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Cuando los pájaros cantaron en griego

(Por Carlos María Domínguez. Publicado en el Suplemento Cultural del diario El País)
Virginia Woolf, su incisiva felicidad y agonía, regresan en una biografía de la escritora argentina Irene Chikiar Bauer, que recupera parte de sus caudalosos diarios, de la correspondencia, la de sus amigas y los abundantes estudios que indagaron su vida y su muerte.
Es un libro portentoso, muy afín a la tradición anglosajona de ofrecer información relevante y detalles triviales con el orgullo de la documentación precisa, lo que lo convierte en un esfuerzo infrecuente dentro de la lengua española. La estrategia narrativa es prudente y contenida: organiza el relato y deja al lector delante de un abigarrado calidoscopio.
No es posible leer la vida de Virginia Woolf sin la impresión de que escribió para vivir, en todos los sentidos que quieran adjudicarse a la justificación de un día. La historia, sus diarios y cartas son cristalinos: la escritura no sólo le permitió tener una vocación, le permitió tener una vida. Puede uno arriesgar que la necesidad de vencer los abusos de la moral victoriana la convirtió en una criatura letrada, pero menos reductible es que uniera a un extremo tan desguarnecido la carencia y la virtud, el dolor con la dicha, la fragilidad y la ambición. Es la forma del mito que convoca su figura en la novela moderna y antecede al valor de la obra.
Sin educación formal, reservada a los varones, Virginia recibió de su familia la inclinación por las letras y el caos. Su padre, el escritor Leslie Stephen, tenía una hija de su matrimonio con Minny Thackeray (hija del novelista William Thackeray), llamada Laura, con problemas mentales que derivaron en su internación en un psiquiátrico. Luego de enviudar, Leslie se casó con la viuda Julia Prinsep Jackson, que tenía tres hijos de su primer matrimonio (George, Stella, Gerald), y juntos tuvieron cuatro hijos: Vanessa, Thoby, Virginia (el 25 de enero de 1882) y Adrian. El hogar pertenecía a los estratos inferiores de la alta burguesía, recibía las visitas de Thomas Hardy, Alfred Tennyson, Henry James, Edward Burne-Jones, y Leslie y su esposa sostuvieron la educación de sus hijas con la ayuda de algunas institutrices, pero Julia murió cuando Virginia tenía 13 años y poco después tuvo su primera crisis nerviosa, de la que tardó dos años en reponerse. Ya entonces las relaciones con sus hermanos políticos eran complejas, y a veces violentas: “Una vez, cuando yo era muy pequeña, Gerald Duckworth [su hermanastro menor] me puso encima de una repisa que se reflejaba en un espejo y mientras estaba sentada allí comenzó a explorar mi cuerpo. Puedo recordar la sensación de su mano bajo mis ropas; descendiendo con firmeza y con seguridad más y más abajo. Recuerdo cuánto esperaba que se detuviera, y cómo me puse tensa y empecé a retorcerme cuando su mano se aproximaba a mis partes íntimas. Pero no se detuvo. Su mano exploró también mis partes privadas. Recuerdo mi resentimiento, mi desagrado. ¿Cuál es la palabra para expresar aquel sentimiento mudo y complejo?”
Mordacidad y dolor.
Virginia conoció la dicha de la infancia en complicidad con su hermana Vanessa y luego de la muerte de su madre, bajo el amparo de su hermanastra Stella. Pero Stella murió poco después de casarse y otra violencia sexual, esta vez del hermanastro mayor, George, la marcó para siempre. Fue un abuso prolongado, entre sus 18 y 22 años, cuando ya elegía un camino en la literatura. Los testimonios de sus episodios con George siempre fueron manifiestos y genéricos, lo que abrió las puertas a muchas especulaciones, pero el padecimiento distorsionó su sexualidad y la condujo a una introspección que encontraría en la escritura de sus diarios y relatos el oxígeno para sobrevivir en medio del abatimiento y las confusiones. Cualquiera puede creer que la virtud artística es resultado de un talento personal, pero a menudo el talento es fruto de una desesperación milagrosamente encauzada. No la salvó de sufrir la locura en 1904, después de la muerte del padre, cuando escuchó a los pájaros cantar en griego; tampoco en 1913, al año de casarse con Leonard Woolf, pero le permitió, con un esfuerzo inmenso, tener una vida de escritora y editora en la modesta imprenta que montó con su esposo, la Hogarth Press (publicaron las primeras traducciones al inglés de Tolstoi, La tierra baldía de Thomas S. Eliot, los primeros títulos de Katherine Mansfield, la obra de Sigmund Freud, sus propios libros), también escribir innumerables artículos literarios en la prensa, libros de crítica, ensayos que se convirtieron en referentes del feminismo como Un cuarto propio y Tres guineas, varias colecciones de cuentos, algunas obras de teatro, una cantidad abrumadora de cartas (seis tomos), su diario personal (26 tomos), y un conjunto de novelas decisivas en el umbral de la literatura moderna. El cuarto de Jacob(1922), La señora Dalloway(1925), Al faro(1927), Orlando(1928) y Las olas(1931), muestran su progresivo distanciamiento del realismo y la exploración de la conciencia con fraseos líricos y monólogos audaces, unidades narrativas independientes de la trama argumental, que validaron el género cuando Proust parecía haber agotado sus posibilidades y James Joyce emergía con una potente y breve utopía literaria.
Lo hizo con notable agudeza de observación, virtuosa capacidad de llevarla al papel, una mordacidad penetrante, elegancia de estilo y una profunda inseguridad acerca de su valor. La desconfianza en su capacidad, el temor a no ser aceptada, la sospecha de encarnar un fracaso, la impresión de que sus propósitos superaban sus fuerzas, una exigencia implacable, el miedo a los efectos destructores de la crítica y la competencia con los escritores contemporáneos, especialmente del sexo femenino, como la que mantuvo con Katherine Mansfield, acompañaron la alegría por sus logros, siempre a punto de hundirse en la depresión.
Vaciló entre las excitaciones de la vida social, de donde extraía muchos modelos para sus personajes -a la manera de un pintor invitaba a conversar a ciertas personas con el declarado propósito de tomar notas para componer un personaje -y largos períodos de encierro, con un rotundo rechazo a ser importunada. Colaboró sin embargo activamente con las sufragistas y las primeras organizaciones que reclamaron los derechos femeninos, pero cuando su voz en la literatura inglesa y norteamericana comenzó a ser importante, rechazó invitaciones y honores, entrevistas, fotógrafos y retratistas profesionales. No es que tuviera un mundo que proteger, tenía un mundo que se le escapaba de las manos, siempre a un paso de desmoronarse mientras los médicos no acertaban con el diagnóstico: uno le quitó los dientes y la obligó a llevar postizos, otro intentó quitarle las amígdalas.
Los confines de la intimidad.
Que la excelencia de Virginia haya nacido de la fragilidad remite a un asunto más oscuro, pues expresaba su padecimiento con una precisión que incluyó hasta los desmayos: “Iba caminando por el sendero con Lydia. Si esto no cesa, dije, refiriéndome al sabor amargo de mi boca y la presión como de una jaula metálica de sonido sobre mi cabeza, entonces es que estoy enferma: sí, muy probablemente estoy destruida, enferma, muerta. ¡Maldita sea! Aquí me caía diciendo `Qué extraño, flores`. A trozos, sentí y supe que Maynard me llevaba al cuarto de estar y vi a L. muy asustado; dije, subiré arriba; el golpeteo de mi corazón, el dolor, el esfuerzo se volvieron violentos en la puerta; me rindieron; como un gas; perdí el conocimiento; luego la pared y el cuarto volvieron a mis ojos, vi la vida de nuevo. Extraño, dije y me quedé tumbada, recuperándome gradualmente hasta las 11 cuando me fui a rastras a la cama” [2 de setiembre de 1930].
A diferencia de su hermano Adrian, que estudió el psicoanálisis, Virginia valoró las teorías de Freud por su aporte a la historia de la cultura y por la seducción de su prosa. La introspección fue, sin embargo, una aventura cotidiana y una cantera de descubrimientos que la llevaron por su mente con el ánimo de una exploradora. La interioridad era tan asombrosa como los confines del imperio. Los delirios de Séptimus, en La señora Dalloway, narran sus alucinaciones. Describía a las personas con la penetración de un caricaturista, no rechazaba la impiedad de sus sentimientos y era efusiva en sus afectos a un grado que desborda los límites más o menos funcionales que separan los amores familiares, de los fraternos y conyugales.
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(Por Carlos María Domínguez. Publicado en el Suplemento Cultural del diario El País)

Virginia Woolf, su incisiva felicidad y agonía, regresan en una biografía de la escritora argentina Irene Chikiar Bauer, que recupera parte de sus caudalosos diarios, de la correspondencia, la de sus amigas y los abundantes estudios que indagaron su vida y su muerte.

Es un libro portentoso, muy afín a la tradición anglosajona de ofrecer información relevante y detalles triviales con el orgullo de la documentación precisa, lo que lo convierte en un esfuerzo infrecuente dentro de la lengua española. La estrategia narrativa es prudente y contenida: organiza el relato y deja al lector delante de un abigarrado calidoscopio.

No es posible leer la vida de Virginia Woolf sin la impresión de que escribió para vivir, en todos los sentidos quecultuquieran adjudicarse a la justificación de un día. La historia, sus diarios y cartas son cristalinos: la escritura no sólo le permitió tener una vocación, le permitió tener una vida. Puede uno arriesgar que la necesidad de vencer los abusos de la moral victoriana la convirtió en una criatura letrada, pero menos reductible es que uniera a un extremo tan desguarnecido la carencia y la virtud, el dolor con la dicha, la fragilidad y la ambición. Es la forma del mito que convoca su figura en la novela moderna y antecede al valor de la obra.

Sin educación formal, reservada a los varones, Virginia recibió de su familia la inclinación por las letras y el caos. Su padre, el escritor Leslie Stephen, tenía una hija de su matrimonio con Minny Thackeray (hija del novelista William Thackeray), llamada Laura, con problemas mentales que derivaron en su internación en un psiquiátrico. Luego de enviudar, Leslie se casó con la viuda Julia Prinsep Jackson, que tenía tres hijos de su primer matrimonio (George, Stella, Gerald), y juntos tuvieron cuatro hijos: Vanessa, Thoby, Virginia (el 25 de enero de 1882) y Adrian. El hogar pertenecía a los estratos inferiores de la alta burguesía, recibía las visitas de Thomas Hardy, Alfred Tennyson, Henry James, Edward Burne-Jones, y Leslie y su esposa sostuvieron la educación de sus hijas con la ayuda de algunas institutrices, pero Julia murió cuando Virginia tenía 13 años y poco después tuvo su primera crisis nerviosa, de la que tardó dos años en reponerse. Ya entonces las relaciones con sus hermanos políticos eran complejas, y a veces violentas: “Una vez, cuando yo era muy pequeña, Gerald Duckworth [su hermanastro menor] me puso encima de una repisa que se reflejaba en un espejo y mientras estaba sentada allí comenzó a explorar mi cuerpo. Puedo recordar la sensación de su mano bajo mis ropas; descendiendo con firmeza y con seguridad más y más abajo. Recuerdo cuánto esperaba que se detuviera, y cómo me puse tensa y empecé a retorcerme cuando su mano se aproximaba a mis partes íntimas. Pero no se detuvo. Su mano exploró también mis partes privadas. Recuerdo mi resentimiento, mi desagrado. ¿Cuál es la palabra para expresar aquel sentimiento mudo y complejo?”

Mordacidad y dolor.

Virginia conoció la dicha de la infancia en complicidad con su hermana Vanessa y luego de la muerte de su madre, bajo el amparo de su hermanastra Stella. Pero Stella murió poco después de casarse y otra violencia sexual, esta vez del hermanastro mayor, George, la marcó para siempre. Fue un abuso prolongado, entre sus 18 y 22 años, cuando ya elegía un camino en la literatura. Los testimonios de sus episodios con George siempre fueron manifiestos y genéricos, lo que abrió las puertas a muchas especulaciones, pero el padecimiento distorsionó su sexualidad y la condujo a una introspección que encontraría en la escritura de sus diarios y relatos el oxígeno para sobrevivir en medio del abatimiento y las confusiones. Cualquiera puede creer que la virtud artística es resultado de un talento personal, pero a menudo el talento es fruto de una desesperación milagrosamente encauzada. No la salvó de sufrir la locura en 1904, después de la muerte del padre, cuando escuchó a los pájaros cantar en griego; tampoco en 1913, al año de casarse con Leonard Woolf, pero le permitió, con un esfuerzo inmenso, tener una vida de escritora y editora en la modesta imprenta que montó con su esposo, la Hogarth Press (publicaron las primeras traducciones al inglés de Tolstoi, La tierra baldía de Thomas S. Eliot, los primeros títulos de Katherine Mansfield, la obra de Sigmund Freud, sus propios libros), también escribir innumerables artículos literarios en la prensa, libros de crítica, ensayos que se convirtieron en referentes del feminismo como Un cuarto propio y Tres guineas, varias colecciones de cuentos, algunas obras de teatro, una cantidad abrumadora de cartas (seis tomos), su diario personal (26 tomos), y un conjunto de novelas decisivas en el umbral de la literatura moderna. El cuarto de Jacob(1922), La señora Dalloway(1925), Al faro(1927), Orlando(1928) y Las olas(1931), muestran su progresivo distanciamiento del realismo y la exploración de la conciencia con fraseos líricos y monólogos audaces, unidades narrativas independientes de la trama argumental, que validaron el género cuando Proust parecía haber agotado sus posibilidades y James Joyce emergía con una potente y breve utopía literaria.

Lo hizo con notable agudeza de observación, virtuosa capacidad de llevarla al papel, una mordacidad penetrante, elegancia de estilo y una profunda inseguridad acerca de su valor. La desconfianza en su capacidad, el temor a no ser aceptada, la sospecha de encarnar un fracaso, la impresión de que sus propósitos superaban sus fuerzas, una exigencia implacable, el miedo a los efectos destructores de la crítica y la competencia con los escritores contemporáneos, especialmente del sexo femenino, como la que mantuvo con Katherine Mansfield, acompañaron la alegría por sus logros, siempre a punto de hundirse en la depresión.

Vaciló entre las excitaciones de la vida social, de donde extraía muchos modelos para sus personajes -a la manera de un pintor invitaba a conversar a ciertas personas con el declarado propósito de tomar notas para componer un personaje -y largos períodos de encierro, con un rotundo rechazo a ser importunada. Colaboró sin embargo activamente con las sufragistas y las primeras organizaciones que reclamaron los derechos femeninos, pero cuando su voz en la literatura inglesa y norteamericana comenzó a ser importante, rechazó invitaciones y honores, entrevistas, fotógrafos y retratistas profesionales. No es que tuviera un mundo que proteger, tenía un mundo que se le escapaba de las manos, siempre a un paso de desmoronarse mientras los médicos no acertaban con el diagnóstico: uno le quitó los dientes y la obligó a llevar postizos, otro intentó quitarle las amígdalas.

Los confines de la intimidad.

Que la excelencia de Virginia haya nacido de la fragilidad remite a un asunto más oscuro, pues expresaba su padecimiento con una precisión que incluyó hasta los desmayos: “Iba caminando por el sendero con Lydia. Si esto no cesa, dije, refiriéndome al sabor amargo de mi boca y la presión como de una jaula metálica de sonido sobre mi cabeza, entonces es que estoy enferma: sí, muy probablemente estoy destruida, enferma, muerta. ¡Maldita sea! Aquí me caía diciendo `Qué extraño, flores`. A trozos, sentí y supe que Maynard me llevaba al cuarto de estar y vi a L. muy asustado; dije, subiré arriba; el golpeteo de mi corazón, el dolor, el esfuerzo se volvieron violentos en la puerta; me rindieron; como un gas; perdí el conocimiento; luego la pared y el cuarto volvieron a mis ojos, vi la vida de nuevo. Extraño, dije y me quedé tumbada, recuperándome gradualmente hasta las 11 cuando me fui a rastras a la cama” [2 de setiembre de 1930].

A diferencia de su hermano Adrian, que estudió el psicoanálisis, Virginia valoró las teorías de Freud por su aporte a la historia de la cultura y por la seducción de su prosa. La introspección fue, sin embargo, una aventura cotidiana y una cantera de descubrimientos que la llevaron por su mente con el ánimo de una exploradora. La interioridad era tan asombrosa como los confines del imperio. Los delirios de Séptimus, en La señora Dalloway, narran sus alucinaciones. Describía a las personas con la penetración de un caricaturista, no rechazaba la impiedad de sus sentimientos y era efusiva en sus afectos a un grado que desborda los límites más o menos funcionales que separan los amores familiares, de los fraternos y conyugales.