siquiera en los últimos años tuvo, junto a un árbol imposible en el campo uruguayo de las primeras décadas del siglo pasado, ataviado como un hacendado mexicano de los alrededores de Guadalajara… Esta es sin duda la típica versión del gringo distraído, aquel que confunde —a lo Hollywood— tango con flamenco (como sucedía en aquella película de Rodolfo Valentino, Los siete jinetes del Apocalipsis).
El siglo que está culminando no trajo —del punto de vista iconográfico— imágenes más verídicas. Hubo en realidad de todo: el estereotipo neoclásico siguió siendo fatigado por los escultores académicos, pero no faltaron por ejemplo las cabezas de Artigas vanguardistas, que respondían a las inquietudes estéticas de los artistas y a las corrientes que ellos frecuentaban en ese momento. No estuvo ausente tampoco la perspectiva monumental inspirada en el Realismo Socialista, que lo concebía como líder proletario, con gesto adusto de jacobino.
Al arte lo que es del arte
Algún lector reflexivo y conocedor quizá pueda hacer reparos a lo que venimos planteando con el argumento —válido— de la libertad creativa de todo artista para presentar a su personaje. Estamos de acuerdo con él… cuando de arte se trata.
Es muy cierto que ante la imponente cabeza de Balzac realizada por Auguste Rodin, poco importa ya la verdadera faz del escritor francés. Este es un caso paradigmático de cómo la mano genial del escultor logró plantear de su modelo la imagen esencial, los trazos fundamentales. Esto es verificable en muchísimos otros ejemplos, incluyendo en la lista —con justicia— algunas caricaturas de Menchi Sabát o de Levine.
Muy otra cosa es la “versión” de Artigas en manos de Juan Manuel Blanes, donde más que talento hay buena técnica y bien digerida academia. Blanes no captó en su cuadro la verdad del héroe, sino que apenas trasmitió su idea —o la idea de ciertos intelectuales de su tiempo— sobre él.
Alejandro Michelena

“… La tragedia del exotismo del Artigas de Zanelli en Montevideo”.

Florencio Escardó – Geografía de Buenos Aires

El modo en que ha sido representado José Gervasio Artigas  ha colaborado a bosquejar en el mejor de los casos algunas instancias de acercamiento al hombre desde ángulos muy diversos, pero también versiones desmesuradas que no guardaban ninguna relación con lo que pudo ser el hombre de carne y hueso. Pareciera que esas máscaras artísticas del prócer no ayudan mucho a convocarlo y a conocerlo, pero nos remiten de manera privilegiada al pensamiento y la estética del artista, y sobre todo al ambiente cultural en que fueron creadas.

En relación al personaje de Hamlet —tal vez el más conocido de los creados por el genio de William Shakespeare— George Steiner sentenció alguna vez que son muchos en realidad los Hamlets: el que concibiera el autor en tiempos isabelinos, pero también el romántico del siglo XIX, el sicoanalítico a partir de Freud, un Hamlet existencialista en mitad del siglo XX, y hasta uno de talante postmoderno más cercano a nuestros días. Algo parecido sucede  con las visiones conceptuales o iconográficas que tenemos sobre los personajes históricos. Porque toda historia es, además, interpretación o “lectura” de acontecimientos del pasado, y la mejor y más creíble de ellas es la que plantea un panorama más objetivo, que de todos modos no dejará de estar teñido de mucha subjetividad, y de la mirada peculiar de quien la trasmite.

El rostro de Proteo

Las imágenes de Artigas —en dibujos, acuarelas, óleos o bronces— se parecen a las que todos podemos experimentar nosotros mismos al entrar en el clásico cuarto de espejos de un parque de diversiones. Son múltiples, diferentes, a veces contradictorias, a veces confluyentes; todas remiten a la misma persona pero enfatizando ángulos muy diversos. En última instancia, entre todas enriquecen un bosquejo ideal del personaje, pero tomadas de una en una nos impulsan a quedarnos con la versión —ideológica— que cada una de ellas esconde entre sus pliegues.

Pero dejemos las generalidades y vayamos a la más notoria de ellas: las que nos legó el pintor Juan Manuel Blanes en sus cuadros, y concretamente en su tan conocido Artigas en la puerta de la Ciudadela.

Recordemos que cuando acometió la tarea de representar al héroe era en cierta forma el artista oficial de la sociedad y el estado uruguayo. Y pertenecía a una generación que se vio en la tarea de apuntalar la nacionalidad mediante algunos mitos fundantes; ante la “leyenda negra” sobre Artigas, ellos presentaron una imagen idealizada, casi sobrehumana del mismo. La perspectiva de Blanes es complementaria, estrictamente, con el poema de Juan Zorrilla de San Martín La leyenda patria.

El perfil griego que le dio no se corresponde ni con las descripciones escritas —que son varias— ni con los dibujos que viajeros hicieron teniéndolo enfrente (sobre todo en su vejez, en Paraguay). Todos esos testimonios coinciden en destacar su marcado perfil aguileño, pero resulta que a través de Blanes las generaciones posteriores se hicieron una idea muy diferente de la nariz del Jefe de los Orientales, una nariz “inventada” de acuerdo a parámetros académicos forzosamente neoclásicos. El prócer luce en su vestimenta prendas que nunca usó, y está parado sobre un puente levadizo que la Puerta de la Ciudadela nunca tuvo (porque comunicaba con la ciudad y no con extramuros).

En definitiva: el Artigas de Blanes corresponde más a los criterios del racionalismo doctoral de la Generación del 80, con su confianza en una democracia regida por elites esclarecidas e ilustradas, que a cualquier realidad del modelo.

Otras imágenes

No faltó el viajero despistado que, luego de haber visto fugazmente al héroe en su madurez, muchos años después lo pintó de memoria con una gran pelada que ni siquiera en los últimos años tuvo, junto a un árbol imposible en el campo uruguayo de las primeras décadas del siglo pasado, ataviado como un hacendado mexicano de los alrededores de Guadalajara… Esta es sin duda la típica versión del gringo distraído, aquel que confunde —a lo Hollywood— tango con flamenco (como sucedía en aquella película de Rodolfo Valentino, Los siete jinetes del Apocalipsis).

El siglo que está culminando no trajo —del punto de vista iconográfico— imágenes más verídicas. Hubo en realidad de todo: el estereotipo neoclásico siguió siendo fatigado por los escultores académicos, pero no faltaron por ejemplo las cabezas de Artigas vanguardistas, que respondían a las inquietudes estéticas de los artistas y a las corrientes que ellos frecuentaban en ese momento. No estuvo ausente tampoco la perspectiva monumental inspirada en el Realismo Socialista, que lo concebía como líder proletario, con gesto adusto de jacobino.

Al arte lo que es del arte

Algún lector reflexivo y conocedor quizá pueda hacer reparos a lo que venimos planteando con el argumento —válido— de la libertad creativa de todo artista para presentar a su personaje. Estamos de acuerdo con él… cuando de arte se trata.

Es muy cierto que ante la imponente cabeza de Balzac realizada por Auguste Rodin, poco importa ya la verdadera faz del escritor francés. Este es un caso paradigmático de cómo la mano genial del escultor logró plantear de su modelo la imagen esencial, los trazos fundamentales. Esto es verificable en muchísimos otros ejemplos, incluyendo en la lista —con justicia— algunas caricaturas de Menchi Sabát o de Levine.

Muy otra cosa es la “versión” de Artigas en manos de Juan Manuel Blanes, donde más que talento hay buena técnica y bien digerida academia. Blanes no captó en su cuadro la verdad del héroe, sino que apenas trasmitió su idea —o la idea de ciertos intelectuales de su tiempo— sobre él.

Alejandro Michelena