Cuando un amigo se va y un moro ensillado da vueltas sin jinete…

A Lalo Perezutti: Apasionado del campo

8El domingo 13 de febrero se nos fue Lalo Perezutti. Como a cualquier buen paisano  le puede pasar, ese domingo de criollas no pudo domar a su rebelde enfermedad y esta lo sacó del recado. La tenía dominada pero se le desbocó. Hasta sus últimos días no podía con su genio, ahora planeaba su participación en la próxima Patria Gaucha, lo había motivado particularmente el concurso de emprendados al cual tenía pensado ir luciendo su mejores pilchas gauchas, acompañado obviamente por sus fieles potros entablados. Por supuesto que estaba seguro que ganaba, como siempre que participaba en algo. Lo recuerdo en alguna justa de Criollos en el Prado maldiciendo entre dientes a un jurado que según él no supo ver bien a su pingo. Ese era Lalo, porfiado y sin medias tintas, no lo decía pero seguro que pensaba que ese jurado nunca se había subido a un potro !

Fue alguien que se hizo desde la nada, estudiando como técnico agropecuario primero, trabajando como empleado después y teniendo sus propios emprendimientos finalmente. Trabajador incansable y sacrificado, baqueano para ver lo que el ojo común no veía en la montonera de la majada de ovejas o de la tropa de vacunos, ni que hablar de lo que era capaz entre una tropilla por más numerosa que esta fuera ! Hábil para los negocios, a la vez que honesto y de una sola palabra, forjó una  sólida situación a partir de la reinversión de los beneficios de sus empresas. Hizo realidad el paradigma de que el hombre de campo siempre deja en el campo lo que gana.

Disfrutaba más de la charla con un paisano de a pie que de una tertulia de conspicuos estancieros, lo conocían por todos lados del país domadores, troperos y guasqueros, con los que compartía anécdotas y cuentos referidos a las cosas del campo. El mismo lo decía, tenía “pasión por el campo”, bastaba verlo ensillando su caballo y saliendo a recorrer solo las lontananzas de Cardona,  Pandule,  Piñera y hasta en Corrientes del otro lado del río. A la ciudad venía unos días pero ya extrañaba el olor a campo y se volvía rápido a su ambiente natural.

El día de su sepelio una larga caravana de jinetes, entre ellos sus hijos y amigos más íntimos, arrancó desde el pueblo, cruzó frente a la estación del  ferrocarril y llegó al cementerio de Piñera,  donde él siempre dijo que quería disfrutar de su  descanso eterno. Un moro ensillado con su recado y con su poncho pampa por arriba hacía punta en la tropilla entablada del mismo pelo. El pingo sin jinete ya extrañaba a Lalo …  Realmente una despedida como él hubiese querido.

Se nos fue adelante Lalo, seguro que  se fue a agarrar caballo Allá Arriba y ahora ya estará  convenciendo al Tata Dios para entablarle sus moros …

Lalo amigo, gracias por lo que nos diste y lo que nos dejaste. Como dijo el cura en tu despedida,  seguirás vivo en cada uno de los que te queremos, a quienes nos dejaste tu marca a fuego.  Tu paso por este mundo no pasó desapercibido.

Un amigo