Auténtico clima de peña vive el Festival de Cosquin

En la octava luna destacaron especialmente Raúl Barboza, Facundo Toro y Luciano Pereyra.

También cumplió el Quinteto Tiempo.

También “Los Olimareños”  estuvieron en el escenario mayor de Cosquin

7-1Festival de Cosquín. La presentación de grandes artistas, como León Gieco o Los Olimareños, casi al amanecer generó mucho polémica.

Como ha ocurrido y, parece, seguirá ocurriendo, la polémica no está ausente en Cosquín. Los increíbles horarios de las tres, cuatro o cinco de la mañana para artistas de la talla de Los Olimareños, César Isella y León Gieco provocaron una lluvia de críticas sobre la organización en la propia plaza y en las radios. Un malestar que se acrecentó cuando se supo que el Chaqueño Palavecino comenzaría a cantar poco antes de la salida del sol de mañana.

El intendente coscoíno, Marcelo Villanueva, se defendió a través de un curioso comunicado en el que justificó grillas que le da buenos espacios a algunos artistas ignotos, cuando no impresentables, diciendo que “Cosquín quiere abrir las puertas a nuevas figuras”; y agregó, sin ponerse colorado, que “sin polémica, Cosquín no sería Cosquín”.

Son las cinco y media de la mañana del lunes y León Gieco acaba de cantar Puentecito de mi río, de don Antonio Tormo, ante una platea que lo esperó tan muerta de sueño como entusiasta. Sigue con Cuando llegue el alba, y ya emocionó con La memoria, Sólo le pido a Dios y Como la cigarra, en homenaje a María Elena Walsh. “El periodista de los músicos”, como lo llamó Charly García, le pone el corazón y su arte a una presentación vibrante y conmovedora que dedicó a “las mujeres luchadoras”, así como ofrendó su entrañable Cinco siglos igual, al presidente de Bolivia, Evo Morales.

Antes que él, la tercera luna había dejado el regalo del dúo integrado por Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale, que brilló con dos tangazos: Naranjo en flor y Como dos extraños. Y, juntos, hicieron temblar a la plaza con El témpano.

La velada se condimentó, además, con Los Tekis y la fiesta de sus carnavalitos; un inspirado Rafael Amor; el arte de Roxana Carabajal, y la energía de Abel Pintos.

La del sábado, en cambio, fue una noche de excelentes instrumentistas. Desde el principio los chilenos Inti Illimani le arrancaron los mejores acordes a su charango, guitarras, piano y hasta a un rallador de queso robado vaya uno a saber de qué cocina. El legendario grupo interpretó ritmos y canciones de su tierra, de Bolivia, Venezuela, Colombia y de los esclavos negros peruanos y, sin dudas, son de lo mejor que ha pasado por el escenario hasta ahora.

A ellos se les sumó la incuestionable calidad del Trío Goldman-Alvarez- Lobo; los jóvenes cordobeses de MJC, que se destacaron con su versión de La olvidada, de los hermanos Díaz; y un Luis Salinas que parece no haber tocado su propio techo.

El guitarrista bonaerense susurró las coplas de Piedra y camino, de don Atahualpa Yupanqui, en una versión de tal entrega y delicadeza, que le hicieron honor al decir profundo de un maestro que detestaba gritos y artificios en el sagrado arte del canto.

Por su parte, Víctor Heredia cerró la noche del sábado arropado con un puñado de sus mejores canciones: Ojos de cielo, Bailando con tu sombra, Sobreviviendo y, “para la Negrita Sosa”, su Razón de vivir, un clásico. La cantó a dúo con la propia Mercedes que revivió, con su voz inigualable, en las pantallas gigantes. “Para descartar esta sensación de perderlo todo/para estar con vos sin perder el ángel de la nostalgia”, desgranaron una y otro. Todo, entonces, fue pura emoción: la plaza entera de pie en un aplauso inmenso. Por los dos. Pero más por ella: por la Negra Sosa, la eterna.

 

7-2

Foto: Raul Barboza. el acordeonista fue la cumbre artística de la octava luna.

Con la memoria del folclore impresa en sus genes, Facundo Toro logró con la calidad y calidez de su concierto, que en la Plaza se viviera un clima de peña como hace mucho tiempo que no se veía.

El hijo del legendario Daniel Toro convocó en la octava luna, a Los Nombradores del Alba -a su vez hijos de Los Nombradores, que actuaban con su padre a fines de los ’60 y principios de los ’70- y juntos les rindieron un homenaje que conmovió al público. Con su fina estampa y su larga cabellera negra, Facundo cantó valsecitos criollos, chacareras y zambas, y hasta sacó a bailar a señoras de la platea que no podían con su felicidad.

Esta noche canta Salta y Serenata otoñal fueron algunas de las elegidas para un espectáculo de una hora que dejó ganas de más. En medio de la fiesta, y desde las pantallas gigantes, llegó el saludo con la mano en alto del autor de Zamba para olvidar: un Daniel Toro sonriente, en el mirador del Cerro San Bernardo, y con la ciudad de Salta a sus pies. “En el hijo se puede volver, nuevo”, dice la Zamba para no morir, de Hamlet Lima Quintana.

Raúl Barboza, con su acordeón y su inmenso talento, fue la cumbre artística de la noche. Quien fuera nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia, eligió Gaúcho de Porto Alegre, Tren expreso y San Luis Gonzaga para su paso por este Cosquín.

Luego de él, fue todo tedio y espera del joven Luciano Pereyra, salvo las honrosas excepciones de Néstor Garnica con su violín, y del Quinteto Tiempo.

Hubo multitudinarias delegaciones de provincias que parecen contentarse con la cantidad de gente sin atender a lo creativo de sus propuestas; artistas que más que cantar, perpetran temas archiconocidos o ignotos como ellos.

Ya eran casi las tres y media de la mañana cuando un grupo de Chaco obtuvo de la Comisión Organizadora la venia de ¡seis temas!, cuando a todas luces lo que presentaban no alcanzaba el piso del nivel del Festival. Más cuando a un artista de los quilates de Raly Barrionuevo se le concedieron sólo cuatro temas y para el quinto, el público tuvo que rogarle a un locutor demasiado temeroso de sus jefes detrás de bambalinas.

A las cuatro de la mañana Luciano Pereyra subió, por fin, al Atahualpa Yupanqui. De traje negro, camisa blanca y corbata prolijamente desanudada, lo recibió un monolítico coro de aullidos femeninos. “Si algo le voy a agradecer a Dios y a la Virgen de Luján es estar vivo”, dijo el muchacho. Pereyra les dio el gusto a sus fanáticas con su repertorio de canciones plenas de miel, sábanas y fuegos que nunca se apagan.







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