¿Cuál es el pueblo que gobierna?

Julio estaba parado al lado del semáforo. Hablaba con los conductores que tenían la ventanilla baja y les pedía unas monedas, la inmensa mayoría se lo negaba sin decirle nada, él solamente los miraba de costado y bajaba la cabeza como con vergüenza. Y así recorría cada una de las ventanillas bajas del lado del conductor de la fila de coches que esperaba que el semáforo los habilitara para seguir camino.
A pocos metros estaban sus perros, eran dos, pero no les conozco las razas, en realidad porque no sé nada de perros. Solamente que ladran y piden comida. Al mío le doy todas las mañanas y luego dejo que se acerque al gato con el que intercambian rasguños y corridas, son amigos. Deben ser amigos, o por lo menos aprender a convivir en forma columnafotopacífica. Como tendríamos que haberlo hecho los hombres, por más que no lo hagamos. Trato de no escribir párrafos largos pero no me salen, Marisa me lo pidió reiteradas veces, siempre me acuerdo, pero hago lo que puedo.
Sigo. Cuando se me acerca le digo que no tengo nada, quiero ver cómo reacciona, qué hace, qué dice. Pero solo deja de mirarme. Le dio bronca o quizás algo de vergüenza. Él querría caminar con la panza llena y no tener que preocuparse por dónde dormir esta noche, pero no es esa su situación, tiene solamente 14 años de edad y está solo. Lo peor de todo, es que se siente solo y arrinconado. Nadie le pregunta nada. ¿Y el Estado?, ausente. Como siempre, sus técnicos, esos que están diagnosticando los males de la sociedad y andando en coches nuevos que su multiempleo les permite pagar, no se le acercaron nunca. Como a Braian, del que tanto escribimos y hablamos, e insistimos que lo atendieran, pero que ahora está en el cielo, terminó así. Y lo mirará a Julio y sentirá pena por él.
Lo llamo y me acerco, le digo que a juzgar por sus ojos o tuvo una mala noche o no la pasa bien desde hace días. Pero él no sabe a qué me refiero y entre que sonríe y me mira, porque sigue esperando la moneda, no me dice nada y no se anima a estirar la mano. Le pregunto su nombre y su edad. Luego dónde vive. “En la calle”, me responde en forma tajante y austero en sus palabras como para guardarlas antes de decir algo que quizás lo perjudique.
Seguramente yo era la primera persona con la que hablaba cara a cara desde hacía horas. Andaba deambulando y por arriba del hombro miré a sus dos perros que estaban con unos bolsos, a los que si esto fuera una caricatura, le faltaban los parches, por lo descuidado y desarreglados que estaban.
Le pregunté ¿por qué un adolescente de 14 años como él, con nombre y apellido, vivía en la calle? Y su respuesta fue lapidaria: mi madre está presa y yo estoy solo. ¿Cómo seguir hablando con él después de eso? ¿Qué decirle? Yo que sé. Se me vinieron varias preguntas a la cabeza y casi ninguna respuesta. Si le daba comida y dinero ¿le solucionaba algo? Al menos calmaría el hambre que él tenía en ese momento, pero ¿y qué pasaría después?
Lo primero que se me vino a la mente fue: ¿dónde está el Estado protector, que diseñó un sistema tributario al que califica de justo, porque así, con el dinero que nos saca a los que trabajamos le dan asistencia a personas como Julio? Está fallando todo el sistema, porque en un país donde los uruguayos pagamos mucho impuesto, deben asegurarnos a todos que si una madre va presa porque comete un delito, con todo el drama social que ese solo hecho implica para una familia, el Estado debe hacerse cargo de los hijos. Debe atenderlos y procurar que a los mismos no les falte absolutamente nada. Por una razón elemental y es el estricto humanismo.
Y la otra para que no salgan como la madre y el Estado tenga que seguir haciéndose cargo de gente que no le aporta. Pero sobre todo para que darle una oportunidad a quien sí la tiene y es a un adolescente que necesita saber que tiene una vida por delante.
Basta de seguir poniendo excusas y de decir que antes todo era peor. No me importa lo que pasó hace dos décadas y más atrás, me importa lo que le pasa ahora a los gurises como Julio, que son los pobres de este gobierno y no del anterior. Si la madre fue presa, ya no me importa el delito, el sistema, per se, no la va a rehabilitar, ya todos lo sabemos. Pero a Julio no le podemos pedir mucho, es solo un muchacho que está solo y perdido, sin ninguna orientación, sin un plato de comida, ni caliente ni frío. Sin medias limpias y sin ningún calzoncillo. Y lo peor de todo sin un abrazo de alguien que le diga “lo que te pasó, no es tu culpa”. Para que lo sepa y pueda creer en sí mismo.
Escuchando frases que dejó José Mujica en el documental ganador del premio Goya en España, Frágil Equilibrio, el Pepe dice: “el mundo vivo, y hablo de la vida en general, es como una cosa frágil, hermosa. Por eso la vida es un milagro y hay que cuidarla”. Seguramente él se sentiría responsable de que Julio no vea a la vida como algo hermoso, milagroso y sienta que debe cuidarla.
Porque es parte de este asunto y tampoco va a estar ahí cuando este joven caiga en tentación porque se levante una mañana después de dormir en la dura, sucia y húmeda calle, y vea como un adolescente de su edad pasa a su lado con un celular de última generación inserto en el mundo que a él lo escupe, escuchando música y ya desayunado, mientras él tiene que ir a mendigar que alguien le dé una moneda para poder comer.
Y Mujica mucho menos va a estar ahí cuando el joven caiga en tentación y robe, o se drogue y haga algo para que la Policía llegue hasta él y con un escuadrón casi autómata lo golpee por inercia, lo lastime y lo encarcele, para que se sienta ahí sí, cerca de su madre.
En ese espectacular documental que recomiendo a todos ver, Mujica dice una verdad absoluta. “Nuestra democracia es muy mentirosa. Si nos atenemos a la etimología de su palabra democracia, es el gobierno del pueblo. ¿Pero cuál es el pueblo que gobierna?”. Es lo que yo me pregunto cuando veo las injusticias que nos depara la sociedad en la que vivimos.
¿Quién gobierna? ¿Qué cosa nos gobierna? El mercado, el consumismo, la indiferencia, la mezquindad, el orgullo, la soberbia, la vanidad. La insensatez, la frialdad. ¿Ese es el pueblo que gobierna? Porque el gobierno no tiene nombre y apellido, no nos gobierna Tabaré Vázquez, ni ningún otro presidente que anduvo o que vendrá. No gobierna un pueblo, gobierna una elite que hace que se cumplan los mandatos universales del mundo en el que vivimos. Y que son pautas preestablecidas que todos de una manera u otra, vamos a cumplir porque unos pocos así lo han pautado.
Los que ocupan una función de gobierno, sin importar el mote que ellos mismos se pongan, si de izquierdas o derechas, quieren exactamente lo mismo. Tener su casa, su auto, sus vacaciones, sus cuentas pagas, su heladera llena, sus pares de zapatos nuevos para encima mostrarlos. Sus teléfonos celulares de última generación para verse en las redes sociales y son tan consumistas que no se diferencian entre los de izquierda y los de derecha.
Pero lo peor de todo, es que todos son ellos son iguales de indiferentes. Y lamentablemente gente como Julio, va a seguir pagando por eso. Por ese “pueblo” que es el que definitivamente nos gobierna.

Hugo Lemos







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