Aspectos que no compartimos de un género que está de moda

Uno de los primeros razonamientos que puede hacerse, es acerca de la pertinencia o no de clasificar como “infantil” a un tipo de literatura, pues existen posturas, fundamentadas con gran solidez, que afirman que la literatura es una sola, sin depender del púbico al que está dirigida (¿quién sabe, en definitiva, qué receptores va a tener la obra que se lanza a través de un libro y qué efectos causará?). Hay quienes dicen además, que por más “infantil” que sea, debe poseer elementos que la hagan “universal” y para ello deberá tener valores que “muevan” a todo lector, sin importar su edad. ¿El Principito o Alicia en el país de las maravillas, son parte de una literatura puramente infantil?, cabría preguntarse.
No subestimar al niño: Por otra parte, está siempre latente la cuestión del nivel intelectual que el autor cree o supone que tendrá su público lector. Así, actualmente y al menos en el Uruguay, es de lamentar cómo una enorme cantidad de “autores para niños” subestima la inteligencia de éstos. En ese sentido, la mejor respuesta la dio justamente una persona de siete años, cuando una vez, frente a la lectura que su maestra hacía de un cuento, le dijo: “qué feo ese cuento, yo soy un niño, no un bobo”. ¡Notable!
Empresas ocultas tras el nombre de un autor: En estos tiempos hay en nuestro país un buen número de escritores que tienen prácticamente una fábrica de libros infantiles, escriben a un ritmo que pareciera (¿será que solo parece?) que hubiera varias personas detrás, produciendo como una gran empresa, una empresa que lleva el nombre de una persona, el que firma como autor. Y también a un ritmo vertiginoso publican y venden, porque las estrategias de marketing son impresionantes. Es que no venden lo que escriben, escriben lo que saben que se venderá. ¿Y la honestidad intelectual?
Ante todo el dinero: Pero una de las cuestiones más graves, a nuestro entender, es el dinero que estas personas cobran en distintos centros educativos para brindar charlas. Algunas, incluso, para intentar convencer a los niños que “ustedes pueden ser un Dante Alighieri, porque él no tenía diferencias con ustedes cuando era niño”. Claro, olvidan decirles que además de la excepcional inteligencia y sensibilidad de aquel poeta florentino, no llegó a ser quien fue escuchando floridas charlas o cuentos donde ya está todo “digerido” para que el niño no necesite siquiera razonar, sino leyendo muchísimo, escribiendo y reescribiendo, dedicándole más tiempo a eso que al celular o al facebook (¿cuál sería el equivalente a estas distracciones allá por la Edad Media?). Y con maestros que serían también grandes lectores y que seguro no estaban únicamente preocupados todo el tiempo por “cambiar las estrategias para entretener al alumno” o “replanificar para motivarlo”.
Antes que una rama más del arte y mucho antes que una disciplina, entendemos a la literatura como una pasión. Y poco debe haber más reconfortante para cualquier persona que tener la posibilidad de transmitir su pasión, de captar y atraer hacia ella a más personas, desde niños. Por eso es que no compartimos el precio económico, alto, realmente alto, que algunos ponen a sus charlas o, aún más, a la presentación en centros escolares de sus propios libros, máxime cuando se trata en muchos casos de dinero que se les hace reunir a los propios niños. Por supuesto que no hay en esto nada ilegal y respetamos a quienes lo hacen, simplemente no lo compartimos. En lo personal, he tenido la suerte de brindar charlas de literatura y periodismo en varias instituciones (Escuelas Nº 78, 81, 105, Inmaculada, Liceos Nº 2, 4, 5, 7, Rural de Valentín, UTU, etc.) y realmente jamás se me pasó por la mente cobrar por ello. Insistimos: hacerlo es válido, legal y respetable, pero no llegaremos a entenderlo nunca.







Recepción de Avisos Clasificados