Así se adulteran las drogas en América Latina

Informe narra cómo maneja su mercancía el narcotráfico en nuestros países

MONTEVIDEO — Las carpas de marcas, de estilos musicales, de comidas y bebidas, son parte habitual del escenario de los festivales de música. Pero desde hace cinco años, en los festivales de Uruguay, México y Colombia también hay otro tipo de puestos. En la última edición de Estéreo Pícnic —celebrada en marzo en Bogotá— muchos jóvenes hacían fila frente a una carpa distinta: la de Échele Cabeza Cuando Se Dé en la Cabeza, un programa que promueve la reducción de riesgo y la mitigación de daño en el consumo de drogas. Más que una tienda de campaña parecía un laboratorio ambulante lleno de frascos, reactivos y colorantes para hacer pruebas rápidas de drogas de tráfico ilícito pero de uso regular. Aquella noche, Échele Cabeza analizó 548 muestras. drogas
“Las personas que consumen drogas no son kamikazes, lo hacen por placer y diversión, no porque quieran morir”, dice Nuria Calzada, miembro de Energy Control, una organización que hace veintiún años testea drogas en España y que ha entrenado en el uso de reactivos químicos y luces UV a grupos de activistas en México, Colombia y Uruguay.
Calzada subraya que, por lo general, la mayor fuente de información de alguien que usa drogas es otra persona que también las consume. Pero el boca a boca no garantiza la seguridad de los consumidores. En cambio, las organizaciones sociales que analizan sustancias hablan su mismo lenguaje, sin preconceptos ni juicios morales. Montan su estand en una fiesta y explican los efectos esperados de tal o cual sustancia y sus adulterantes más frecuentes; además, ofrecen recomendaciones sobre hidratación, alimentación y cómo actuar frente a una mala experiencia.
Iván Duque, el presidente de Colombia, anunció el pasado 2 de septiembre que cumplirá una de sus promesas de campaña: volver a penalizar la dosis mínima de droga en el país, que dejó de ser sancionada por la Corte Constitucional en 1994. “No se trata de criminalizar sino de quitar las dosis de las calles para que esa tentación no amenace a nuestras familias”, dijo el mandatario. Quienes trabajan activamente para tratar los problemas asociados al consumo de sustancias no están convencidos. Lo consideran un gran retroceso.
El testeo de drogas forma parte del enfoque de reducción de daños, un principio rector de los programas de salud pública que ha sido ampliamente recomendado por la Organización Mundial de la Salud y refiere a políticas y prácticas encaminadas a reducir los daños sin exigir abstinencia necesariamente.
Esta aproximación de tratar al uso, el abuso o la adicción como un problema de salud pública, más que como un problema de seguridad o justicia, fue implementada por varios países europeos desde la década de los setenta. Y tuvo gran éxito en Portugal, país que despenalizó el uso de drogas en 2001. Desde entonces el número de muertes por sobredosis cayó más del 85 por ciento —la tasa de mortalidad por drogas más baja de Europa occidental— y las autoridades estiman que en la actualidad solo unos 25.000 portugueses utilizan heroína, un descenso en comparación con los 100.000 que la usaban cuando comenzó a aplicarse la política.
Paradójicamente, Duque escribió en 2009 una columna de opinión en la que citaba a Portugal como un ejemplo “correcto y más eficiente que la represión carcelaria” imperante en otros países como Estados Unidos. Incluso, el expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez, máximo líder del Centro Democrático —el partido que llevó a Duque al poder—, también llegó a abogar por la despenalización en sus albores en la política.
Según Naciones Unidas, 275 millones de personas usaron drogas en 2016. Y 450.000 murieron de sobredosis o por enfermedades asociadas como hepatitis C o HIV. Pero pocos gobiernos saben a ciencia cierta cuál sustancia adultera las drogas sujetas a fiscalización. Generalmente, las autoridades hacen una prueba para confirmar que una incautación es, por ejemplo, cocaína, y abren un proceso judicial. Lo poco que el hemisferio americano revela son las cifras del uso y está en aumento, según reportes del Observatorio Interamericano de Drogas de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Cocaína, éxtasis, LSD y cannabis cada vez son más utilizadas en la región, pero son pocos los Estados que hacen circular la información sobre la composición química de estas sustancias. La OEA trabaja con los países en un Sistema de Alerta Temprana (SAT) que pueda advertir qué contiene esa bolsa que dice ser cocaína, qué tiene el papel secante que se vende como LSD o el cristal que llaman éxtasis. Por ahora, este SAT está más desarrollado en Uruguay y Colombia, pero sigue en fase embrionaria.
En las calles latinoamericanas se venden remedos. Ni siquiera se salva la ciudad de Pablo Escobar: Medellín “tiene la peor cocaína del país. Es barata, pero una buena es difícil de conseguir. Es como el café: lo mejor se va de Colombia”, afirma Julián Quintero, un sociólogo bogotano que en los últimos cinco años analizó cuatro mil muestras de drogas de tráfico ilícito, pero de uso habitual entre jóvenes y adultos en América Latina.
Hace diez años, Quintero fue uno de los fundadores de Acción Técnica y Social (ATS), uno de los grupos más activos en la reforma latinoamericana sobre políticas de drogas. Hoy es su director ejecutivo. Échele Cabeza —el programa de ATS que testea drogas en fiestas— hizo los primeros once análisis de sustancias en América Latina para una rave, en las afueras de Bogotá, en febrero de 2013. Desde entonces no han parado de testear cocaína, LSD, ketamina y sobre todo éxtasis en concurridos festivales. Los usuarios comparten un trocito de su sustancia voluntariamente. A cambio, conocen qué compraron y quizá puedan prever algunas consecuencias.
Cocaína: mucho adulterante
Un usuario de cocaína en Colombia no imagina qué esconde lo que esnifa. Se dice que tienen la droga más refinada del mundo por cercanía. Pero los perfiles químicos analizados por la sociedad civil y los gobiernos muestran que esa idea es otro supuesto nunca demostrado en el mundo de las drogas. En España se estima que la pureza media de la cocaína es del 60 por ciento. En Medellín puede caer al 20 o —muy excepcionalmente— arañar el 80 por ciento. La media en Colombia roza el 50 por ciento. La otra mitad son excipientes, adulterantes y suplantadores.
En todo el hemisferio se encuentran más o menos los mismos adulterantes en las mismas drogas. Grandes y pequeños traficantes y otros oportunistas estiran su ganancia echando mano de los suplantadores, químicos agregados para ganar peso. Antes de llegar al usuario final pasan por toda la cadena: laboratorios en la selva, acopios en la ciudad, traficantes y minoristas que sucesivamente van agregando gato por liebre.
La adulteración no es inocente ni pasiva porque agrega varias sustancias activas, moléculas que comparten efectos o potencian una sensación. Además, aumentan el riesgo de “mal viaje”, intoxicación, sobredosis o lesiones. Las sustancias elegidas cambian con el tiempo. En los años ochenta eran azúcares y almidones inertes. Hoy son activos. Dependen, entre otros factores, de la disponibilidad de los precursores químicos que cocinan al producto final.
El levamisol, por ejemplo, le aporta volumen a la cocaína desde fines de los noventa. El aminorex, un antiparasitario veterinario, es su principal metabolito y tiene propiedades anfetamínicas que potencian la “euforia” de la cocaína. Además, debilita el sistema inmunitario humano, auspicia infecciones y reacciones cutáneas. Su presencia es constante en las incautaciones policiales de todo el hemisferio y de Europa. Todo indica que la cocaína se corta con levamisol en origen.
La cafeína es otro suplantador habitual en las cocaínas fumables y para esnifar. La literatura científica coincide en que potencia la compulsión, el querer más. La cafeína induce ansiedad, insomnio, palpitaciones y hasta convulsiones. También aparecen anestésicos como lidocaína o xilocaína, que adormecen la lengua al probarla —suplantando el efecto anestésico— y sustancias inertes como lactosa o glucosa.
Otra de las sustancias activas que suelen encontrarse en la cocaína del continente americano es la fenacetina, un popular analgésico del pasado que también tiene efectos antipiréticos (baja la temperatura corporal). La industria farmacéutica la abandonó en los años ochenta por su hepatotoxicidad y los efectos cardíacos adversos; desde entonces la adoptaron los laboratorios clandestinos de drogas.
El Ministerio de Salud de Colombia ha detectado diltiazem, un vasodilatador antiarrítmico asociado a cambios del humor, inhibición de la motilidad intestinal, alteraciones cardiovasculares y dermatológicas. También se usa la aminopirina, un analgésico y antinflamatorio discontinuado por la industria farmacéutica.
Anfetaminas por LSD
El LSD tampoco se salva de la adulteración. Una familia de estimulantes anfetamínicos con destellos psicodélicos, llamada NBOMe, lo suplanta en todo Occidente. En los papeles secantes de quienes toman “ácido” hay con frecuencia superlativa NBOMe. En Chile se incautaron 41.762 dosis de NBOMe y 1733 de LSD durante 2015, según ha señalado la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.
Con el LSD, “las personas esperan introspección, relajación y contemplación. Pero llega un efecto estimulante muy fuerte que puede llevar a leves alucinaciones y dura mucho tiempo. La mente está preparada para una cosa y llega otra. Es cuando aparece la crisis”, explica Julián Quintero. Desde hace dos años las organizaciones de la sociedad civil que testean drogas en fiestas comprobaron que la metanfetamina suplanta o adultera al MDMA en México y Colombia. Su colocón es agresivo en el cerebro, permea rápido y prolonga los efectos. Un puñado de usuarios reportaron a Échele Cabeza crisis de pánico y falta de sueño de hasta treinta horas. Una pastilla de éxtasis termina el viaje a las cuatro horas.
(The New York Times)